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La palabra suciedad
Cómo se escribe

la palabra suciedad

La palabra Suciedad ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Grandes Esperanzas de Charles Dickens
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece suciedad.

Estadisticas de la palabra suciedad

Suciedad es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 14931 según la RAE.

Suciedad aparece de media 4.57 veces en cada libro en castellano.

Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la suciedad en las obras de referencia de la RAE contandose 695 apariciones .

Más información sobre la palabra Suciedad en internet

Suciedad en la RAE.
Suciedad en Word Reference.
Suciedad en la wikipedia.
Sinonimos de Suciedad.


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece suciedad

La palabra suciedad puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 3653
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Siempre me ha parecido que los enfermos de La Coruña tienen mucho peor cara que los de otras partes; pero ¿qué puede venir de La Coruña que sea bueno?» En compañía del librero visité el hospital; pero no me detuve mucho tiempo en él, porque la miseria y la suciedad reinantes me arrojaron rápidamente a la calle. ...

En la línea 3718
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... La ciudad está en gran decadencia, y a pesar de la suntuosidad de sus edificios públicos, encontramos allí aún más suciedad y miseria que las usuales en Galicia. ...

En la línea 5276
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... En todos los países ha sido costumbre convertir en prisiones los castillos, conventos y palacios abandonados, práctica todavía en vigor en la mayor parte del continente, sobre todo en España e Italia, y a la cual se debe en buena parte la inseguridad de las prisiones, y la miseria, suciedad e insalubridad que generalmente reinan en ellas. ...

En la línea 6202
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Las calles son angostas, mal pavimentadas, llenas de suciedad y mendigos. ...

En la línea 8186
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Tal vez en aquella época fuera divertida la existencia en Vetusta; habría entonces conventos poblados de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas y calles tendrían, como ahora, aspecto feo, pero las llenaría la poesía del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de hierro, los soportales sombríos, las tinieblas de las rinconadas en las noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de vecindad, todo sería dramático, digno del verso de un Zorrilla; y no como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda. ...

En la línea 314
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Volvió a decaer el interés mientras iban desfilando otros esclavos por parejas. Cada dos hombres llevaban entre ellos, lo mismo que si fuese un cartelón anunciador, una faja de papel impreso mucho más larga que alta. Todos estos carteles tenían una capa de grasa y de suciedad, en la que la vista microscópica de los pigmeos veía rebullir pequeñísimos monstruos del mundo microbiano. Los papeles estaban ornados de retratos de Hombres-Montañas completamente desconocidos por el profesor Flimnap. Todos ellos ostentaban la palabra 'Banco' y una cifra seguida de la palabra dolar. ...

En la línea 1269
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Vivían en los barrios miserables inmediatos al puerto. Entre los hombres envilecidos que el gobierno femenil empleaba como máquinas de trabajo eran muchos los que habían abierto sus ojos a la verdad, pero lo disimulaban fingiendo seguir en su antiguo embrutecimiento. Ra-Ra contaba con el auxilio de muchos partidarios, que se encargaban de mantenerle oculto. Del mismo modo que ella para librarse de las persecuciones iba vestida de mujer, su amante había abandonado el traje femenil, imitando la semidesnudez de los atletas condenados a las faenas rudas. La suciedad propia de su estado le servia para disimular su rostro. ...

En la línea 5332
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Pues mudarse.—Pero, hijo, ¡qué tiranístico se ha vuelto! No he visto casero más malo… ¿Pero ni siquiera me blanqueará la cocina, que parece una carbonería? ¡Y hay cada agujero!… Yo no puedo vivir entre tanta suciedad. ¿Sabe lo que le digo? Que si no quiere usted hacer las obras, las haré yo por mi cuenta… ¡vaya! ...

En la línea 306
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Iba magníficamente vestido con un justillo de raso blanco, con pechera de tisú púrpura, salpicado de diamantes y ribeteado de armiño. Sobre esto llevaba una capa de brocado blanco con la corona de tres plumas, forrada de raso azul, adornada con perlas y piedras preciosas y sujeta con un broche de brillantes. De su cuello pendía la orden de la Jarretera y varias condecoraciones reales de países extranjeros, y cada vez que le daba la luz, las joyas resplandecían con deslumbrantes destellos. ¡Oh, Tom Canty, nacido en un cobertizo, educado en los arroyos de Londres, familiarizado con los andrajos y la suciedad y la miseria!, ¡qué espectáculo es éste! ...

En la línea 435
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... — No, Joe - añadió mi hermana, todavía en tono de reproche, mientras él se pasaba el dorso de la mano por la nariz, con aire de querer excusarse , todavía, aunque creas lo contrario, no conoces el caso. Es posible que te lo figures, pero aún no sabes nada, Joe. Y digo que no lo sabes, porque ignoras que el tío Pumblechook, con mayor amabilidad y mayor bondad de la que puedo expresar, con objeto de que el muchacho haga su fortuna yendo a casa de la señorita Havisham, se ha prestado a llevárselo esta misma noche a la ciudad, en su propio carruaje, para que duerma en su casa y llevarlo mañana por la mañana a casa de la señorita Havisham, dejándolo en sus manos. Pero ¿qué hago? - exclamó mi hermana quitándose el gorro con repentina desesperación -. Aquí estoy hablando sin parar, mientras el tío Pumblechook se espera y la yegua se enfría en la puerta, sin pensar que ese muchacho está lleno de suciedad, de pies a cabeza. ...

En la línea 1537
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Cuando nos hubimos dado la mano y él se marchó, abrí la ventana de la escalera y a punto estuve de quedar decapitado, porque, como no ajustaba bien, bajó la vidriera como la cuchilla de la guillotina. Felizmente, no acabé de sacar la cabeza. Después de esta salvación milagrosa, me contenté con gozar de una vista brumosa de la posada a través del polvo y la suciedad que cubrían el vidrio, y me quedé mirando tristemente al exterior, diciéndome a mí mismo que, sin duda alguna, Londres no estaba a la altura de su fama. ...

En la línea 1538
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... La idea que el señor Pocket, hijo, volvería «en breve» no era la mia sin duda alguna, porque había estado mirando hacia fuera por espacio de media hora y pude escribir varias veces mi nombre con el dedo en la suciedad de cada uno de los vidrios de la ventana antes de que oyese pasos en la escalera. Gradualmente se me aparecieron el sombrero, la cabeza, el cuello de la camisa, el chaleco, los pantalones y las botas de un miembro de la sociedad de poco más o menos mi edad. Llevaba una bolsa de papel debajo de cada brazo, en una mano un cesto con fresas, y estaba sin aliento. ...

En la línea 90
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Llenó su vaso, lo vació y quedó en una actitud soñadora. En efecto, briznas de heno se veían aquí y allá, sobre sus ropas y hasta en sus cabellos. A juzgar por las apariencias, no se había desnudado ni lavado desde hacía cinco días. Sus manos, gruesas, rojas, de uñas negras, estaban cargadas de suciedad. Todos los presentes le escuchaban, aunque con bastante indiferencia. Los chicos se reían detrás del mostrador. El tabernero había bajado expresamente para oír a aquel tipo. Se sentó un poco aparte, bostezando con indolencia, pero con aire de persona importante. Al parecer, Marmeladof era muy conocido en la casa. Ello se debía, sin duda, a su costumbre de trabar conversación con cualquier desconocido que encontraba en la taberna, hábito que se convierte en verdadera necesidad, especialmente en los alcohólicos que se ven juzgados severamente, e incluso maltratados, en su propia casa. Así, tratan de justificarse ante sus compañeros de orgía y, de paso, atraerse su consideración. ...

En la línea 742
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... El calor era tan insoportable como en los días anteriores. Hacía tiempo que no había caído ni una gota de agua. Siempre aquel polvo aquellos montones de cal y de ladrillos que obstruían las calles. Y el hedor de las tiendas llenas de suciedad, y de las tabernas, y aquel hervidero de borrachos, buhoneros, coches de alquiler… ...

En la línea 751
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... La escalera, pina y dura, rezumaba suciedad. Las cocinas de los cuatro pisos daban a ella y sus puertas estaban todo el día abiertas de par en par. El calor era asfixiante. Se veían subir y bajar ordenanzas con sus carpetas debajo del brazo, agentes y toda suerte de individuos de ambos sexos que tenían algún asunto en la comisaría. La puerta de las oficinas estaba abierta. Raskolnikof entró y se detuvo en la antesala, donde había varios mujiks. El calor era allí tan insoportable como en la escalera. Además, el local estaba recién pintado y se desprendía de él un olor que daba náuseas. ...

En la línea 1678
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Catalina Ivanovna corrió hacia la ventana. Allí había una silla desvencijada y, sobre ella, una cubeta de barro llena de agua. La había preparado para lavar por la noche la ropa interior de su marido y de sus hijos. Este trabajo nocturno lo hacía Catalina Ivanovna dos veces por semana cuando menos, e incluso con más frecuencia, pues la familia había llegado a tal grado de miseria, que ninguno de sus miembros tenía más de una muda. Y es que Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad y, antes que verla en su casa, prefería trabajar hasta más allá del límite de sus fuerzas. Lavaba mientras todo el mundo dormía. Así podía tender la ropa y entregarla seca y limpia a la mañana siguiente a su esposo y a sus hijos. ...


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