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La palabra pradera
Cómo se escribe

la palabra pradera

La palabra Pradera ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Sandokán: Los tigres de Mompracem de Emilio Salgàri
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
Un viaje de novios de Emilia Pardo Bazán
Julio Verne de La vuelta al mundo en 80 días
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece pradera.

Estadisticas de la palabra pradera

Pradera es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 15116 según la RAE.

Pradera aparece de media 4.49 veces en cada libro en castellano.

Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la pradera en las obras de referencia de la RAE contandose 682 apariciones .

Más información sobre la palabra Pradera en internet

Pradera en la RAE.
Pradera en Word Reference.
Pradera en la wikipedia.
Sinonimos de Pradera.

Algunas Frases de libros en las que aparece pradera

La palabra pradera puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 3118
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Volví el caballo, y me dirigía con rapidez al camino, cuando Antonio, mi fiel criado griego, me indicó una pradera por la cual, a su parecer, podríamos cortar mucho y salir a la carretera en un punto bastante más bajo que si desandábamos todo el atajo. ...

En la línea 3119
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Radiante hierba verde, muy corta, cubría la pradera, cruzada por un arroyuelo. ...

En la línea 3124
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... El suceso trajo a mi memoria la pradera y el sendero que tentaron a Cristián cuando seguía el angosto camino del cielo, y que acabaron por llevarle a los dominios del gigante Desesperado. ...

En la línea 3128
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Ensanchábase poco a poco la garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano, por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. ...

En la línea 115
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Todo el lado de la pradera que llegaba a abarcar con su ojo abierto, así como la linde de la masa de matorrales y la tierra que quedaba entre sus troncos, estaban ocupados por una muchedumbre de seres humanos, idénticos en sus formas a los componentes de todas las muchedumbres. Pero lo que el creía matorrales eran árboles iguales a todos los árboles y formando un bosque que se perdía de vista. Lo verdaderamente extraordinario era la falta de proporción, la absurda diferencia entre su propia persona y cuanto le rodeaba. Estos hombres, estos árboles, así como los caballos en que iban montados algunos de aquellos, hacían recordar las personas y los paisajes cuando se examinan con unos gemelos puestos al revés, o sea colocando los ojos en las lentes gruesas, para ver la realidad a través de las lentes pequeñas. ...

En la línea 122
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Edwin se fijó en que esta ave extraordinaria tenia las formas fantásticas de los dragones alados que imaginaron los escultores de la Edad Media al labrar los capiteles y gárgolas de las catedrales. Su cuerpo estaba revestido de escamas metálicas y tenia en su parte delantera una cabeza de monstruo quimérico, con dos globos de faro a guisa de ojos. Sus alas eran a modo de cartílagos erizados de púas. Sobre el lomo del horripilante aeroplano, cuatro hombrecitos iguales a los que se movían en la pradera asomaban sus cabezas cubiertas con un casquete dorado, al que servia de remate una pluma larguísima. ...

En la línea 182
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El cordón de peones y jinetes empujó a la muchedumbre hasta los linderos del bosque, dejando completamente limpia la pradera. Entonces, la doctora, desde lo alto de su carro-lechuza, volvió a valerse del portavoz. ...

En la línea 184
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El ingeniero se fue levantando sobre un codo, y este pequeño movimiento derribó varias escalas portátiles que aun estaban apoyadas en su cuerpo y habían servido para el registro efectuado horas antes. Tres enanos que vagaban sobre su vientre, explorando por última vez los bolsillos de su chaleco, cayeron de cabeza sobre la tupida hierba de la pradera y trotaron a continuación dando chillidos como ratones. Sin dejar de huir se llevaban las manos a diferentes partes de sus cuerpos magullados, mientras una carcajada general del público circulaba por los lindes de la selva. ...

En la línea 279
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... Ya fuera del bosque, se lanzó a través de una pradera, al extremo de la cual le pareció ver confusamente una empalizada. Se detuvo y cayó de rodillas. Estaba exhausto. Quiso volver a levantarse pero un velo de sangre le cubrió los ojos y se desplomó. ...

En la línea 282
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... Cuando volvió en sí, vio con gran sorpresa que no estaba en la pradera que atravesara durante la noche, sino en una habitación espaciosa, empapelada con papel floreado, y tendido en un lecho cómodo y blandísimo. ...

En la línea 1683
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —Lo sé demasiado bien. ¡Estás hechizado! Llegaban en ese momento a las márgenes de la selva. Al otro lado se extendía una pequeña pradera, con varios grupos de arecas y maleza y atravesada por un ancho sendero donde crecía la hierba. ...

En la línea 1297
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Tras haber atravesado una tupida pradera, llegamos al lindero de un bosquecillo animado por el canto y el vuelo de un gran número de pájaros. ...

En la línea 2466
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Tal era la región que visitaba el Nautilus en aquel momento. Una verdadera pradera, una tupida alfombra de algas, de fucos, de uvas del trópico, tan espesa, tan compacta que la roda de un navío no podía desgarrarla sin gran esfuerzo. ...

En la línea 801
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Los paseantes comenzaban a retirarse, y el leve crujido de la arena revelaba sus pasos lejanos. Pero ambas amigas acostumbraban, como suele decirse, llevarse las llaves del parque, porque justamente a la puesta del sol era cuando Lucía lo encontraba más hermoso, en aquella melancólica estación otoñal. Bajos ya y moribundos los rayos solares, caían casi horizontalmente sobre los pradillos de hierba, inflamándolos en tonos ardientes como de oro en fusión. Los obscuros conos del alerce cortaban este océano de luz, en el cual se prolongaban sus sombras. Deshojábanse los plátanos y castaños de Indias, y de cuando en cuando caía, con golpe seco y mate, algún erizo, que, abriéndose, dejaba rodar la reluciente castaña. En las grandes canastillas, que se destacaban sobre el fondo de césped, las pálidas eglantinas, a la menor brisa otoñal, soltaban sus frágiles pétalos, las verbenas se arrastraban lánguidas, como cansadas de vivir, descomponiendo con sus caprichosos tallos la forma oval del macizo; los ageratos se erguían, todos llovidos de estrellas azules y los peregrinos colios lucían sus exóticos matices, sus coloraciones metálicas y sus hojas atigradas, semejantes a escamas de reptil, ya blancas con manchas negras, ya verdes con vetas carne, ya amaranto obscuro cebradas de rosa cobrizo. Profundo estremecimiento, precursor del invierno, atravesaba por la Naturaleza toda, y dijérase que antes de morir, quería vestirse sus más ricas galas: así la viña virgen tenía tan espléndido traje de púrpura, y el álamo blanco elevaba con tal coquetería el penacho de cándidos airones de su copa; así la coralina se adornaba con innumerables sartas y zarcillos de sangriento coral, y las cinias recorrían toda la escala de los colores vivos con sus festoneadas enaguas. El maíz listado sacudía su brial de seda verde y blanca a rayas, con melodioso susurro, y allá en las lindes de la pradera bañada por el sol, unos arbolillos tiernos inclinaban su joven copa. De tal suerte mullían las hojas secas el piso de las calles, que se enterraba Lucía hasta el tobillo, con placer. El roce de su traje producía en ellas un ruido continuo, rápido, parecido a la respiración jadeante de alguien que la siguiera; y presa de pueril temor, volvía a veces el rostro atrás, riéndose al convencerse de su ilusión. Hojas había muy diferentes entre sí: unas, obscuras, en descomposición, vueltas ya casi mantillo: otras secas, quebradizas, encogidas; otras amarillas, o aun algo verdosas, húmedas todavía, con los jugos del tronco que las sustentara. Hacíase la alfombra más tupida al acercarse a los parajes sombríos del borde del estanque, cuya superficie rielaba como cristal ondulado, estremeciéndose al leve paso del aura vespertina, y rizándose en mil ondas chiquitas en choque continuo las unas con las otras. ...

En la línea 1678
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... La pradera por donde corría el trineo era tan llana, que parecía un inmenso estanque helado. El ferrocarril que cruzaba por esa región subía del Suroeste al Noroeste por Grand lsland, Columbus, ciudad importante de Nebraska, Schuyler, Fremon y luego Omaha. Seguía en todo su trayecto por la orilla derecha del rio Platte. El trineo, atajando, recorría la cuerda del arco descrito por la vía férrea. Mudge no podía verse detenido por el río Platte, en el recodo que forma antes de llegar a Fremont, porque sus aguas estaban heladas. El camino se hallaba, pues, completamente libre de obstáculos, y a Phileas Fogg sólo podían darle cuidado dos circunstancias: una avería en el aparato o un cambio de viento. ...


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