Cual es errónea Victoria o Victorria?
La palabra correcta es Victoria. Sin Embargo Victorria se trata de un error ortográfico.
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Entre vocales, se escribe r cuando su sonido es suave, y rr, cuando es fuerte aunque sea una palabra derivada o compuesta que en su forma simple lleve r inicial. Por ejemplo: ligeras, horrores, antirreglamentario.
En castellano no es posible usar más de dos r
Algunas Frases de libros en las que aparece victoria
La palabra victoria puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 1798
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... ¡Qué jornada! ¿eh?... ¡qué victoria! Y hablaba, como si fuese él solo quien había puesto en dispersión a los huelguistas. ...
En la línea 906
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Pero ¡eso es una victoria! -exclamó el rey radiante -. ...
En la línea 967
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Pero D'Artagnan había hecho la víspera su aprendizaje, y recién salido de su victoria, todo henchido de su futuro favor, había resuelto no retroceder un paso; por eso los dos aceros seencontraron metidos hasta las guardas, y como D'Artagnan se mantenía firme en su puesto fue su adversario el que dio un paso en retirada. ...
En la línea 2564
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -En f in -respondió el cardenal, que no sospechaba ni por un mo mento de la lealtad de Tréville, y que sentía que la victoria se le es capaba-, en fin, Athos ha sido detenido en esa casa de la calle des Fossoyeurs. ...
En la línea 5245
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... El inglés, triunfante, no se molestó siquiera en hacer rodar los da dos, los lanzó sobre la mesa sin mirarlos, tan seguro estaba de su victoria; D'Artagnan se había vuelto para ocultar su mal humor. ...
En la línea 4828
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Fué asimismo acusado de negligencia por haber consentido, después de la batalla de Valdepeñas, ganada también por él con gran intrepidez, que las fuerzas carlistas se posesionaran de las minas de Almadén; bien que el Gobierno, empeñado en perderle, hizo cuanto pudo para impedir que se aprovechara de la victoria, negándole todo género de recursos y refuerzos. ...
En la línea 4829
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Privado de los frutos de su victoria, cegáronse sus esperanzas, y una melancolía morbosa se apoderó del irlandés; resignó el mando, y menos de diez meses después de haberle visto en Santander, dió a sus cobardes y envidiosos enemigos un triunfo que los satisfizo, cortándose el cuello con una navaja de afeitar. ...
En la línea 5363
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Me reconoció y me hizo recordar la victoria que obtuve sobre él en la disputa acerca de nuestros respectivos conocimientos en _gitano_ cerrado, en el que Sevilla, el torero, no tenía par. ...
En la línea 473
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Apenas hubo pretexto para comenzar esta revolución. Pero sería poco razonable pedir pretextos en un Estado que en nueve meses (de febrero a octubre de 1820) sufrió quince cambios de gobierno (según la Constitución, cada gobernador era elegido para un período de tres años). En el caso actual, algunos personajes que detestaban al gobernador Balcarce, porque eran partidarios de Rosas, abandonaron la ciudad en número de 70, y al grito de ¡viva Rosas! el país entero tomó las armas. Bloqueóse a Buenos Aires, no dejando entrar provisiones, ganado ni caballos; por lo demás, pocos combates y sólo algunos hombres muertos cada día. Los rebeldes sabían bien que interceptando los víveres la victoria sería suya uno u otro día. El general Rosas no podía saber aún este levantamiento, pero respondía en absoluto a los planes de su partido. Un año antes fue electo gobernador, pero declaró no aceptar sino a condición de que la Sala le confiriese poderes extraordinarios. Se los negaron y por eso no aceptó el puesto; desde entonces, su partido se amaña para probar que ningún gobernador puede permanecer en el poder. Prolongábase por ambas partes la lucha, hasta que pudieran recibirse noticias de Rosas. Llegó una nota suya pocos días después de salir yo de Buenos Aires: el general deploraba que se hubiese perturbado el orden público, pero era su parecer que los insurrectos tenían la razón de su parte. Al recibirse esta carta, gobernador, ministros, oficiales y soldados huyeron en todas direcciones; los rebeldes entraron en la ciudad, proclamaron nuevo gobernador y 5.500 de ellos se hicieron pagar los servicios prestados a la insurrección. ...
En la línea 2751
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Las largas cintas de tierra que forman los islotes salen fuera del agua nada más que lo preciso para que la ola pueda arrojar sobre ellos fragmentos de coral, y el viento acumular allí arenas calcáreas. banco de coral plano y sólido que reviste el exterior rompe la violencia primera de las olas, que, de otro modo, en un día arrastrarían los islotes con todas sus producciones. éano y tierra firme parece que luchan de continuo en estos sitios a ver quién arrastrará a quién; ahora bien, aun cuando la tierra haya, en cierto modo, obtenido la victoria, no quieren todavía los habitantes del agua abandonar un terreno que parece que miran como de su propiedad ...
En la línea 2793
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... n embargo, estos insignificantes islotes de coral resisten y cantan victoria: y es que otra potencia viene en auxilio suyo en el combate ...
En la línea 2894
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... r otra parte, en el archipiélago de la Sociedad en que están casi rellenos los canales, en que se han acumulado muchos terrenos de aluvión y hasta en algunos casos se han formado arrecifes, islotes largos hechos que prueban que no se han deprimido estas islas recientemente- se observan muy rara vez terremotos y los que se producen son muy débiles. estas islas de coral, en que parece que la tierra y el agua se disputan sin cesar la victoria, será siempre muy difícil decidir entre los efectos de un cambio en la dirección de las corrientes y los de un ligero hundimiento ...
En la línea 2885
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... —Ahora búsquela usted sin h —exclamó don Frutos, ya muy serio, queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria. ...
En la línea 4487
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Sus mayores triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor insólito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las mejillas, angustia en la garganta. ...
En la línea 5339
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... ¡Oh, señor de Pas, fácil victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con chistes de cura por todo encanto, resuelven libremente meterse monjas, para gozar un poco de. ...
En la línea 6487
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como San Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todavía; el Diablo Arcángel también; los dos pensaban en ella, era seguro; don Fermín como un amigo protector, el otro como un enemigo de su honra, pero amante de su belleza; ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno, que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser debajo de una sotana. ...
En la línea 313
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... La empeñada y sangrienta batalla de Belgrado la llamaron todos la batalla de los Tres Juanes, por ser éste el nombre de Hunyades, Capistrano y Carvajal. El anciano Alfonso de Borja, cuando llegaron a Roma las primeras noticias de la victoria, lloró de emoción y rió de alegría, con el desordenado regocijo de un niño. Los hombres le habían abandonado, pero Dios le apoyaba para que venciese él solo a sus enemigos. ...
En la línea 314
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Aunque la peste causaba grandes estragos en Roma, no quiso abandonar la ciudad, como lo hacían los personajes de su Corte. Creyó que desafiando a la muerte le protegería mejor el Cielo en su empresa. Algunos embajadores, en las cartas dirigidas a sus gobiernos, se mostraban conmovidos por la férrea entereza de este varón casi octogenario. A pesar de su Inesperada victoria, siguieron mostrándose los estados cristianos indiferentes a dicha guerra, y Venecia hasta contrajo alianza secreta con los turcos. ...
En la línea 319
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... La escuadra del Papa había dejado pasar semanas y meses sin hacer nada positivo contra sus adversarios. El cardenal-almirante Scarampo se veía mal recibido en las islas griegas. Sus habitantes, convencidos de la victoria final» dé los turcos, no querían comprometerse prestando ayuda a las naves papales. Al fin, Scarampo encontraba una flota turca cerca de Mitilene, batiéndola completamente y apoderándose por abordaje de veinticinco de sus buques. ...
En la línea 686
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Celebró el pueblo romano, en 1481, con fiestas e iluminaciones, la muerte de Mohamed, el terrible sultán conquistador de Constantinopla. Sixto IV había conseguido reunir una flota de treinta y cuatro barcos, mandada por un cardenal. Esta escuadra pontificia con otros buques del rey de Nápoles, reconquistó a Otranto, puerto tomado por los turcos: pero, después de tal victoria, tuvo que volverse, por la flojedad de su almirante y la insubordinación de la marinería, asustada de la gran mortandad que empezaba a causar en ella la peste. Una vez más fracasaba el Papado en su guerra contra los turcos. ...
En la línea 460
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... La gran superioridad de nuestro sexo se hizo patente cuando el Comité femenino, de acuerdo con las mujeres de los otros países, decretó la apertura de una Asamblea para reglamentar la victoria. Nunca se ha visto una reunión política en que se hablase menos y se adoptasen acuerdos prácticos con mayor rapidez. ...
En la línea 525
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Aprovechó la ocasión Gillespie para preguntar algo que le traía preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. ¿Cómo habían conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo a los asuntos públicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad? ...
En la línea 737
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Ra-Ra contaba las últimas aventuras de su existencia errante y sus trabajos para destruir el despotismo femenino. Creía en un triunfo próximo con la fe de los visionarios, que siempre colocan la victoria de sus ideales dentro de breve plazo. Tan conmovido estaba por su vehemencia, que hasta llegó a olvidarse del sexo de su única oyente. Todas las abominaciones de la época actual las atribuía a las mujeres, describiendo a continuación el periodo de justicia y de bienestar que seguiría al triunfo de los hombres. ...
En la línea 784
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... De seguir los consejos de su padre, la veríamos antes de pocos años sucederle en el alto cargo de Padre de los Maestros. Pero tiene un alma débil y contemporizadora, como la de aquellas hembras que en los primeros días de la Verdadera Revolución lloraban e intercedían por los varones. Por eso desprecia la más eminente posición universitaria de nuestro país, prefiriendo vivir con un hombre amado, en cariñosa servidumbre, adivinando sus deseos para cumplirlos y dejándose despojar de los derechos de superioridad que le confirió, por ser mujer, nuestra victoria revolucionaria. ...
En la línea 2124
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que había llevado a la visita, y más conformes con su empinada soberbia clerical. Había ido con el propósito de romper aquellos lazos, si la novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. «He aquí una ocasión de lucirme—pensó—. Si consigo este triunfo, será el más grande y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figúrense ustedes que consigo hacer de esta samaritana una señora ejemplar y tan católica como la primera… figúrenselo ustedes… ». Al pensar esto, Nicolás creía estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio de pescador de gente, y la verdad, nunca se le había presentado un pez como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupción, «¡qué victoria, señores, pero qué pesca!». En otros casos semejantes, aunque no de tanta importancia, en los cuales había él mangoneado con todos sus ardides apostólicos, alcanzó éxitos de relumbrón que le hicieron objeto de envidia entre el clero toledano. Sí; el curita Rubín había reconciliado dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialéctica… «Soy de encargo para estas cosas» fue lo último que pensó, hinchado de vanidad y alegría como caudillo valeroso que ve delante de sí una gran batalla. Después se frotó mucho las manos, murmurando: ...
En la línea 2204
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... En la noche de aquel memorable día, y cuando la jaqueca se le calmó, pudo enterarse Maxi de que su hermano había ido a la calle de Pelayo, y de que sus impresiones «no habían sido malas» según declaración del propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le caía en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual, exageraba los peligros y dificultades para dar más valor a su victoria. El otro se abrasaba en impaciencia; mas no conseguía obtener de Nicolás sino medias palabras. «Allá veremos… estas no son cosas de juego… Ya tengo las manos en la masa… no es mala masa; pero hay que trabajarla a pulso… esta es la cosa. He de volver allá… Es preciso que tengas paciencia… ¿pues tú qué te crees?». El pobre chico no veía las santas horas de que llegase el día para saber por ella pormenores de la conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, pálido como la cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y fatiga general. Se echó en el sofá; cubriole su amiga la mitad del cuerpo con una manta, púsole almohadas para que recostase la cabeza, y a medida que esto hacía, le aplacaba la curiosidad contándole precipitadamente todo. ...
En la línea 2268
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé, domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay duda de que se nos tuerce». ...
En la línea 3553
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —No seré yo quien le quite a usted eso de la cabeza—dijo el caballero sonriendo, sin dudar de su victoria—. Y bien podría ser que hubiera usted descubierto la cuadratura del círculo. ...
En la línea 1912
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —¡Usted no conoce a los piratas de Mompracem! Si nos encontramos con ellos, no sé de quién sería la victoria. ...
En la línea 2055
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... Como temiera Sandokán, sabiendo los ingleses de su partida y seguros de que encontrarían una guarnición muy débil, se dirigieron a la isla, bombardearon las fortificaciones y echaron a pique varios barcos. Llevaron su audacia hasta desembarcar tropas, pero el valor de Giro Batol y de sus tigres concluyó por triunfar y el enemigo se vio obligado a retirarse. Había sido una victoria, es verdad, pero por poco cae la isla. ...
En la línea 2153
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —¡Voy a enfrentar mi última batalla, a guiar una vez más a la victoria a los tigres de Mompracem! ...
En la línea 2158
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... La batalla arreciaba por ambas partes. La cañonera había atacado al parao del portugués, pero llevaba la peor parte. La artillería de Yáñez la tenía muy a maltraer. Por ese lado la victoria no ofrecía dudas. Pero la poderosa corbeta se había echado encima de los paraos de Sandokán, haciendo estragos entre los piratas. La presencia del Tigre no pudo cambiar el resultado de la lucha. ...
En la línea 2431
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Muy probablemente, Conseil, porque alguna convulsión produjo bajo la superficie del océano esta abertura que ha dado paso al Nautilus. Las aguas del Atlántico se precipitaron entonces al interior de la montaña, produciéndose una lucha terrible entre los dos elementos, lucha que acabó con la victoria de Neptuno. Pero han pasado muchos siglos desde entonces, y el volcán sumergido se ha transformado en una gruta tranquila. ...
En la línea 2616
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... La monstruosa manada continuaba acercándose. Había visto ya a las ballenas y se disponía a atacarlas. Podía predecirse de antemano la victoria de los cachalotes, no sólo por estar mejor conformados para el ataque que sus inofensivos adversarios, sino también porque pueden permanecer más tiempo bajo el agua sin subir a respirar a la superficie. ...
En la línea 887
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Parecía tan valiente e inocente, que aun cuando yo no propuse la lucha, no sentí una satisfacción muy grande por mi victoria. En realidad, llego a creer que mientras me vestía me consideré una especie de lobo u otra fiera salvaje. Me vestí, pues, y de vez en cuando limpiaba mi cruel rostro, y pregunté: ...
En la línea 3717
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Por otra parte, la idea de su inmediata entrevista con Sonia le preocupaba y le colmaba de una ansiedad creciente. Tenía que confesarle que había matado a Lisbeth. Presintiendo la tortura que esta declaración supondría para él, trataba de apartarla de su pensamiento. Cuando se había dicho, al salir de casa de Catalina Ivanovna: «Vamos a ver qué dice ahora Sonia Simonovna», se hallaba todavía bajo los efectos del ardoroso y retador entusiasmo que le había producido su victoria sobre Lujine. Pero ‑cosa singular‑ cuando llegó al departamento de Kapernaumof, esta entereza de ánimo le abandonó de súbito y se sintió débil y atemorizado. Vacilando, se detuvo ante la puerta y se preguntó: ...
En la línea 1031
del libro Fantina Los miserables Libro 1
del afamado autor Victor Hugo
... Debía, por lo tanto, ir a Arras, salvar al falso Jean Valjean y denunciar al verdadero. ¡Ah! Este era el mayor de los sacrificios, la victoria más dolorosa, el último y más difícil paso, pero era necesario darlo. ¡Cruel destino! ¡No poder entrar en la santidad a los ojos de Dios sin volver a entrar en la infamia a los ojos del mundo! ...
En la línea 928
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Lucía pidió casi de rodillas a Pilar que renunciase al peligroso goce que anhelaba. Era precisamente la ocasión más crítica; Duhamel esperaba que la Naturaleza, ayudada por el método, venciese en la lucha, y acaso quince días de voluntad y tesón decidiesen el triunfo. Pero no hubo medio de persuadir a la anémica. Pasó el día en un acceso de fiebre registrando su guardarropa; al anochecer, salió del brazo de Miranda; llevaba un traje que hasta entonces no había usado por ligero y veraniego en demasía, una túnica de gasa blanca sembrada de claveles de todos colores; pendía de su cintura el espejillo; en sus orejas brillaban los solitarios, y detrás del rodete, con española gracia, ostentaba un haz de claveles. Así compuesta y encendida de calentura y vanidoso placer, parecía hasta hermosa, a despecho de sus pecas y de la pobreza de sus tejidos devastados por la anemia. Tuvo, pues, gran éxito en el Casino; puede decirse que compartió el cetro de la noche con la sueca y con el lord inglés estrafalario, del cual se contaba que tenía alfombrada con tapiz turco la cuadra de sus caballos y baldosado de piedra el salón de recibir. Gozosa y atendida, veía Pilar una fiesta de las Mil y una noches en el Casino constelado de innumerables mecheros de gas, en el aire tibio poblado con las armonías de la magnifica orquesta, en el salón de baile donde los amorcillos juguetones del techo se bañaban en el vaho dorado de las luces. Jiménez, el marquesito de Cañahejas y Monsieur Anatole, se disputaron el placer de bailar con ella. Miranda reclamó un rigodón, y para colmo de dicha y victoria, las Amézagas se reconcomían mirando de reojo el espejillo, dije que sólo brillaba sobre dos faldas: la de Pilar y la de la sueca. Fue, en suma, uno de esos momentos únicos en la vida de una niña vanidosa, en que el orgullo halagado origina tan dulces impresiones, que casi emula otros goces más íntimos y profundos, eternamente ignotos para semejantes criaturas. Pilar bailó con todas sus parejas como si de cada una de ellas estuviese muy prendada; tanto brillaban sus ojos y tal expansión revelaba su actitud. Perico no pudo menos de decirle sotto voce: ...
En la línea 950
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Poco tardó, no obstante, en volver a apoderarse de ella la pertinaz ilusión que dulcemente lleva de la mano a los tísicos, vendados los ojos, hasta la puertas de la muerte. Eran tan patentes los síntomas del mal, que al verlos en otra cualquiera le hubiese extendido la papeleta mortuoria; y con todo eso, Pilar, animada y llena de planes, se creía sujeta únicamente a un resfriado tenaz que había de curarse poco a poco. Tenía tosecilla blanda y continua, expectoración pegajosa, sudores que la menor elevación de temperatura determinaba, y las perversiones del apetito se habían convertido en desgano horrible. Inútilmente la conserje del chalet lucía sus primores culinarios, ideando mil golosinas delicadas. Pilar lo miraba todo con igual repugnancia, especialmente los platos nutritivos. Comenzó entonces para las dos amigas una existencia valetudinaria. Lucía no se apartaba de Pilar, sacándola al balcón a respirar el fresco si hacia bueno, acompañándola si no en su cuarto, procurando entretenerla y hacerle menos tediosas las horas. Sentía ya la enferma esa impaciencia, ese deseo de mudar de aires y sitios que acosa generalmente a cuantos padecen su mal. Vichy se le hacía insoportable, y más desde que vio que la estación terminaba, que se vaciaba el Casino, que se marchaba la compañía de ópera y que emigraban las brillantes golondrinas de la moda. Las Amézagas vinieron a despedirse de ella y a darle el último mal rato de la temporada; a seguir a Lucía su inclinación, las recibiría en el saloncito bajo, disculpando a Pilar; pero ésta se empeñó en que subiesen a su aposento, y preciso fue ceder. Estaban las cubanitas triunfantes y radiantes porque se iban a París a hacer sus compras de invierno, y de allí a lucirlas en los primeros saraos madrileños y en el Retiro, y hablaban con el ceceo y melindre de los días de victoria. ...
En la línea 1113
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Y la voz sorda de Lucía expiró en su garganta. Zumbábanle los oídos y giraban en torno suyo verja, paredes, plátano y yucas. Hay así en la vida momentos supremos en que el sentimiento, oculto largas horas, se levanta rugiente, y avasallador, y se proclama dueño de un alma. Éralo ya; pero el alma lo ignoraba por ventura o barruntábalo solamente; hasta que repentina marca de hierro enrojecido viene a revelarle su esclavitud. Aunque el símil pueda parecer profano, diré que acontece con esto algo de lo que con las conversiones: flota indeciso el ánimo algún tiempo, sin saber qué rumbo toma, ni qué causa su desasosiego, hasta que una voz de lo alto, una luz deslumbradora, de improviso, disipan toda duda. Pronto es el asalto, nula la resistencia, segura la victoria. ...
En la línea 1153
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... -Pero… pero te vi… -continuó Artegui-. Te vi por casualidad, y por azar también, y sin que de mí dependiese, estuve a tu lado algún tiempo, respiré tu aliento, y sin querer… sin querer… comprendí que… No quise confesarme a mí mismo tu victoria, ni la conocí hasta que te dejé en ajenos brazos… ¡Oh! ¡Cómo maldije mi necedad en no haberte llevado conmigo entonces! Cuando recibí tu carta de pésame, estuve a dos dedos de ir a buscarte… ...

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