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La palabra elevaba
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la palabra elevaba

La palabra Elevaba ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
La llamada de la selva de Jack London
Un viaje de novios de Emilia Pardo Bazán
Julio Verne de La vuelta al mundo en 80 días
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece elevaba.

Estadisticas de la palabra elevaba

La palabra elevaba no es muy usada pues no es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE

Más información sobre la palabra Elevaba en internet

Elevaba en la RAE.
Elevaba en Word Reference.
Elevaba en la wikipedia.
Sinonimos de Elevaba.


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece elevaba

La palabra elevaba puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 1484
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... toy convencido, aun cuando no pueda exponer aquí todas las razones que me han conducido a este convencimiento, de que estas terrazas de guijarros se han acumulado durante la elevación gradual de la cordillera, habiendo depositado los torrentes sus detritus a niveles sucesivos en la orilla de estrechos y largos brazos de mar, primero, en la cima de los valles, después, cada vez más abajo, a medida que el terreno se elevaba gradualmente. así es, y a mí no me cabe duda, la gran cadena de las cordilleras, en lugar de haber surgido de repente como creían antes todos los geólogos, y todavía hoy muchos, se ha levantado lenta y gradualmente, del mismo modo que lo han sido las costas del Atlántico y del Pacífico en un período muy reciente ...

En la línea 1491
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... ad se pregunta con extrañeza cómo ha sido descubrir minas en situación tan extraordinaria como el árido vértice de la montaña de San Pedro Nolasco. primer lugar, las venas metálicas son, por lo común, mucho más duras que las rocas circunyacentes, por lo cual, a medida que se disgregan las montañas, van apareciendo esas venas en la superficie. segundo lugar, casi todos los campesinos, sobre todo en las regiones septentrionales de Chile saben reconocer muy bien los minerales. las provincias de Coquimbo y de Copiapó, donde tan abundantes son las minas, es muy rara la leña, y los habitantes exploran montes y valles para encontrarla, y así es como se han descubierto casi todas las minas más ricas. día tira un hombre una piedra a su borrico para que avance; pero piensa después en que pesaba aquella piedra más de lo ordinario y la vuelve a coger: era un lingote de plata; a poca distancia encuentra la vena que se elevaba como un verdadero muro de metal: había descubierto la mina de Chamucillo, que produjo en unos cuantos años varios millones de francos, de plata ...

En la línea 1714
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... da carga, pesa, por término medio, poco más de 200 libras (90 kilogramos), y me han asegurado que alguna vez se han elevado las cargas a 300 libras (126 kilogramos) de minas más profundas. el momento de mi visita, cada apire subía doce cargas de aquellas al día; es decir, que en las horas de trabajo elevaba 1.087 kilogramos a 80 metros de altura; y todavía entre uno y otro viaje los ocupaban en extraer mineral. ...

En la línea 2917
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... tos últimos se han formado mientras ha permanecido estacionario el suelo, o, si hemos de dar crédito a la presencia frecuente de restos orgánicos levantados, mientras que el terreno se elevaba lentamente; por el contrario, los attols y arrecifes-barreras se han formado durante un movimiento de depresión, que ha debido ser muy gradual, y respecto de los attols bastante grande, como para hacer desaparecer todos los vértices de las montañas en un espacio considerable. ve en ese mapa que los arrecifes teñidos de azul claro u oscuro, producidos por el mismo género de movimiento, se encuentran, por común, bastante próximos unos a otros. nota, además, que las áreas que llevan trazos de los dos tintes azules tienen mucha extensión, y que están situadas muy lejos de las largas líneas de costas teñidas de rojo ...

En la línea 7484
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos. ...

En la línea 15792
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Estaban en Roca —Tajada; a la derecha, a pico, se elevaba el monte Arco partido por aquel desfiladero; estrecha garganta por donde sólo cabían la angosta carretera y el río Abroño que se cruzaban en mitad de la hoz pasando el camino, perpendicular al río, por un puente de piedra blanca. ...

En la línea 894
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Sentado en el saliente que formaba el casco del bote, aspiré con delicia las emanaciones salinas. Poco a poco, la bruma iba disipándose bajo la acción de los rayos solares. El astro radiante se elevaba en el horizonte. El mar se inflamó bajo su mirada como un reguero de pólvora. Esparcidas por el cielo, las nubes se colorearon de tonos vivos y Henos de matices, y numerosas «lenguas de gato» anunciaron viento para todo el día. ...

En la línea 1105
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... El Nautilus modificó sensiblemente su rumbo. Tras haber pasado el trópico de Capricornio por el meridiano ciento treinta y cinco, se dirigió hacia el Oeste Noroeste, remontando toda la zona intertropical. Aunque el sol del verano prodigara generosamente sus rayos, no nos afectaba en absoluto el calor, pues a treinta o cuarenta metros por debajo del agua la temperatura no se elevaba por encima de diez a doce grados. ...

En la línea 1107
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... El Nautilus había recorrido entonces ocho mil cien millas. A nueve mil setecientas veinte millas se elevaba la distancia recorrida cuando pasó entre el archipiélago de Tonga Tabú, en el que perecieron las tripulaciones del Argo, del Port au Prince y del Duke o Portland, y el archipiélago de los Navegantes, en el que fue asesinado el capitán de Langle, el amigo de La Pérousse. Luego pasó ante el archipiélago Viti, en el que los salvajes mataron a los marineros del Union y al capitán Bureu, de Nantes, comandante de la Aimable Josephine. ...

En la línea 1184
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Mis dos compañeros y yo aprovechamos la ocasión para instalarnos en la plataforma. Ante nosotros se elevaba la cabina del timonel, quien, si no me engaño, debía ser en esos momentos el propio capitán Nemo. ...

En la línea 123
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Pero Buck tenía una cualidad que suplía la corpulencia, y era la imaginación. Luchaba por instinto, pero también era capaz de pelear con raciocinio. Atacó como si intentase el anterior truco del hombro, pero en el último instante se agachó sobre la nieve y sus dientes apresaron la pata delantera izquierda de Spitz. Hubo un crujido de hueso que se quiebra, y el perro blanco le hizo frente con tres patas. Por tres veces intentó Buck derribarlo, y después repitió el último truco y le quebró a Spitz la otra pata delantera. Éste, pese al dolor y a su precario estado, luchó desesperadamente por mantenerse en pie. Veía que el círculo silencioso, del que se elevaba el vaho plateado de las respiraciones, se aproximaba a él con los ojos brillantes y la lengua afuera, tal y como había visto en el pasado círculos similares cercando a adversarios vencidos. ...

En la línea 711
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Pocos días en Bayona bastaron para que Miranda se aliviase notablemente de la dolorosa luxación, y a que Pilar Gonzalvo y Lucía se conociesen y tratasen con cierta confianza. Pilar hacía rumbo, como Miranda, a Vichy; sólo que mientras Miranda quería que las aguas enseñasen a su hígado a elaborar el azúcar en justas y debidas proporciones para no dañar a la economía, la madrileñita iba a las saludables termas en demanda de partículas férreas que coloreasen su sangre y devolviesen el brillo a sus apagados ojos. Hambrienta como toda persona débil, como todo organismo pobre, de excitaciones, novedades y acontecimientos, divirtiole en extremo la relación nueva de Lucía, y las raras peripecias de su viaje, y el registro de sus galas de novia, que visitó sin perdonar una, examinando los encajes de cada chambra, los volantes de cada traje, las iniciales de cada pañuelo. Además, la simplicidad franca de la leonesa le brindaba campo virgen e inculto donde plantar todas las flores exóticas de la moda, todas las plantas ponzoñosas de la maledicencia elegante. Tenía Pilar, de edad entonces de veintitrés años, la malicia precoz que distingue a las señoritas que, con un pie en la aristocracia por sus relaciones y otro en la clase media por sus antecedentes, conocen todos los lados de la sociedad, y así averiguan quién da citas a los duques, como quién se cartea con la vecina del tercero. Pilar Gonzalvo era tolerada en las casas distinguidas de Madrid; ser tolerado es un matiz del trato social, y otro matiz ser admitido, como su hermano lo era: más allá del tolerar y del admitir queda aún otro matiz supremo, el festejar; pocos gozan del privilegio de que los festejen, reservado a las eminencias, que no se prodigan y se dejan ver únicamente de año en año, a los banqueros y magnates opulentos, que dan bailes, fiestas y misas del gallo con cena después, a las hermosuras durante un breve y deslumbrador período de plena florescencia, a los políticos que están en puerta como los naipes. Personas hay admitidas, que un día, de repente, se hallan festejadas por cualquier motivo, por un peinado nuevo, por un caballo que ganó en las carreras, por un escándalo que las gentes susurran bajito y piensan leer en el rostro del feliz mortal. De estos éxitos efímeros Perico Gonzalvo tuvo muchos: su hermana, ninguno, a despecho de reiterados esfuerzos para obtenerlos. Ni logró siquiera subir de tolerada a admitida. El mundo es ancho para los hombres, pero angosto, angosto para las mujeres. Siempre sintió Pilar la valla invisible que se elevaba entre ella y aquellas hijas de grandes de España, cuyos hermanos tan familiar e íntimamente frisaban con Perico. De aquí nació un rencor sordo, unido a no poca admiración y envidia, y se engendró la lenta irritación nerviosa que dio al traste con la salud de la madrileña. El paroxismo de un deseo no saciado, las ansias de la vanidad mal satisfecha, alteraron su temperamento, ya no muy sano y equilibrado antes. Tenía, como su hermano, tez de linfática blancura, encubriendo el afeite las muchas pecas: los ojos no grandes, pero garzos y expresivos, y rubio el cabello, que peinaba con arte. A la sazón, sus orejas parecían de cera, sus labios apenas cortaban, con una línea de rosa apagado, la amarillez de la barbilla, sus venas azuladas se señalaban bajo la piel, y sus encías, blanquecinas y flácidas, daban color de marfil antiguo a los ralos dientes. La primavera se había presentado para ella bajo malísimos auspicios; los conciertos de Cuaresma y los últimos bailes de Pascua, de los cuales no quiso perder uno, le costaron palpitaciones todas las noches, cansancio inexplicable en las piernas, perversiones extrañas del apetito: derivaba la anemia hacia la neurosis, y Pilar masticaba, a hurtadillas, raspaduras del pedestal de las estatuitas de barro que adornaban sus rinconeras y tocador. Sentía dolores intolerables en el epigastrio; pero por no romper el hilo de sus fiestas, calló como una muerta. Al cabo, hacia el estío, se resolvió a quejarse, pensando acertadamente que la enfermedad era pretexto oportuno para un veraneo conforme a los cánones del buen tono. Vivía Pilar con su padre y con una tía paterna; ni uno ni otro se resolvieron acompañarla; el padre, magistrado jubilado, por no dejar la Bolsa, donde a la chita callando realizaba sus jugaditas modestas y felices; la tía, viuda y muy dada a la devoción, por horror de los jolgorios que sin duda le preparaba su sobrina como método curativo. Recayó, pues, la comisión en Perico Gonzalvo, que, cargando con su hermana, hubo de llevársela al Sardinero, contando con que no faltarían amigas que allí le relevasen en su oficio de rodrigón. Así fue: sobraban en la playa familias conocidas que se encargaron de zarandear a Pilar, y de llevarla de zeca en meca. Mas desgraciadamente para Perico, los baños de mar, que al pronto aliviaron a su hermana, concluyeron, cuando abusó de ellos y quiso nadar y meterse en dibujos, por abrir brecha en su débil organismo, y comenzó a cansarse otra vez, a despertar bañada en sudor, a sentir desgano, al par que comía vorazmente raros manjares. Lo que más la asustó fue ver que se le caía el pelo a madejas. Al peinarse, se enfurecía, y llamaba a gritos a Perico, pidiéndole un remedio para no quedarse calva. Un día el médico que la visitaba llamó aparte a su hermano, y le dijo: ...

En la línea 761
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Aunque Lucía, y sobre todo Pilar, se sentían un tanto fatigadas del largo trayecto en ferrocarril, no dejaron de entusiasmarse con la belleza de la morada que les deparaba el destino. El balcón, sobre todo, les parecía delicioso para hacer labor y para leer. Acordábase Pilar de cuantas acuarelas, países de abanico y estampas sentimentales había visto, que representasen el ya trivial asunto de una joven cuya cabeza asoma por entre un marco de follaje. Lucía, a su vez, comparaba su casa de León, antigua, maciza, y lóbrega, con aquella vivienda, donde todo era flamante y gentil, desde los encerados relucientes pisos hasta las cortinas de cretona azul rameadas de campanillas rosa. Al otro día de la llegada, cuando Lucía saltó del lecho, fue su primer cuidado salir al balcón, de allí al jardín, recogiéndose la bata con unos alfileres para no mojarla en el húmedo piso. Halló a las rosas acabaditas de salir del baño de rocío, tersas, muy ufanas, adornadas cada cual con su collar de perlas o de diamantes. Fue oliéndolas una por una, pasándoles los dedos por las hojas sin atreverse a cortarlas; dábale mucha lástima pensar cómo se quedaría la mata, huérfana de su flor. A aquella hora apenas olían las rosas: era más bien un aroma general de humedad y frescura, que se elevaba del césped de las plantas, y del conjunto de árboles vecinos. Haylos en Vichy por todas partes; a la tarde, cuando Lucía y Pilar recorrieron las calles de la villa termal para informarse de su traza, lanzaron exclamaciones de contento al dar a cada instante con una sombra, una alameda, un parque. Pilar opinaba que Vichy tenía aspecto elegante; Lucía, menos entendida en elegancias y modas, gustaba sencillamente de tanto verdor, de tanta Naturaleza, que reposaba sus ojos, moviéndola a veces a imaginar que, a despecho de sus calles concurridas, de sus tiendas brillantes, era Vichy una aldea, dispuesta a propósito para contentar sus exigencias secretas e íntimas de soledad. Aldea formada de palacios, adornada con todo el refinamiento de comodidad y lujo inteligente que caracteriza a nuestro siglo; pero al fin aldea. ...

En la línea 801
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Los paseantes comenzaban a retirarse, y el leve crujido de la arena revelaba sus pasos lejanos. Pero ambas amigas acostumbraban, como suele decirse, llevarse las llaves del parque, porque justamente a la puesta del sol era cuando Lucía lo encontraba más hermoso, en aquella melancólica estación otoñal. Bajos ya y moribundos los rayos solares, caían casi horizontalmente sobre los pradillos de hierba, inflamándolos en tonos ardientes como de oro en fusión. Los obscuros conos del alerce cortaban este océano de luz, en el cual se prolongaban sus sombras. Deshojábanse los plátanos y castaños de Indias, y de cuando en cuando caía, con golpe seco y mate, algún erizo, que, abriéndose, dejaba rodar la reluciente castaña. En las grandes canastillas, que se destacaban sobre el fondo de césped, las pálidas eglantinas, a la menor brisa otoñal, soltaban sus frágiles pétalos, las verbenas se arrastraban lánguidas, como cansadas de vivir, descomponiendo con sus caprichosos tallos la forma oval del macizo; los ageratos se erguían, todos llovidos de estrellas azules y los peregrinos colios lucían sus exóticos matices, sus coloraciones metálicas y sus hojas atigradas, semejantes a escamas de reptil, ya blancas con manchas negras, ya verdes con vetas carne, ya amaranto obscuro cebradas de rosa cobrizo. Profundo estremecimiento, precursor del invierno, atravesaba por la Naturaleza toda, y dijérase que antes de morir, quería vestirse sus más ricas galas: así la viña virgen tenía tan espléndido traje de púrpura, y el álamo blanco elevaba con tal coquetería el penacho de cándidos airones de su copa; así la coralina se adornaba con innumerables sartas y zarcillos de sangriento coral, y las cinias recorrían toda la escala de los colores vivos con sus festoneadas enaguas. El maíz listado sacudía su brial de seda verde y blanca a rayas, con melodioso susurro, y allá en las lindes de la pradera bañada por el sol, unos arbolillos tiernos inclinaban su joven copa. De tal suerte mullían las hojas secas el piso de las calles, que se enterraba Lucía hasta el tobillo, con placer. El roce de su traje producía en ellas un ruido continuo, rápido, parecido a la respiración jadeante de alguien que la siguiera; y presa de pueril temor, volvía a veces el rostro atrás, riéndose al convencerse de su ilusión. Hojas había muy diferentes entre sí: unas, obscuras, en descomposición, vueltas ya casi mantillo: otras secas, quebradizas, encogidas; otras amarillas, o aun algo verdosas, húmedas todavía, con los jugos del tronco que las sustentara. Hacíase la alfombra más tupida al acercarse a los parajes sombríos del borde del estanque, cuya superficie rielaba como cristal ondulado, estremeciéndose al leve paso del aura vespertina, y rizándose en mil ondas chiquitas en choque continuo las unas con las otras. ...

En la línea 802
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Grandes sauces se inclinaban, llorosos y desconsolados, hacia el agua, que reproducía el blando columpiar de las ramas trémulas, entre las cuales se veía el disco del sol, y sus rayos, concentrados por aquella especie de cámara obscura, herían la pupila como saetas. En un remanso del estanque, enorme macizo de malangas ostentaba su vegetación exuberante y tropical, y sus gigantescas hojas, abiertas como abanicos de tafetán verde, se mantenían inmóviles. Cisnes, patos y ánades bogaban, aquéllos con su acostumbrada fantástica suavidad, balanceando el largo cuello, éstos graznando desapaciblemente, todos con rumbo a la orilla apenas Lucía y Pilar se acercaban, -en demanda de mendrugos de pan, que engullían atragantándose y alzando al aire la cola-. La isleta y el pino que en ella crecía lanzaban a la superficie del estanque misteriosa sombra. Un haz de cañas se elevaba esbelto, y a su lado, las agudas poas sacudían su escobillón de terciopelo castaño. ...

En la línea 602
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... El parsi, guiando a mister Fogg, a sir Francis Cromarty y a Picaporte, se adelantó sin hacer ruido a través del bosque. Después de arrastrarse durante diez minutos por las matas, llegaron al borde de un riachuelo y allí, a la luz de las antorchas de hierro impregnadas de resina, percibieron un montón de leña apilada. Era la hoguera, hecha con sándalo precioso y bañada ya con aceite perfumado. En su parte posterior descansaba el cuerpo embalsamado del rajá, que debía arder al mismo tiempo que la viuda. A cien pasos de esta hoguera se elevaba la pagoda, cuyos minaretes penetraban en la sombra por encima de los árboles. ...

En la línea 1073
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Muy ventajoso hubiera sido, evidentemente, para el piloto, el conducir a los viajeros a Yokohama, puesto que le pagaban a tanto por día; pero arrostraría la grave imprudencia de intentar semejante travesía en rsas condiciones, y era ya bastante audacia, si no temeridad, el subir hasta Shangai. Tenía, sin embargo, John Bunsby confianza en su 'Tankadera', que se elevaba sobre el oleaje como una malva, y quizá no iba descaminado. ...

En la línea 1265
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... El vapor que hacía la travesía de Yokohama a San Francisco pertenecía a la compañía del 'Pacific Mail Steam', y se llamaba 'General Grant'. Era un gran buque de ruedas, de dos mil quinientas toneladas, bien acondicionado y dotado de mucha velocidad. Sobre cubierta se elevaba y bajaba, alternativamente, un enorme balancín, en una de cuyas extremidades se articulaba la barra de un pistón y en la otra la de una biela, que, transfon nando el movimiento rectilíneo en circular, se aplicaba directamente al árbol de las ruedas. El 'General Grant' estaba aparejado en corbeta de tres palos, y poseía gran superficie de velamen, que ayudaba poderosamente al vapor. Largando doce millas por hora, el vapor no debía emplear menos de veintiún días en atravesar el Pacífico. Phileas Fogg estaba, por consiguiente, autorizado para creer que, llegando el 2 de diciembre a San Francisco, estaría el 11 en Nueva York y el 20 en Londres, ganando algunas horas sobre la fécha fatal del 21 de diciembre. ...

En la línea 1667
del libro Julio Verne
del afamado autor La vuelta al mundo en 80 días
... Allí, mister Fogg examinó un vehículo bastante singular, especie de tablero establecido sobre dos largueros, algo levantados por delante, como las plantas de un trineo, y en el cual cabían cinco o seis personas. Al tercio, por delante, se elevaba un mástil muy alto, donde se envergaba una inmensa cangreja. Este mástil, sólidamente sostenido por obenques metálicos, tendía un estay de hierro, que servía para guindar un foque de gran dimensión. Detrás había un timón espaldilla, que permitía dirigir el aparato. ...


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