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La palabra averriguarr
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Comó se escribe averriguarr o averiguar?

Cual es errónea Averiguar o Averriguarr?

La palabra correcta es Averiguar. Sin Embargo Averriguarr se trata de un error ortográfico.

La falta ortográfica detectada en la palabra averriguarr es que se ha eliminado o se ha añadido la letra r a la palabra averiguar

Más información sobre la palabra Averiguar en internet

Averiguar en la RAE.
Averiguar en Word Reference.
Averiguar en la wikipedia.
Sinonimos de Averiguar.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Averiguar

Cómo se escribe averiguar o haveriguar?
Cómo se escribe averiguar o averriguarr?
Cómo se escribe averiguar o aberiguar?
Cómo se escribe averiguar o averijuar?


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece averiguar

La palabra averiguar puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 5275
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... No he tenido ocasión de averiguar si fué construída precisamente para el destino que hoy tiene; lo probable es que no, porque la práctica de levantar edificios adecuados para encarcelar a los delincuentes no se ha extendido hasta estos últimos años. ...

En la línea 140
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. ...

En la línea 1051
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Llegáronse a él los pastores y creyeron que le habían muerto; y así, con mucha priesa, recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin averiguar otra cosa, se fueron. ...

En la línea 1319
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... No se la quiere dar el rey, porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene a tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de estar en el mapa. ...

En la línea 2147
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... -¡Majadero! -dijo a esta sazón don Quijote-, a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías. ...

En la línea 749
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... ¿Era orgullo? ¿Era que aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar cuándo vendría a favorecerle con su visita?. ...

En la línea 5216
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... —Es imposible —dijo entre dientes —; no hay manera de averiguar nada. ...

En la línea 6972
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... El Magistral no pudo averiguar nada. ...

En la línea 11073
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... No se pudo averiguar de qué se moría don Santos, pero a la media hora se corría por Vetusta que, por culpa del Provisor, se habían pegado y desafiado Foja y Somoza, y no se sabía si el mismo Ripamilán había recogido alguna bofetada. ...

En la línea 520
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... No se enteró siquiera de lo que esperaba hacer Claudio al instalarse de nuevo en España. Tampoco le preguntó por la señora de Pineda, ni quiso averiguar los motivos de este cambio de residencia. Como si no lo hubiese visto en la Costa Azul; como si no hubiera almorzado dos veces en la villa de aquella dama. ...

En la línea 526
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... —El primer Papa Borja, ocupado en combatir a los turcos, apenas construyó. Además, era un jurisconsulto. Alejandro Sexto, más artista, fue ensanchando el Vaticano y quiso adornar los salones papales con azulejos de Manises, encargando pisos enteros a losrajolarius de aquí, tal vez con arreglo a dibujos hechos por el Pinturicchio. Esto último es lo que me tacita averiguar, ...

En la línea 540
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... A pesar de que Claudio se juró a sí mismo muchas veces que Rosaura empezaba a serle indiferente, y según transcurría el tiempo su imagen se iba esfumando un poco en su memoria, procuró averiguar dónde vivía. ...

En la línea 1214
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Riñó el prefecto de Roma al humilde mercader de leña y al batelero por no denunciar antes dicho crimen; pero ambos respondieron con sencillez que habían visto en el curso de su vida arrojar al Tiber más de cien cadáveres durante la noche, sin que nadie se inquietase al otro día en averiguar su procedencia. ...

En la línea 333
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Los cinco gobernantes, obedeciendo a la ley que reglamentaba las ceremonias públicas, iban vestidos con un lujo deslumbrador. Se envolvían en mantos bordados de oro, y sobre sus cabezas llevaban unas tiaras del mismo metal con adornos de piedras preciosas. Querían imitar el esplendor de los últimos emperadores del país, para que el pueblo se convenciese de que los elegidos de la República no eran menos importantes que los antiguos déspotas. Bajo su uniforme esplendoroso los cinco afectaron una actitud de hipócrita indiferencia, mirando sin expresión alguna la máquina que acababa de entrar en el patio. El rector Momaren también hizo un gesto igual, y hasta Gurdilo permaneció inmóvil, imitando la actitud del odiado gobierno. Todos fingían no conocer el mecanismo de acero ni sentir interés por averiguar su uso. ...

En la línea 645
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Vivía en perpetuo asombro a causa de la enorme gloria que había caído sobre el, con acompañamiento de ganancias no presentidas ni aun en sus momentos de mayor ilusión. De todas las grandes ciudades le llegaban proposiciones para que fuese a relatar ante auditorios de muchos miles de personas sus pláticas con el Hombre-Montaña y lo que había podido averiguar acerca de las costumbres del remoto país de los gigantes. ...

En la línea 987
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Todos pudieron ver como el Hombre Montaña se encogía sobre sus rodillas, como se encorvaba después con el rostro crispado por el dolor, pegando sus ojos a las dos ventanas para averiguar que insectos malignos eran los que la habían picado venenosamente a través de dichos agujeros. ...

En la línea 1410
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Y sus gritos los lanzaban de buena fe, sin ninguna ironía. Lo importante para ellos era hacer la guerra, no parándose en averiguar contra quien la hacían. Marchaban a combatir a los hombres porque estaban en la capital; de haberse encontrado en Balmuff, hubiesen ido a combatir a las mujeres, profiriendo gritos radicalmente contrarios con el mismo entusiasmo y la misma voluntad de ser héroes. ...

En la línea 177
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia. Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente, Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida. Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico. Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de inquisidora. ...

En la línea 1447
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Fue que se había marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a dónde. Esto me lo contaste en Sevilla. ...

En la línea 1601
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —En buen apuro me vi, camaraíta —dijo Villalonga conteniendo la risa—. ¿Se enteraría? Pues verás; otro detalle. Llevaba unos pendientes de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno pálido. ¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido. Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para averiguar dónde vivía. Toda la gente que había en Praga la miraba, y ella más parecía corrida que orgullosa. Salimos… tras, tras… calle de Alcalá, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros detrás. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al sereno, les abrió, entraron. ...

En la línea 1615
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Estaba el pobre Juanito Santa Cruz sometido al horroroso suplicio de la idea fija. Salió, investigó, rebuscó, y la mujer aquella, visión inverosímil que había trastornado a Villalonga, no parecía por ninguna parte. ¿Sería sueño, o ficción vana de los sentidos de su amigo? La portera de la casa indicada por Jacinto se prestó a dar cuantas noticias se le exigían, mas lo único de provecho que Juan obtuvo de su indiscreción complaciente fue que en la casa de huéspedes del segundo habían vivido un señor y una señora, «guapetona ella» durante dos días nada más. Después habían desaparecido… La portera declaraba con notoria agudeza que, a su parecer, el señor se había largado por el tren, y la individua, señora… o lo que fuera… andaba por Madrid. ¿Pero dónde demonios andaba? Esto era lo que había que averiguar. Con todo su talento no podía Juan darse explicación satisfactoria del interés, de la curiosidad o afán amoroso que despertaba en él una persona a quien dos años antes había visto con indiferencia y hasta con repulsión. La forma, la pícara forma, alma del mundo, tenía la culpa. Había bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizás mal oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal, se trocaran en un afán ardiente de apreciar por sí mismo aquella transformación admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda. «Si esto no es más que curiosidad, pura curiosidad… —se decía Santa Cruz, caldeando su alma turbada—. Seguramente, cuando la vea me quedaré como si tal cosa; pero quiero verla, quiero verla a todo trance… y mientras no la vea, no creeré en la metamorfosis». Y esta idea le dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producíale un dolor indecible, y se fue exaltando, y por último figurábase que tenía sobre sí una grande, irreparable desgracia. Para acabar de aburrirle y trastornarle, un día fue Villalonga con nuevos cuentos. «He averiguado que el hombre aquel es un trapisondista… Ya no está en Madrid. Lo de los fusiles era un timo… letras falsificadas». ...

En la línea 607
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Viendo tan mejorada la memoria real, el conde se aventuró a hacer unas cuantas pruebas; como quien no quiere la cosa, para averiguar hasta dónde había llegado la mejoría. Los resultados fueron felices en los puntos en que subsistía la huella de Humphrey, y en el todo, el conde se sintió muy complacido y animado. Tanto lo estaba, que tomando la palabra dijo con voz llena de esperanza: ...

En la línea 896
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... La madre de las niñas recibió bondadosamente al rey, y se mostró llena de compasión, porque su desamparo y su razón, al parecer perturbada, conmovieron su corazón de mujer. Era viuda y pobre, conocía las penas demasiado de cerca para no compadecerse de los infortunados. Pensó que el demente niño se había extraviado alejándose de sus amigos y deudos, y así quiso averiguar de dónde venía, para poder dar pasos encaminados a devolverlo; mas todas sus referencias a las aldeas y lugares vecinas, y todas sus preguntas en el mismo sentido, no dieron resultado, porque en la cara del niño y en sus respuestas bien se notaba, que las cosas a que se refería la buena mujer, no le eran familiares. El rey hablaba con gravedad y sencillez de asuntos de la corte, y mas de una vez ahogaron su habla los sollozos al mencionar al difunto rey, su padre; pero siempre que la conversación cambiaba y versaba sobre materias menos elevadas, el niño perdía interés y permanecía en silencio. ...

En la línea 1059
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... En su júbilo, Milen Hendon olvidó toda compostura y sorprendió al rey, y ofendió su dignidad, echándole los brazos al cuello y estrechándole contra su pecho. La mujer se despidió agradecida y salió con su cerdo, y cuando el alguacil le abrió la puerta la siguió a la angosta antecámara. El juez se puso a escribir en los autos. Hendon, siempre alerta, pensó que no estaría mal averiguar por qué había seguido el alguacil a la mujer, y salió de puntillas a la sombría antecámara, y escuchó una conversación más o menos como ésta: ...

En la línea 2952
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Antes de proceder a la perforación de las murallas, el capitán hizo practicar sondeos para averiguar en qué sentido debía emprenderse el trabajo. Se hundieron largas sondas en las paredes laterales, pero a los quince metros de penetración todavía las detenía la espesa muralla. Inútil era atacar la superficie superior, puesto que en ella topábamos con la banca misma que medía más de cuatrocientos metros de altura. El capitán Nemo procedió entonces a sondear la superficie inferior. Por ahí nos separaban del agua diez metros de hielo. Tal era el espesor del ice field. A partir de ese dato, se trataba de cortar un trozo igual en superficie a la línea de flotación del Nautilus. Había que arrancar, pues, unos seis mil quinientos metros cúbicos a fin de lograr una abertura por la que poder descender hasta situarnos por debajo del campo de hielo. ...

En la línea 353
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Jamás oí a mi amigo leer otra palabra que la que acababa de pronunciar; en la iglesia, el domingo anterior, observé que sostenía el libro de rezos vuelto al revés, como si le prestase el mismo servicio que del derecho. Y deseando aprovechar la ocasión, a fin de averiguar si, para enseñar a Joe, tendría que empezar por el principio, le dije: ...

En la línea 441
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Hasta entonces, nunca me había separado de él, y, a causa de mis sentimientos y también del jabón que todavía llenaba mis ojos, en los primeros momentos de estar en el coche no pude ver siquiera el resplandor de las estrellas. Éstas parpadeaban una a una, sin derramar ninguna luz sobre las preguntas que yo me dirigía tratando de averiguar por qué tendría que jugar en casa de la señorita Havisham y a qué juegos tendría que dedicarme en aquella casa. ...

En la línea 662
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Los alumnos comíamos manzanas y nos metíamos pajas cada uno en la espalda del otro, hasta que la tía abuela del señor Wopsle reunía sus energías y, sin averiguación ninguna, nos daba una paliza con una vara de abedul. Después de recibir los golpes con todas las posibles muestras de burla, los alumnos se formaban en fila y, con el mayor ruido, se pasaban de mano en mano un libro casi destrozado. Este libro contenía el alfabeto, algunos guarismos y tablas aritméticas, así como algunas lecciones fáciles de lectura; mejor dicho, las tuvo en algún tiempo. En cuanto este volumen empezaba a circular, la tía abuela del señor Wopsle se desplomaba en estado comatoso, debido tal vez al sueño o a un ataque reumático. Entonces los alumnos se entregaban a un examen y a una competencia relacionados con el calzado y con el objeto de averiguar quién sería capaz de pisar al otro con mayor fuerza. Este ejercicio mental duraba hasta que Biddy se precipitaba contra todos y distribuía tres Biblias sin portada y de una forma tal que no parecía sino que alguien las hubiese cortado torpemente. La impresión era más ilegible que cualquiera de las curiosidades literarias que he visto en mi vida entera; aquellos libros estaban manchados de orín y entre sus hojas había aplastados numerosos ejemplares del mundo de los insectos. Esta parte de la enseñanza se hacía más agradable gracias a algunos combates mano a mano entre Biddy y los alumnos refractarios. Cuando se habían terminado las peleas, Biddy señalaba el número de una página, y entonces todos leíamos en voz alta lo que nos era posible y también lo que no podíamos leer, a coro y con espantosas voces; Biddy llevaba el compás con voz aguda, fuerte y monótona, y, por otra parte, ninguno de nosotros tenía la más pequeña noción ni tampoco reverencia alguna con respecto a lo que estábamos leyendo. Cuando aquel horrible ruido había durado algún tiempo, despertaba mecánicamente a la tía abuela del señor Wopsle, quien, dejándose llevar por la casualidad, cogía a un muchacho y le tiraba de las orejas. Ésta era la señal de que la clase había terminado aquella tarde, y nos apresurábamos a salir al aire libre con grandes gritos de victoria intelectual. Conviene hacer observar que en la escuela no había prohibición alguna acerca de que un alumno cualquiera se entretuviese con la pizarra o con la tinta, cuando la había. Pero no era fácil proseguir aquella rama de los estudios durante el invierno, a causa de que la abacería en que se daban las clases y que también era el salón y el dormitorio de la tía abuela del señor Wopsle, no estaba alumbrada más que muy débilmente por un candil y, además, no había espabladeras. ...

En la línea 748
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... — Nada importa, mi querida niña, averiguar quién pagó - replicó Camila -. Yo lo compré todo. Y, muchas veces, cuando me despierto por las noches, me complace pensar en ello. ...

En la línea 293
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑No permitir que caiga en sus manos ‑repitió el agente, pensativo‑. Desde luego, eso se podría conseguir. Pero tenemos que averiguar su dirección. De lo contrario… Oiga, señorita. Dígame… ...

En la línea 320
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... La cuestión de averiguar por qué se dirigía a casa de Rasumikhine le atormentaba más de lo que se confesaba a sí mismo. Buscaba afanosamente un sentido siniestro a aquel acto aparentemente tan anodino. ...

En la línea 431
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Y aún era menos indudable que el día anterior no le habría sido fácil averiguar, sin hacer preguntas sospechosas y arriesgadas, que al día siguiente, a una hora determinada, la vieja contra la que planeaba un atentado estaría completamente sola en su casa. ...

En la línea 886
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... De súbito se detuvo; acababa de planteársele un nuevo problema, tan inesperado como sencillo, que le dejó atónito. «Si, como crees, has procedido en todo este asunto como un hombre inteligente y no como un imbécil, si perseguías una finalidad claramente determinada, ¿cómo se explica que no hayas dirigido ni siquiera una ojeada al interior de la bolsita, que no te hayas preocupado de averiguar lo que ha producido ese acto por el que has tenido que afrontar toda suerte de peligros y horrores? Hace un momento estabas dispuesto a arrojar al agua esa bolsa, esas joyas que ni siquiera has mirado… ¿Qué explicación puedes dar a esto?» ...

En la línea 866
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... -¿De Holdteufel? -pronunció con acento cantarín Amalia Amézaga-. ¡Bah, quién lo puede averiguar!, pero según la libertad que le deja, más parece su esposo que su padre. ...

Reglas relacionadas con los errores de r

Las Reglas Ortográficas de la R y la RR

Entre vocales, se escribe r cuando su sonido es suave, y rr, cuando es fuerte aunque sea una palabra derivada o compuesta que en su forma simple lleve r inicial. Por ejemplo: ligeras, horrores, antirreglamentario.

En castellano no es posible usar más de dos r


Mira que burrada ortográfica hemos encontrado con la letra r


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