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La palabra ocaso
Cómo se escribe

la palabra ocaso

La palabra Ocaso ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
A los pies de Vénus de Vicente Blasco Ibáñez
Niebla de Miguel De Unamuno
Un viaje de novios de Emilia Pardo Bazán
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece ocaso.

Estadisticas de la palabra ocaso

Ocaso es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 17275 según la RAE.

Ocaso aparece de media 3.73 veces en cada libro en castellano.

Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la ocaso en las obras de referencia de la RAE contandose 567 apariciones .

Errores Ortográficos típicos con la palabra Ocaso

Cómo se escribe ocaso o hocaso?
Cómo se escribe ocaso o ocazo?

Más información sobre la palabra Ocaso en internet

Ocaso en la RAE.
Ocaso en Word Reference.
Ocaso en la wikipedia.
Sinonimos de Ocaso.


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece ocaso

La palabra ocaso puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 2052
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Digo ésto, porque nunca se había producido en forma tan brillante, y porque ya no debía ver el ocaso de otro sol. ...

En la línea 3176
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca, donde pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas y media, no me detuve en la aldea. ...

En la línea 1632
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... En aquel momento todos los celajes del ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. ...

En la línea 3571
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... El sol que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía en una aureola a aquella pareja de aturdidos. ...

En la línea 3608
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... —¡Bah! —decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba interés al ocaso de su hermosura —; ¡bah! tú has caído esta vez de veras, te lo conozco yo. ...

En la línea 3824
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Reflejando los rayos del sol en el ocaso deslumbran. ...

En la línea 503
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... La noche anterior había hablado con Rosaura tranquilamente. Los dos seguían viéndose; pero quedaba en su memoria el recuerdo de aquella conversación, frente al mar, en lo alto de la pendiente cubierta de flores, bajo la luz rosada del ocaso. Consideraban indudable la separación de que habían hablado; pero transcurrían los días sin que se realizase. Y de pronto, Claudio tomaba el tren, dejando en su vivienda una breve carta para que la llevasen a la villa de Rosaura. ...

En la línea 1690
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Empezaba la hora del ocaso para nuestro César, iba a ser vencido por las misteriosas e inesperadas combinaciones de la suerte en el momento que se veía más poderoso ...

En la línea 1250
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... ¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto, en otoño, llovían hojas amarillas, anchas hojas como de vid, a modo de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recogerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso. ...

En la línea 1250
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... ¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto, en otoño, llovían hojas amarillas, anchas hojas como de vid, a modo de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recogerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso. ...

En la línea 1114
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Descendía rápidamente el sol a su ocaso, caía sobre el jardín la sombra; Sardiola, el lebrel fidelísimo que había dado el ladrido de alarma, no estaba ya allí. Lucía miró en torno suyo con ojos vagos, y llevose las manos a la garganta oprimida. Después convirtió la vista a la fachada, cual si sus macizos muros pudiesen por mágico arte volverse cristal y trasparentar lo que en su interior guardaban. Quedose fascinada, sofocando un grito antes que naciera. La puerta del comedor estaba entornada. Cosa era esta que sucedía muchas tardes, siempre que al ama Engracia se le ocurría tomar el fresco un rato en el umbral charlando con Sardiola; pero en tal instante Lucía sintió que la puerta entreabierta la penetraba de terror glacial y de ardiente júbilo a un tiempo. Su cerebro, vacío de ideas, sólo encerraba un sonsonete monótono y cadencioso, repitiendo como la péndola de un horario: «Vino esta mañana, se va esta noche… » Y al fin la repetición la irritaba de tal manera, que sólo oía la palabra «noche, noche, noche», palabra que parecía vibrar, como esos puntos luminosos que se ven en las tinieblas, durante el insomnio, y que se acercan y se alejan, sin movimiento de traslación, por el mero sacudimiento de sus moléculas. Apretose las sienes como para detener la tenaz péndola, y lentamente, paso a paso, se encaminó al vestíbulo de casa de Artegui. Al poner el pie en el primer peldaño de la escalera, la música zumbadora de la sangre le cantaba en los oídos, como un coro de cien moscardones. Parece que le decía: ...


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