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La palabra meditando
Cómo se escribe

la palabra meditando

La palabra Meditando ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Grandes Esperanzas de Charles Dickens
Julio Verne de La vuelta al mundo en 80 días
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece meditando.

Estadisticas de la palabra meditando

La palabra meditando no es muy usada pues no es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE


la Ortografía es divertida


El Español es una gran familia

Algunas Frases de libros en las que aparece meditando

La palabra meditando puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 3007
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... —No pienso comprarlo hasta que llegue a León—exclamé; y me fuí, meditando en la amistad y en la sinceridad de los curas. ...

En la línea 4620
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Se quedó solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, máquinas y colecciones. ...

En la línea 4903
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Mientras Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para seguir trabajando o meditando. ...

En la línea 8633
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria, abismada en sus reflexiones. ...

En la línea 12536
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Allí estuvo meditando lo que haría. ...

En la línea 933
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... La vanidad de Platón cayó de golpe cuando más se remontaba, y no encontrando aplicación adecuada a su personalidad, se estrelló en la conciencia de su estolidez. «Yo… para tirar de un carromato—pensó—. Después dejó caer la varonil y gallarda cabeza sobre el pecho y estuvo meditando un rato sobre el por qué de su perra suerte. Ido permaneció completamente insensible a la lisonja que le soltara su amigo, y tenía la imaginación sumergida en sombrío lago de tristezas, dudas, temores y desconfianzas. A Izquierdo le roía el pesimismo. La carga de la bebida en su estómago no tuvo poca parte en aquel desaliento horrible, durante el cual vio desfilar ante su mente los treinta años de fracasos que formaban su historia activa… Lo más singular fue que en su tristeza sentía una dulce voz silbándole en el oído: «Tú sirves para algo… no te amontones… ». Mas no se convencía, no. «Al que me dijera —pensaba—, cuál es la judía cosa pa que sirve este piazo de hombre, le querría, si es caso, más que a mi padre». Aquel desventurado era como otros muchos seres que se pasan la mayor parte de la vida fuera de su sitio, rodando, rodando, sin llegar a fijarse en la casilla que su destino les ha marcado. Algunos se mueren y no llegan nunca; Izquierdo debía llegar, a los cincuenta y un años, al puesto que la Providencia le asignara en el mundo, y que bien podríamos llamar glorioso. Un año después de lo que ahora se narra estaba ya aquel planeta errante, puedo dar fe de ello, en su sitio cósmico. Platón descubrió al fin la ley de su sino, aquello para que exclusiva y solutamente servía. Y tuvo sosiego y pan, fue útil y desempeñó un gran papel, y hasta se hizo célebre y se lo disputaban y le traían en palmitas. No hay ser humano, por despreciable que parezca, que no pueda ser eminencia en algo, y aquel buscón sin suerte, después de medio siglo de equivocaciones, ha venido a ser, por su hermosísimo talante, el gran modelo de la pintura histórica contemporánea. Hay que ver la nobleza y arrogancia de su figura cuando me lo encasquetan una armadura fina, o ropillas y balandranes de raso, y me lo ponen haciendo el duque de Gandía, al sentir la corazonada de hacerse santo, o el marqués de Bedmar ante el Consejo de Venecia, o Juan de Lanuza en el patíbulo, o el gran Alba poniéndoles las peras a cuarto a los flamencos. Lo más peregrino es que aquella caballería, toda ignorancia y rudeza, tenía un notable instinto de la postura, sentía hondamente la facha del personaje, y sabía traducirla con el gesto y la expresión de su admirable rostro. ...

En la línea 2731
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras ponía los garbanzos de remojo, la sacó de su abstracción con estas mañosas palabras: ...

En la línea 3049
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Juan Pablo Rubín no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas del día o casi todas ellas en el café. Amoldada su naturaleza a este género de vida, habríase tenido por infeliz si el trabajo o las ocupaciones le obligaran a vivir de otro modo. Era un asesino implacable y reincidente del tiempo, y el único goce de su alma consistía en ver cómo expiraban las horas dando boqueadas, y cómo iban cayendo los periodos de fastidio para no volver a levantarse más. Iba al café al medio día, después de almorzar, y se estaba hasta las cuatro o las cinco. Volvía después de comer, sobre las ocho, y no se retiraba hasta más de media noche o hasta la madrugada, según los casos. Como sus amigos no eran tan constantes, pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de política religión o filosofía, contemplando con incierto y soñoliento mirar las escayolas de la escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes de hierro y las mediascañas doradas. Aquel recinto y aquella atmósfera éranle tan necesarios a la vida, por efecto de la costumbre, que sólo allí se sentía en la plenitud de sus facultades. Hasta la memoria le faltaba fuera del café, y como a veces se olvidara súbitamente en la calle de nombres o de hechos importantes, no se impacientaba por recordar, y decía muy tranquilo: «En el café me acordaré». En efecto, apenas tomaba asiento en el diván, la influencia estimulante del local dejábase sentir en su organismo. Heridos el olfato y la vista, pronto se iban despertando las facultades espirituales, la memoria se le refrescaba y el entendimiento se le desentumecía. Proporcionábale el café las sensaciones íntimas que son propias del hogar doméstico, y al entrar le sonreían todos los objetos, como si fueran suyos. Las personas que allí viera constantemente, los mozos y el encargado, ciertos parroquianos fijos, se le representaban como unidos estrechamente a él por lazos de familia. Hasta con la jorobadita que vendía en la puerta fósforos y periódicos tenía cierto parentesco espiritual. ...

En la línea 3485
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Sí, ya se conoce que es usted más tierna que el requesón—dijo D. Evaristo, meditando. ...

En la línea 1146
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Al decir esto salió Hugo del aposento y Miles se quedó meditando un rato y luego empezó a dar paseos,diciendo entre dientes: ...

En la línea 1177
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... El rey estuvo meditando unos instantes y al fin levantó la vista y dijo: ...

En la línea 1869
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Yo me quedé meditando en la grandeza de mi tutor, cuando Wemmick observó: ...

En la línea 895
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Aouida al pronto no respondió nada. Se pasó la mano por la frente y estuvo meditando durante algunos instantes. Después, dijo con suave voz: ...

Más información sobre la palabra Meditando en internet

Meditando en la RAE.
Meditando en Word Reference.
Meditando en la wikipedia.
Sinonimos de Meditando.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Meditando

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