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La palabra mantenerse
Cómo se escribe

la palabra mantenerse

La palabra Mantenerse ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Bodega de Vicente Blasco Ibañez
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
A los pies de Vénus de Vicente Blasco Ibáñez
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
El jugador de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
La llamada de la selva de Jack London
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece mantenerse.

Estadisticas de la palabra mantenerse

Mantenerse es una de las palabras más utilizadas del castellano ya que se encuentra en el Top 5000, en el puesto 4560 según la RAE.

Mantenerse tienen una frecuencia media de 19.99 veces en cada libro en castellano

Esta clasificación se basa en la frecuencia de aparición de la mantenerse en 150 obras del castellano contandose 3038 apariciones en total.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Mantenerse

Cómo se escribe mantenerse o mantenerrse?
Cómo se escribe mantenerse o mantenerze?

Más información sobre la palabra Mantenerse en internet

Mantenerse en la RAE.
Mantenerse en Word Reference.
Mantenerse en la wikipedia.
Sinonimos de Mantenerse.


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece mantenerse

La palabra mantenerse puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 576
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Salvatierra admiraba la fe de este joven que se creía poseedor del remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la miseria. ¡Instruirse! ¡Ser hombres!... Los explotadores eran unos cuantos miles y los esclavos centenares de millones. Pero apenas peligraban sus privilegios, la humanidad ignorante encadenada al trabajo, era tan imbécil, que ella misma se dejaba extraer de su seno los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines y echándose el fusil a la cara, volvían a restablecer a tiros el régimen de dolor y de hambre, cuyas consecuencias sufrían después, al volver abajo. ¡Ay! ¿si los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cómo podría mantenerse este absurdo? Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacían reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente veía más claro que ellos, los hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la propaganda por la acción y en las rebeldías inmediatas. Era un espíritu simple, como los creyentes del cristianismo primitivo, que sentían las doctrinas de su religión con más intensidad que los Padres de la Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud que necesitaba siglos; pero su éxito parecía seguro. Y el revolucionario, escuchando al gañán, se imaginaba una época en la que no existiese la ignorancia y la actual bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento petrificado y sin otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se metamorfosease en hombre. ...

En la línea 1272
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo, íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado de la vendimia. ...

En la línea 1394
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Al contacto de las manos de Luis, pareció despertar aquella carne sumida en el sopor de la embriaguez. Se revolvió el cuerpo adorable, brillaron sus ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmuró la boca ardorosa junto al oído del señorito. Éste creyó escuchar: --Rafaé... Rafaé... ...

En la línea 3358
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Ordenaron a los lacayos no desensillar los caballos y mantenerse dispuestos para volver a partir inmedia tamente. ...

En la línea 6473
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... No, no había que prodigarse; siempre había sabido mantenerse en el difícil equilibrio de sacerdote sociable sin degenerar en mundano; sabía conservar su buena fama. ...

En la línea 7933
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Verdad era que la idea de ser objeto de los ensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo, ¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era aquella lucha con los vetustenses indómitos. ...

En la línea 183
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Paolo Baglioni soberano de Perusa, viviendo maritalmente con su hermana, recibía en el lecho a una diputación de notables de la ciudad, y éstos no sabían qué cara poner ni en qué actitud mantenerse viendo al príncipe acostado junto a su hermana completamente desnuda, y acariciando sus pechos mientras oía la arenga del orador de la comisión. ...

En la línea 950
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... También temía Borgia los horrores de una invasión, pensando en la bella Julia y demás mujeres de su familia ilegítima. Todas ellas siguieron a Lucrecia en dicho viaje, con pretexto de pasar el verano junto al Adriático, y en realidad para mantenerse a cubierto de la próxima guerra. La Farnesina, doña Adriana de Milá y la Vannoza emprendieron el viaje a Pesaro. El único de sus hijos que permaneció en Roma cerca de él fue César, ayudándole con una serenidad de juicio y una sangre fría impropias de sus pocos años. ...

En la línea 1643
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Claudio hizo esfuerzos para mantenerse serlo al oír que el gran Enciso citaba a Shakespeare con el deseo de probar la tuerza milagrosa de una media estampa de los supuestos Reyes ...

En la línea 1650
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Claudio estaba en la misma actitud, y a sus espaldas existía indudablemente una arboleda igual a la otra. Enciso debía de mantenerse oculto en algún macizo de verdura, jadeante de emoción. ...

En la línea 1093
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Esta pregunta amenguó un poco la cólera de Gillespie. Después de haber hecho huir a los policías, y mientras su servidumbre medrosa escapaba también fuera de la vivienda, Ra-Ra le habló desde el fondo del bolsillo que le servía de refugio. Consideraba prudente no quedarse allí. Ya había hecho bastante el gigante para defenderle de sus enemigos. Debía dejarlo escapar antes de que llegasen fuerzas mas considerables. Necesitaba mantenerse libre para la continuación de sus trabajos. ...

En la línea 1200
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - Con una de sus comidas a mediodía -comentaba Gurdilo- podría mantenerse la guarnición entera de nuestra capital; con una de sus cenas habría bastante para la alimentación de toda la escuadra del Sol Naciente. Y el gobierno, que ha dispuesto este despilfarro monstruoso, nos pide ahora, de repente, la muerte de su antiguo protegido. ¿Qué secreto hay en el fondo de tal petición?… Todavía estaría derrochando el dinero del país para sostener al gigantesco intruso, si este, por su bestialidad nativa y su ignorancia, no hubiese molestado inconscientemente a ciertos personajes, especialmente a uno que es el consejero secreto del gobierno y el verdadero autor de los errores que comete. ...

En la línea 1222
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Flimnap tuvo que mantenerse lejos de su amigo, pues un cordón de soldados cerraba el paso a los curiosos. Los grupos reunidos a espaldas de la tropa comentaban con asombro la rapidez del trabajo del gigante. En dos horas había hecho lo que antes costaba varias semanas. El malecón crecía por momentos. Todos alababan el acuerdo del Senado. Pero el profesor sintió deseos de llorar al ver a su amado en esta situación envilecedora. ...

En la línea 722
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Capitán Nemo, compruebo los resultados, sin tratar de explicármelos. He visto al Nautilus maniobrar ante el Abraham Lincoln y sé a qué atenerme acerca de su velocidad. Pero no basta moverse. Hay que saber adónde se va. Hay que poder dirigirse a la derecha o a la izquierda, hacia arriba o hacia abajo. ¿Cómo hace usted para alcanzar las grandes profundidades en las que debe hallar una resistencia creciente, evaluada en centenares de atmósferas? ¿Cómo hace para subir a la superficie del océano? Y, por último, ¿cómo puede mantenerse en el lugar que le convenga? ¿Soy indiscreto al formularle tales preguntas? ...

En la línea 1652
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Las redes del Nautilus nos ofrecieron algunos careys, tortugas marinas cuya concha es muy estimada. Estos reptiles se sumergen muy fácilmente y pueden mantenerse largo tiempo bajo el agua cerrando la válvula carnosa que tienen en el orificio externo de su canal nasal. A algunos de ellos se les cogió cuando dormían bajo su caparazón, al abrigo de los animales marinos. La carne de aquellas tortugas era bastante mediocre, pero sus huevos eran un excelente manjar. ...

En la línea 1656
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Del 21 al 23 de enero, el Nautilus navegó a razón de doscientas cincuenta leguas diarias, o sea, quinientas cuarenta millas, a una velocidad media de veintidós millas por hora. Nuestra observación, al paso, de las diferentes variedades de peces era posible porque, atraídos éstos por la luz eléctrica, trataban de acompañarnos. La mayor parte quedaban rápidamente distanciados por la velocidad del Nautilus, pero los había, sin embargo, que conseguían mantenerse algún tiempo en su compañía. ...

En la línea 2218
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Del interior del Mediterráneo pude ver tan sólo lo que le es dado presenciar al viajero de un tren expreso del paisaje que huye ante sus ojos, es decir, los horizontes lejanos, y no los primeros planos que pasan como un relámpago. Sin embargo, Conseil y yo pudimos observar algunos de esos peces mediterráneos que por la potencia de sus aletas conseguían mantenerse algunos instantes en las aguas del Nautilus. Permanecimos mucho tiempo al acecho ante los cristales del salón, y nuestras notas me permiten ahora resumir en pocas palabras nuestra visión ictiológica de ese mar. De los diversos peces que lo habitan, sin hablar de todos aquellos que la velocidad del Nautílus hartó a mis ojos, puedo decir que vi algunos y apenas entreví otros. Permítaseme, pues, presentarlos en una clasificación que será caprichosa, sin duda, pero que, al menos, reflejará con fidelidad mis rápidas observaciones. ...

En la línea 2485
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Lo cierto es ‑dijo Porfirio, que apenas podía mantenerse en su puesto de juez‑ que ahora comprendo casi enteramente sus puntos de vista sobre el crimen. Pero… Perdone que le importune tanto (estoy avergonzado de molestarle de este modo). Oiga: acaba usted de tranquilizarme respecto a los casos de error, esos casos de confusión entre las dos categorías; pero… sigo sintiendo cierta inquietud al pensar en el lado práctico de la cuestión. Si un hombre, un adolescente, sea el que fuere, se imagina ser un Licurgo, o un Mahoma (huelga decir que en potencia, o sea para el futuro), y se lanza a destruir todos los obstáculos que encuentra en su camino… , se dirá que va a emprender una larga campaña y que para esta campaña necesita dinero… ¿Comprende… ? ...

En la línea 4815
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Salió de la comisaría con paso vacilante. La cabeza le daba vueltas. Le costaba gran trabajo mantenerse sobre sus piernas. Empezó a bajar la escalera apoyándose en la pared. Le pareció que un ordenanza que subía a la comisaría tropezó con él; que, al llegar al primer piso, oyó ladrar a un perro, y vio que una mujer le arrojaba un rodillo de pastelería mientras le gritaba para hacerle callar. Al fin llegó a la planta baja y salió a la calle. Entonces vio a Sonia. Estaba cerca del portal, y, pálida como una muerta, le miraba con una expresión de extravío. Raskolnikof se detuvo ante ella. Una sombra de sufrimiento y desesperación pasó por el semblante de la joven. Enlazó las manos, y una sonrisa que no fue más que una mueca le torció los labios. Rodia permaneció un instante inmóvil. Luego sonrió amargamente y volvió a subir a la comisaría. ...

En la línea 388
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... —¿Qué tiene que ver el general? Ayer dio a entender que debía mantenerse en cierta forma… y se alarmaba de tal modo… que yo, a decir la verdad, no comprendí nada. ...

En la línea 460
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... No tenía para qué prevenirle, pues usted no hubiera podido hacer nada —replicó, flemáticamente, Mr. Astley—. ¿Prevenirle de qué? El general sabe, tal vez, mucho más que yo sobre la señorita Blanche y sin embargo se pasea con ella y con miss Paulina. El general… es un pobre hombre. Vi ayer a la señorita Blanche que galopaba en un hermoso caballo al lado de Des Grieux y ese principillo ruso. El general los seguía sobre un alazán. Por la mañana se había lamentado de que le dolían las piernas, y no obstante, a caballo, sabía mantenerse bien. En aquel momento tuve la idea de que era hombre irremisiblemente perdido. En fin, eso no me afecta, y hace muy poco tiempo que conozco a la señorita Paulina. Por otra parte —terminó bruscamente Mr. Astley—, ya le dije a usted que no puedo admitir su derecho a hacerme ciertas preguntas, a pesar del afecto que por usted siento. ...

En la línea 74
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Día tras día, unos días interminables, se afanó Buck en su tarea. Siempre levantaban campamento en la oscuridad, y los primeros grises del amanecer los encontraban dejando su huella en el sendero y con muchas millas ya recorridas a la espalda. Y siempre acampaban después del anochecer, comían un poco de pescado y se arrastraban a dormir metidos en la nieve. Buck estaba hambriento. Los setecientos gramos de salmón secado al sol que constituían su ración diaria desaparecían enseguida. Nunca tenía bastante y sufría continuos retortijones. En cambio, los otros perros, que pesaban menos y estaban acostumbrados a aquel régimen, recibían sólo quinientos gramos de pescado y conseguían mantenerse en buena forma. ...

En la línea 123
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Pero Buck tenía una cualidad que suplía la corpulencia, y era la imaginación. Luchaba por instinto, pero también era capaz de pelear con raciocinio. Atacó como si intentase el anterior truco del hombro, pero en el último instante se agachó sobre la nieve y sus dientes apresaron la pata delantera izquierda de Spitz. Hubo un crujido de hueso que se quiebra, y el perro blanco le hizo frente con tres patas. Por tres veces intentó Buck derribarlo, y después repitió el último truco y le quebró a Spitz la otra pata delantera. Éste, pese al dolor y a su precario estado, luchó desesperadamente por mantenerse en pie. Veía que el círculo silencioso, del que se elevaba el vaho plateado de las respiraciones, se aproximaba a él con los ojos brillantes y la lengua afuera, tal y como había visto en el pasado círculos similares cercando a adversarios vencidos. ...

En la línea 167
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... A todos les dolían terriblemente las plantas de las pies. No podían saltar. Dejaban caer pesadamente las patas en la tierra trasmitiendo la vibración a su cuerpo, con lo que duplicaban la fatiga de la jornada. No les pasaba nada, excepto que estaban muertos de cansancio. No se trataba del agotamiento que sigue a un determinado y excesivo esfuerzo del que cabe recuperarse en cuestión de horas, sino de la lenta y prolongada extenuación provocada por meses de esfuerzo sostenido. Ya no tenían capacidad de recuperación ni reserva de energías a la que recurrir. Habían utilizado todo lo que tenían. Cada músculo, cada fibra, cada célula, participaba de la extenuación, de la mortal fatiga. Y había motivo. En menos de cinco meses habían recorrido cuatro mil quinientos kilómetros, los últimos tres mil con sólo cinco días de descanso. Cuando llegaron a Skaguay estaban en las últimas. Apenas podían mantener tensas las riendas y, en cuesta abajo, les era dificil mantenerse fuera del alcance del trineo. ...


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