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La palabra ingleses
Cómo se escribe

la palabra ingleses

La palabra Ingleses ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
La Bodega de Vicente Blasco Ibañez
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Sandokán: Los tigres de Mompracem de Emilio Salgàri
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
El jugador de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
Un viaje de novios de Emilia Pardo Bazán
Julio Verne de La vuelta al mundo en 80 días
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece ingleses.

Estadisticas de la palabra ingleses

Ingleses es una de las palabras más utilizadas del castellano ya que se encuentra en el Top 5000, en el puesto 4542 según la RAE.

Ingleses tienen una frecuencia media de 20.04 veces en cada libro en castellano

Esta clasificación se basa en la frecuencia de aparición de la ingleses en 150 obras del castellano contandose 3046 apariciones en total.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Ingleses

Cómo se escribe ingleses o hingleses?
Cómo se escribe ingleses o inglezez?
Cómo se escribe ingleses o injleses?

Más información sobre la palabra Ingleses en internet

Ingleses en la RAE.
Ingleses en Word Reference.
Ingleses en la wikipedia.
Sinonimos de Ingleses.

Algunas Frases de libros en las que aparece ingleses

La palabra ingleses puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 64
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... --Pues que no beban, ¡porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnos que disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para que envejezcan tranquilamente, y estoy seguro de que algún día nos harán justicia viniendo a buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. La Inglaterra debe de estar perdida. No necesito que me lo digas; demasiado lo veo yo aquí recibiendo visitas. Antes venían menos ingleses a la bodega; pero los viajeros eran gentes de distinción: _lores_ y _loresas_, los que menos. Daba gloria ver con qué aire de señorío se _apimplaban_. ¡Copa de aquí, para hacer un pedido! ¡copa de allá, para comparar!, y así iban por la bodega, serios como sacerdotes, hasta que a la salida tenían que tumbarlos en el calesín para llevarles a la fonda. ...

En la línea 65
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Sabían catar y hacer justicia a lo bueno... Ahora, cuando toca en Cádiz barco de ingleses, llegan en manada, con un guía al frente; prueban de todo porque se da gratis y, si compran algo, se contentan con botellas de a tres pesetas. No saben emborracharse con señorío: gritan, arman camorra y se van por la calle haciendo _eses_ para que rían los zagales. ...

En la línea 66
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Yo creía antes que todos los ingleses eran ricos, y resulta que estos que viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o tenderos de Londres que salen a tomar el aire con los ahorros del año... Así marchan los negocios. ...

En la línea 68
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... --Además--continuó el bodeguero--en Inglaterra, lo mismo que aquí, se pierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben más que agua, y, según me han dicho, ya no es elegante, después de comer, que las señoras se vayan a charlar a un salón, mientras los hombres se quedan bebiendo, hasta que los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajo de la mesa. Ya no necesitan por la noche, como gorro de dormir, un par de botellas de Jerez que costaban un buen puñado de chelines. Los que aún se emborrachan para demostrar que son unos señores, usan lo que llaman _bebidas largas_--¿no es esto, tú que has estado allá?--porquerías que cuestan poco y permiten beber y beber antes de _apimplarse_; el _wischy_ con soda y otras mixturas asquerosas. La ordinariez los domina. Ya no piden _Xerrrez_ como cuando vienen aquí y lo encuentran gratis. El Jerez únicamente sabemos apreciarlo los de la tierra; dentro de poco sólo lo compraremos nosotros. Ellos se emborrachan con cosas baratas, y así marchan sus asuntos. En el Transvaal casi los revientan. El mejor día les pegarán en el mar con todas sus guapezas. Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos en que la casa Dupont era una bodega poco más grande que una barraca, pero enviaba sus botellas y hasta sus barricas al señor Pitt, al señor Nelson, al señor _Velintón_ y a otros caballeros cuyos nombres figuran en las soleras más antiguas de la bodega grande. ...

En la línea 2322
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Aquel hombre era Armand- Jean Duplessis, cardenal de Richelieu, no tal como nos lorepresentaran cascado como un viejo, sufriendo como un mártir, el cuerpo quebrado, la voz apagada, enterrado en un gran sillón como en unatumba anticipada que no viviera más que por la fuerza de un genio ni sostuviera la lucha con Europa más que con la eterna aplicación de su pensamiento sino tal cual era realmente en esa época, es decir, diestro y galante caballero débil de cuerpo ya, pe ro sostenido por esa potencia moral que hizo de él uno de los hombres más extraordinarios que hayan existido; preparándose, en fin, tras ha ber sostenido al duque de Nevers en su ducado de Mantua, tras haber tomado Nîmes, Castres y Uzes, a expulsar a los ingleses de la isla de Ré y a sitiar La Rochelle. ...

En la línea 2667
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -¿Me traicionáis vos también, señor cardenal, para oponeros siem pre así a mis deseos? ¿Estáis de acuerdo co n los españoles y con los ingleses, con la señora de Chevreuse y con la reina?-Sire -respondió suspirando el cardenal-, creía estar al abrigo de semejante sospecha. ...

En la línea 4836
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... No era tampoco, como en nuestros vecinos los ingleses, una in fluencia atmosférica la que ensombrecía su rostro, porque esa tristeza se hacía más intensa por regla general en los días calurosos del año; junio y julio eran los meses terribles de Athos. ...

En la línea 4914
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Pero tenemos que molestarlo -exclamó el hostelero-; acaban de llegarnos dos gentileshombres ingleses. ...

En la línea 231
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... XVII.—Córdoba.—Los moros de Berbería.—Los ingleses.—Un cura viejo.—El breviario romano.—El palomar.—El Santo Oficio.—Judaísmo.—Los palomares profanados.—Propuesta del posadero. ...

En la línea 238
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Los vocablos no ingleses empleados por Borrow en THE BIBLE IN SPAIN se estampan en esta traducción con letra cursiva. ...

En la línea 286
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Luego, con la energía de tigre característica del español cuando se excita, levantándose precipitadamente exclamaba: «¡_Vamos, don Jorge_, al campo, al campo! Me voy con usted y aprenderé la ley de los ingleses. ...

En la línea 330
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... ¿Es de extrañar, pues, que los ingleses sean, en general, los peores lingüistas del mundo, ya que siguen un sistema diametralmente opuesto? Por ejemplo, cuando intentan hablar en español—la lengua más sonora que existe—apenas abren los labios, y, con las manos metidas en bolsillos, farfullan perezosamente, en lugar de aplicarse al indispensable menester de la gesticulación. ...

En la línea 362
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Después de comer, los soldados se dividen en dos bandos para ensayar su habilidad con las bolas. Plántanse dos lanzas en el suelo, a 35 metros de distancia una de otra; pero las bolas no las alcanzan sino una vez por cada cuatro o cinco. Pueden arrojarse las bolas a 50 ó 60 metros, pero sin puntería. Sin embargo, ésta distancia no se aplica a los hombres a caballo: cuando la velocidad del caballo se agrega a la fuerza del brazo, dícese que se puede arrojarlas a 80 metros, casi con certeza de dar en el blanco. Como prueba de la fuerza de este arma, puedo citar este hecho: cuando en las islas Falkland asesinaron los españoles a una parte de sus compatriotas y a todos los ingleses que allí estaban, huía un español a todo correr. Un individuo llamado Luciano, fornido y guapo mozo, perseguíale a galope gritando que se detuviese, pues deseaba decirle unas palabras. En el momento de ir a llegar ya el español a la barca, Luciano le tiró las bolas; se enroscaron éstas con tal fuerza en derredor de las piernas del fugitivo, que cayó desmayado. Así que Luciano le hubo dicho lo que tenía que decirle, permitiose al joven que embarcase. Nos dijo que sus piernas llevaban grandes verdugones allí donde se arrolló la cuerda, como si hubiese sufrido la pena del látigo. ...

En la línea 469
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Pretende ser muy amigo de los ingleses; pero sostiene que sólo obtuvieron la victoria de Trafalgar porque compraron a los capitanes españoles, y que el único acto de valentía ejecutado en aquella jornada fue el del almirante español ¿No es característico esto? ¡Un hombre que prefiere creer que sus compatriotas son los traidores más abominables a pensar que sean cobardes o torpes! 18y 19 de octubre.- Seguimos bajando lentamente este río magnífico; la corriente no nos ayuda nada. Encontramos muy pocos barcos. Parece realmente desdeñarse aquí uno de los dones más preciosos de la naturaleza: esta magnífica vía de comunicación, un río donde por buques podrían relacionarse dos países, uno de clima templado y en el cual abundan ciertos productos mientras otros faltan por completo; otro con un clima tropical y un suelo que (a creer a M. Bonpland, el mejor de todos los jueces) quizá no tenga igual en el mundo por su fertilidad. ¡Cuán otro hubiera sido este río, si colonos ingleses hubiesen tenido la suerte de remontar los primeros el río de la Plata! ¡Qué magníficas ciudades ocuparían hoy sus orillas! Hasta la muerte de Francia, dictador del Paraguay, estos dos países permanecen tan separados cual si estuviesen en los dos extremos del globo. Pero violentas revoluciones, violentas proporcionalmente a la tranquilidad tan poco natural que hoy reina allí, desgarrarán al Paraguay cuando el viejo tirano sanguinario ya no exista. Este país tendrá que aprender, como todos los estados españoles de la América del Sur, que una república no puede sustituir en tanto que no se apoye en hombres que respeten los principios de la justicia y el honor. ...

En la línea 469
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Pretende ser muy amigo de los ingleses; pero sostiene que sólo obtuvieron la victoria de Trafalgar porque compraron a los capitanes españoles, y que el único acto de valentía ejecutado en aquella jornada fue el del almirante español ¿No es característico esto? ¡Un hombre que prefiere creer que sus compatriotas son los traidores más abominables a pensar que sean cobardes o torpes! 18y 19 de octubre.- Seguimos bajando lentamente este río magnífico; la corriente no nos ayuda nada. Encontramos muy pocos barcos. Parece realmente desdeñarse aquí uno de los dones más preciosos de la naturaleza: esta magnífica vía de comunicación, un río donde por buques podrían relacionarse dos países, uno de clima templado y en el cual abundan ciertos productos mientras otros faltan por completo; otro con un clima tropical y un suelo que (a creer a M. Bonpland, el mejor de todos los jueces) quizá no tenga igual en el mundo por su fertilidad. ¡Cuán otro hubiera sido este río, si colonos ingleses hubiesen tenido la suerte de remontar los primeros el río de la Plata! ¡Qué magníficas ciudades ocuparían hoy sus orillas! Hasta la muerte de Francia, dictador del Paraguay, estos dos países permanecen tan separados cual si estuviesen en los dos extremos del globo. Pero violentas revoluciones, violentas proporcionalmente a la tranquilidad tan poco natural que hoy reina allí, desgarrarán al Paraguay cuando el viejo tirano sanguinario ya no exista. Este país tendrá que aprender, como todos los estados españoles de la América del Sur, que una república no puede sustituir en tanto que no se apoye en hombres que respeten los principios de la justicia y el honor. ...

En la línea 923
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Hoy se sabe que el método empleado en Chile para explotar las minas es el menos dispendioso. dice mi patrón dos mejoras principales: primero, la reducción; por el fuego, de las piritas de cobre, qué son los minerales más comunes en Cornouailles; así se sorprendieron tanto los mineros ingleses, a su llegada, viendo que las tiraban como inútiles; segundo, la trituración y lavado de las escorias procedentes de las cocciones pasadas, con los cuales se logra recoger gran cantidad de partículas metálicas. visto mulas cargadas de estas escorias, transportarlas a la costa y embarcarlas para Inglaterra. que en un principio ocurría es muy curioso: estaban los mineros chilenos tan convencidos de que las piritas de cobre no contenían un solo átomo de metal, que se reían de la ignorancia de los ingleses; los cuales a su vez se burlaban de los chilenos y compraban los más ricos filones por unos cuantos pesos. particular que en un país en que desde hace tanto tiempo se explotan minas, no se haya descubierto un procedimiento tan sencillo como el de la quema para desalojar el azufre antes de la fundición ...

En la línea 1364
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Emigró Ozores y doña Camila juró odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había conseguido casarse con aquel estuco. ...

En la línea 4417
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Un hombre que había llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda, sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. ...

En la línea 5469
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano. ...

En la línea 5889
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus ingleses. ...

En la línea 713
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El profesor Flimnap seguía hablándole. Dulcemente, de los pálidos elogios a sus versos ingleses había ido pasando a una segunda serie de alabanzas para las obras de Momaren, y explicaba con profusión el rango que correspondía a este autor en la historia literaria del país. ...

En la línea 70
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Las comunicaciones rápidas nos trajeron mensajeros de la potente industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todavía no era moda ir a buscarlos al África, y los venían a buscar aquí, cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas, cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de la industria española. Al propio tiempo arramblaban por los espléndidos pañuelos de Manila, que habían ido descendiendo hasta las gitanas. También se dejó sentir aquí, como en todas partes, el efecto de otro fenómeno comercial, hijo del progreso. Refiérome a los grandes acaparamientos del comercio inglés, debidos al desarrollo de su inmensa marina. Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de la China. Nada más sencillo que esta depreciación. Al fundar los ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayún y Senquá dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado King-Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareció en la geografía práctica, el género de Cantón y Shangai dejó de venir en aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cádiz, los Fernández de Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesía del Cabo pasó a la historia como apéndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de Alburquerque. La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados con el ferrocarril de Suez. ...

En la línea 70
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Las comunicaciones rápidas nos trajeron mensajeros de la potente industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todavía no era moda ir a buscarlos al África, y los venían a buscar aquí, cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas, cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de la industria española. Al propio tiempo arramblaban por los espléndidos pañuelos de Manila, que habían ido descendiendo hasta las gitanas. También se dejó sentir aquí, como en todas partes, el efecto de otro fenómeno comercial, hijo del progreso. Refiérome a los grandes acaparamientos del comercio inglés, debidos al desarrollo de su inmensa marina. Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de la China. Nada más sencillo que esta depreciación. Al fundar los ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayún y Senquá dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado King-Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareció en la geografía práctica, el género de Cantón y Shangai dejó de venir en aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cádiz, los Fernández de Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesía del Cabo pasó a la historia como apéndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de Alburquerque. La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados con el ferrocarril de Suez. ...

En la línea 73
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Adivinaba el fenómeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de echar maldiciones contra los ingleses, como hacía su marido, se dio a discurrir el mejor remedio. ¿Qué corrientes seguirían? La más marcada era la de las novedades, la de la influencia de la fabricación francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte, invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco. El vestir se anticipaba al pensar y cuando aún los versos no habían sido desterrados por la prosa, ya la lana había hecho trizas a la seda. ...

En la línea 94
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... «¿Sabe usted, Estupiñá, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses proyectan construir barcos de fierro». ...

En la línea 465
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –Mi modesto servicio no ha traspasado el límite del más simple deber de un vasallo, y por consiguiente no tiene ningún mérito. Pero ya que Vuestra Majestad se digna considerar que merece alguna recompensa, me atrevo a hacer una petición al efecto. Cerca de cuatrocientos años atrás, como Vuestra Majestad no ignora, estando enemistados Juan, rey de Inglaterra, y el rey de Francia, se decretó que dos campeones combatieran en la palestra para poner término a la disputa con lo que se llama juicio de Dios. Reunidos los dos reyes, y el rey de España para ser testigo de la disputa y juzgarla, apareció el campeón francés; mas era tan temible, que nuestros caballeros ingleses se negaron a medir sus armas con él. Así el asunto, que era muy grave, estuvo a punto de resolverse contra el monarca inglés por falta de campeón. En la Torre se hallaba lord De Courcy, el más poderoso brazo de Inglaterra, despojado de sus honores y posesiones, y consumiendose en largo cautiverio. Apelóse a él, que accedió y compareció armado para el combate; mas no bien divisó el francés su recio cuerpo y oyó su famoso nombre, huyó a escape, y la causa del rey de Francia quedó perdida. El rey Juan devolvió a De Courcy sus títulos y posesiones, y le dijo: 'Manifiéstame tu deseo y lo conseguirás, aunque me cueste la mitad de mi reino.' A lo que De Courcy, de hinojos como yo estoy ahora, contestó: 'Pido, pues, solo una cosa., señor mío, y es que yo y mis descendientes tengamos y conservemos el privilegio de permanecer cubiertos en presencia del rey de Inglaterra mientras su trono perdure.' Concedióse la gracia como Vuestra Majestad sabe; y como en estos cuatrocientos años no ha habido nunca un momento en que la familia haya carecido de herederos, hasta el día de hoy el jefe de la antigua casa tiene aún el sombrero o el yelmo puesto ante la majestad del rey, sin impedimento alguno, y nadie más puede hacerlo. Invocando este precedente en ayuda de mi ruego, suplico al rey que me conceda esta gracia y privilegio –para más que suficiente recompensa mía– y ninguna otra cosa, a saber: que yo y mis herederos para siempre podamos sentarnos en presencia, de Su Majestad el rey de Inglaterra. ...

En la línea 709
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –Parece cosa harto poco cristiana y mal discurrida –exclamo Tom con sincero entusiasmo– que la ley de Inglaterra niegue a los ingleses privilegios que concede al diablo. ...

En la línea 1364
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Las horas pasan lentas, tediosamente. Toda agitación ha cesado por un rato porque hace mucho que las galerías están ya atestadas. Ahora podemos sentarnos, y mirar y pensar a nuestro gusto. Aquí, allá y acullá, en la vaga media luz de la catedral, podemos divisar parte de muchas galerías y balcones, porque el resto nos lo ocultan a la vista las columnas y salientes arquitectónicos que se interponen. Tenemos a la vista todo el gran crucero, vacío, esperando a los privilegiados de Inglaterra. Vemos también el área amplia de la plataforma, cubierta de rica alfombra, en que se alza el trono. El trono ocupa el centro de la plataforma, y se levanta de ella sobre cuatro escalones. En el asiento del trono está encajada una piedra plana y tosca, la Piedra de Scone, en que muchas generaciones de reyes escoceses se han sentado para ser coronados, por lo cual con el tiempo llegó a ser lo bastante sagrada para servir al mismo fina los monarcas ingleses. Tanto el trono como su escabel están cubiertos con brocado de oro. ...

En la línea 1467
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... No le encontraron más que un documento. El oficial lo abrió y Hendon sonrió al reconocer los 'garabatos' de su perdido amiguito en aquel negro día de Hendon Hall. El rostro del oficial se ensombreció al leer los párrafos ingleses; y Miles palideció intensamente al escuchar sus palabras. ...

En la línea 28
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —Yáñez —dijo—, ¿qué hacen los ingleses en Labuán? ...

En la línea 36
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —Es verdad, pero ¿de quién ha sido la culpa? ¿Es que los hombres de raza blanca han sido menos inexorables conmigo? ¿No me destronaron con el pretexto de que me hacía poderoso y temible? ¿No asesinaron a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas? ¿Qué daño les había causado yo? ¡Los blancos no tenían queja alguna contra mí! ¡Ahora los odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses, tus compatriotas, y me vengaré de ellos de un modo terrible! Así lo juré sobre los cadáveres de mi familia y mantendré mi juramento. Sí, he sido despiadado con mis enemigos. Sin embargo, alguna voz se levantará para decir que también he sido generoso. ...

En la línea 45
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —Porque es una locura ir a la madriguera de tus enemigos más encarnizados. ¡No tientes a la fortuna! Los ingleses no esperan otra cosa que tu muerte para arrojarse sobre tus tigrecitos y destruirlos. ...

En la línea 47
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —Sí, pero nuevos enemigos se arrojarán contra ti. Caerán muchos leones ingleses, pero también morirá el Tigre. ...

En la línea 132
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Ned Land tenía unos cuarenta años de edad. Era un hombre de elevada estatura -más de seis pies ingleses y de robusta complexión. Tenía un aspecto grave y era poco comunicativo, violento a veces y muy colérico cuando se le contrariaba. Su persona llamaba la atención, y sobre todo el poder de su mirada que daba un singular acento a su fisonomía. ...

En la línea 446
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Mi buen Ned, ese país no está aún indicado en el mapamundi. Confieso que la nacionalidad de estos dos desconocidos es difícil de identificar. Ni ingleses, ni franceses, ni alemanes, es todo lo que podemos afirmar. Sin embargo, yo diría que el comandante y su segundo han nacido en bajas latitudes. Hay algo en ellos de meridional. Pero ¿son españoles, turcos, árabes o hindúes? Eso es algo que sus tipos físicos no me permiten decidir. En cuanto a su lengua, es absolutamente incomprensible. ...

En la línea 962
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Eso no sería un obstáculo mayor. Hay ciertos cañones, perfeccionados después de Fulton por los ingleses Philippe Coles y Burley, por el francés Furcy y por el italiano Landi, que están provistos de un sistema particular de cierre y que pueden tirar en esas condiciones. Pero, se lo repito, como carezco de pólvora, la he reemplazado por aire comprimido que me procuran en abundancia las bombas del Nautilus. ...

En la línea 1450
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Fue uno de sus más grandes marinos, uno de sus más inteligentes navegantes. Para ustedes, los franceses, Dumont d'Urville es como el capitán Cook para los ingleses. ¡Qué infortunio el de ese hombre sabio! ¡Haber desafiado a los bancos de hielo del Polo Sur, a los arrecifes de Oceanía y a los caníbales del Pacífico, para acabar muriendo miserablemente en un tren! Si a ese hombre enérgico le fue dado pensar durante los últimos segundos de su existencia, ¿se imagina usted cuáles serían sus pensamientos? ...

En la línea 497
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... —¡Un inglés! Por eso me contempla fijamente sin despegar los labios. Me gustan los ingleses. Que me lleven a las habitaciones de nuestra familia. ¿Dónde se hospedan? Transportaron a la abuela. Yo marchaba a la cabeza por la amplia escalera del hotel. Nuestro grupo causaba sensación. Las personas que encontrábamos a nuestro paso se detenían y abrían mucho los ojos. Nuestro hotel pasa por ser el mejor, el más caro y el más aristocrático de Ruletenburg. En la escalera y en los corredores encuéntranse siempre grandes damas y graves ingleses. Muchos interrogaban abajo al oberkellner, que, por su parte, estaba muy impresionado. Contestaba naturalmente que se trataba de una extranjera muy principal, “una rusa, una condesa, una gran señora”, y que ocuparía las mismas habitaciones que habían sido reservadas una semana antes a la gran duquesa de N. ...

En la línea 497
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... —¡Un inglés! Por eso me contempla fijamente sin despegar los labios. Me gustan los ingleses. Que me lleven a las habitaciones de nuestra familia. ¿Dónde se hospedan? Transportaron a la abuela. Yo marchaba a la cabeza por la amplia escalera del hotel. Nuestro grupo causaba sensación. Las personas que encontrábamos a nuestro paso se detenían y abrían mucho los ojos. Nuestro hotel pasa por ser el mejor, el más caro y el más aristocrático de Ruletenburg. En la escalera y en los corredores encuéntranse siempre grandes damas y graves ingleses. Muchos interrogaban abajo al oberkellner, que, por su parte, estaba muy impresionado. Contestaba naturalmente que se trataba de una extranjera muy principal, “una rusa, una condesa, una gran señora”, y que ocuparía las mismas habitaciones que habían sido reservadas una semana antes a la gran duquesa de N. ...

En la línea 566
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... —¡Qué bien contestan siempre los ingleses! —observó—. Siempre he sentido simpatía hacia ellos, muy al contrario de los “franchutes”. Venga a verme —dijo a Mr. Astley—. Procuraré no aburrirle demasiado. Tradúcele esto y añádele que me alojo aquí abajo… aquí abajo… ¿entiende usted? —repitió a Mr. Astley, bajando el dedo. ...

En la línea 647
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... La multitud de visitantes que se contentaban con observar el juego —principalmente ingleses con sus familias— se dirigió inmediatamente hacia aquel lado a fin de observar qué haría la abuela. Numerosos gemelos se volvieron hacia aquella dirección. Los croupieres concibieron esperanzas. Se podía, en efecto, esperar algo extraordinario de una jugadora de las que no se ven todos los días. Una septuagenaria impedida no se arriesga a jugar… era indudablemente algo insólito. Me acerqué a la mesa y me situé al lado de la abuela. Potapytch y Marta se alejaron de la mesa. El general, Paulina, Des Grieux y la señorita Blanche, figuraban entre los curiosos. ...

En la línea 1060
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Mientras de tal suerte espantaban Perico y Miranda el mal humor, a Pilar se le deshacía el pulmón que le restaba, paulatinamente, como se deshace una tabla roída por la carcoma. No empeoraba, porque ya no podía estar peor, y su vivir, más que vida, era agonía lenta, no muy penosa, amargándola solamente unas crisis de tos que traían a la garganta las flemas del pulmón deshecho, amenazando ahogar a la enferma. Estaba allí la vida como el resto de llama en el pábilo consumido casi: el menor movimiento, un poco de aire, bastan para extinguirlo del todo. Se había determinado la afonía parcial y apenas lograba hablar, y sólo en voz muy queda y sorda, como la que pudiese emitir un tambor rehenchido de algodón en rama. Apoderábanse de ella somnolencias tenaces, largas; modorras profundas, en que todo su organismo, sumido en atonía vaga, remedaba y presentía el descanso final de la tumba. Cerrados los ojos, inmóvil el cuerpo, juntos los pies ya como en el ataúd, quedábase horas y horas sobre la cama, sin dar otra señal de vida que la leve y sibilante respiración. Eran las horas meridianas aquellas en que preferentemente la atacaba el sueño comático, y la enfermera, que nada podía hacer sino dejarla reposar, y a quien abrumaba la espesa atmósfera del cuarto, impregnada de emanaciones de medicinas y de vahos de sudor, átomos de aquel ser humano que se deshacía, salía al balconcillo, bajaba las escaleras que conducían al jardín, y aprovechando la sombra del desmedrado plátano, se pasaba allí las horas muertas cosiendo o haciendo crochet. Su labor y dechado consistía en camisitas microscópicas, baberos no mayores, pañales festoneados pulcramente. En faena tan secreta y dulce íbanse sin sentir las tardes; y alguna que otra vez la aguja se escapaba de los ágiles dedos, y el silencio, el retiro, la serenidad del cielo, el murmurio blando de los magros arbolillos, inducían a la laboriosa costurera a algún contemplativo arrobo. El sol lanzaba al través del follaje dardos de oro sobre la arena de las calles; el frío era seco y benigno a aquellas horas; las tres paredes del hotel y de la casa de Artegui formaban una como natural estufa, recogiendo todo el calor solar y arrojándolo sobre el jardín. La verja, que cerraba el cuadrilátero, caía a la calle de Rívoli, y al través de sus hierros se veían pasar, envueltas en las azules neblinas de la tarde, estrechas berlinas, ligeras victorias, landós que corrían al brioso trote de sus preciados troncos, jinetes que de lejos semejaban marionetas y peones que parecían chinescas sombras. En lontananza brillaba a veces el acero de un estribo, el color de un traje o de una librea, el rápido girar de los barnizados rayos de una rueda. Lucía observaba las diferencias de los caballos. Habíalos normandos, poderosos de anca, fuertes de cuello, lucios de piel, pausados en el manoteo, que arrastraban a un tiempo pujante y suavemente las anchas carretelas; habíalos ingleses, cuellilargos, desgarbados y elegantísimos, que trotaban con la precisión de maravillosos autómatas; árabes, de ojos que echaban fuego, fosas nasales impacientes y dilatadas, cascos bruñidos, seca piel y enjutos riñones; españoles, aunque pocos, de opulenta crin, soberbios pechos, lomos anchos y manos corveteadoras y levantiscas. Al ir cayendo el sol se distinguían los coches a lo lejos por la móvil centella de sus faroles; pero confundidos ya colores y formas, cansábanse los ojos de Lucía en seguirlos, y con renovada melancolía se posaban en el mezquino y ético jardín. A veces turbaba su soledad en él, no viajero ni viajera alguna, que los que vienen a París no suelen pasarse la tarde haciendo labor bajo un plátano, sino el mismísimo Sardiola en persona, que so pretexto de acudir con una regadera de agua a las plantas, de arrancar alguna mala hierba, o de igualar un poco la arena con el rodezno, echaba párrafos largos con su meditabunda compatriota. Ello es que nunca les faltó conversación. Los ojos de Lucía no eran menos incansables en preguntar que solícita en responder la lengua de Sardiola. Jamás se describieron con tal lujo de pormenores cosas en rigor muy insignificantes. Lucía estaba ya al corriente de las rarezas, gustos e ideas especiales de Artegui, conociendo su carácter y los hechos de su vida, que nada ofrecían de particular. Acaso maravillará al lector, que tan enterado anduviese Sardiola de lo concerniente a aquel a quien sólo trató breve tiempo; pero es de advertir que el vasco era de un lugar bien próximo al solar de los Arteguis, y familiar amigo de la vieja ama de leche, única que ahora cuidaba de la casa solitaria. En su endiablado dialecto platicaban largo y tendido los dos, y la pobre mujer no sabía sino contar gracias de su criatura, que oía Sardiola tan embelesado como si él también hubiese ejercido el oficio nada varonil de Engracia. Por tal conducto vino Lucía a saber al dedillo los ápices más menudos del genio y condición de Ignacio; su infancia melancólica y callada siempre, su misántropa juventud, y otras muchas cosas relativas a sus padres, familia y hacienda. ¿Será cierto que a veces se complace el Destino en que por extraña manera, por sendas torturosas, se encuentren dos existencias, y se tropiecen a cada paso e influyan la una en la otra, sin causa ni razón para ello? ¿Será verdad que así como hay hilos de simpatía que los enlazan, hay otro hilo oculto en los hechos, que al fin las aproxima en la esfera material y tangible? ...

En la línea 205
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Uno de aquellos hombres era el agente consular del Reino Unido, establecido en Suez, quien, a despecho de los desgraciados pronósticos del gobierno británico y de las siniestras predicciones del ingenioso Stephenson, veía llegar todos los días navíos ingleses que atraviesan el canal, abreviando así en la mitad, el antiguo camino de Inglaterra a las Indias por el Cabo de Buena Esperanza. ...

En la línea 207
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Aquel hombre se llamaba Fix, y era uno de aquellos detectives ingleses que habían sido enviados a diferentes puertos después del robo perpetrado en el Banco de Inglaterra. Debía este Fix vigilar con el mayor cuidado a todos los viajeros que tomasen el camino de Suez, y, si uno de ellos parecía sospechoso, seguirlo, aguardando un mandato de prisión. ...

En la línea 293
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Después se hizo servir de almorzar en su camarote. En cuanto a ver la población, ni siquiera pensaba en ello, porque pertenecía a aquella raza de ingleses que hacen visitar por sus criados los países por donde viajan. ...

En la línea 365
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Se vivía por lo tanto, bien, a bordo del 'Mongolia' entre aquella sociedad de funcionarios, con los cuales alternaban algunos jóvenes ingleses que con un millón en el bolsillo iban a fundar a lo lejos establecimientos de comercio. El 'purser', hombre de confianza de la Compañía, igual al capitán a bordo, lo hacía todo con suntuosidad, en el 'lunch' de las dos, en la comida de las cinco y media, en la cena de las ocho, las mesas crujían bajo el peso de la carne fresca y de los entremeses que suministraba la camiceria y la repostería del vapor. Las pasajeras, de las cuales había algunas, mudaban de traje dos veces al día. Había músico y hasta baile cuando el mar lo permitía. ...


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