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La palabra datos
Cómo se escribe

la palabra datos

La palabra Datos ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Memoria De Las Islas Filipinas. de Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
Grandes Esperanzas de Charles Dickens
Crimen y castigo de Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
Un viaje de novios de Emilia Pardo Bazán
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece datos.

Estadisticas de la palabra datos

La palabra datos es una de las palabras más comunes del idioma Español, estando en la posición 448 según la RAE.

Datos es una palabra muy común y se encuentra en el Top 500 con una frecuencia media de 184.23 veces en cada obra en castellano

El puesto de esta palabra se basa en la frecuencia de aparición de la datos en 150 obras del castellano contandose 28003 apariciones en total.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Datos

Cómo se escribe datos o datoz?

Más información sobre la palabra Datos en internet

Datos en la RAE.
Datos en Word Reference.
Datos en la wikipedia.
Sinonimos de Datos.

Algunas Frases de libros en las que aparece datos

La palabra datos puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 249
del libro Memoria De Las Islas Filipinas.
del afamado autor Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
... Tal sucede, por ejemplo, en la contaduría y tesorería jeneral de ejército y hacienda pública, las primeras oficinas, como se ha dicho: el contador y tesorero jeneral son dos jefes que recaudan, administran y distribuyen juntos, ligados mancomunadamente y en el ramo informativo los liga igual mancomunidad, segun antiquísimas instrucciones, las que si en su oríjen y muchos años despues pudieron ser útiles y buenas, ya son defectuosas y aun perjudiciales, porque este método atrasa el servicio, y da lugar y oríjen á disputas, disensiones y aun escándalos entre ambos jefes, como en mi tiempo lo he visto; por lo que la separacion de estas oficinas y su establecimiento en nueva planta y forma, marcando á cada uno sus atribuciones, es de tal urjencia y necesidad, que seria molesto y aun tiempo perdido detenerse á demostrar una verdad de que el Gobierno debe tener datos precisos y exactos; y por lo que tengo entendido que ya se ocupó de esto en otro tiempo, y hoy deben estar separadas esas oficinas; mas no teniendo una certeza de ello, he emitido mi pobre parecer en el particular. ...

En la línea 265
del libro Memoria De Las Islas Filipinas.
del afamado autor Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
... o Algo mas quisiera estenderme sobre el caso, mas no atreviéndome á aventurar nada sin datos exactos, suspendo ampliar mis reflexiones en este asunto, por evitar que luego se interpretasen de siniestras, hijas de mala fe, ó al menos de una crasa ignorancia, cuando precisamente en este asunto, sin ver el espediente que produjo la aprobacion de esa oficina brillante, y aun sin hacer uso de lo practicado anteriormente, no podria presentárseme cosa mas fácil que montar ese establecimiento de un modo que sin gravar al erario, fuese útil á los dependientes que debian ocuparse en él; mas esto no es de este lugar ni de mi incunvencia, al Gobierno toca examinar la planta que tiene, y conocidos sus vicios, reformarlos del modo mas económico y justo. ...

En la línea 320
del libro Memoria De Las Islas Filipinas.
del afamado autor Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
... En cuanto al aumento ó disminucion de estipendios, nada puede decirse con datos fijos, ó sin temor de padecer equivocaciones que pueden ser de trascendencia: únicamente advertiré que los párrocos que son destinados á misiones, que es á formar pueblos nuevos, atrayendo y catequizando á los indios infieles que en varios puntos de las Islas existen, están escasamente dotados, y si no fuese por los ausilios de otros relijiosos y sus amigos ó bienhechores, difícilmente podrian subsistir, y con todo eso aun tienen que dedicar muchos dias para preparar y cultivar un pedazo de terreno, formando un poco de siembra de arroz para facilitarse el pan para el año, y dedicarse á la caza de venados, para hacerlos cecina ó salon, que en el pais llaman tapa, y por este medio comen alguna carne, pues son muchas las estrecheces que pasan y no es fácil remediárselas. ...

En la línea 323
del libro Memoria De Las Islas Filipinas.
del afamado autor Don Luis Prudencio Alvarez y Tejero
... Tales son los fundamentos que puedo suministrar sobre la administracion y distribucion de la hacienda pública en Filipinas, y me persuado que (aun cuando mal coordinados y no muy completos, porque la cortedad de mis luces no da de sí otra cosa, la estrechez con que me he propuesto redactarlos no admite mayores digresiones, y el habérseme estraviado algunos papeles interesantes, me impiden suministrar mas datos) presentan noticias de alguna importancia para que se pueda formar alguna idea del mérito de aquellas Islas, y el Gobierno tomar algunas medidas sobre la reforma que el estado de las Islas Filipinas demanda para felicidad de ellas, estension y fomento de sus rentas, y establecer justas economías, conteniendo se aumenten los empleados, y procurando reducirlos á los puramente precisos é indispensables, si se han de hacer los ahorros posibles, que si en todos tiempos deben procurarse, en los actuales de escasez y penuria por lo atrasado del estado, es mas recomendable, preciso y necesario todo jénero de economía justa y racional. ...

En la línea 626
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Los franceses fueron los que, en 1764, introdujeron estos animales y los otros cuadrúpedos de la isla. Desde entonces unos y otros han crecido en número de un modo extraordinario. Y, hecho curioso, los caballos no han abandonado nunca el extremo oriental de la isla, aunque no se ha opuesto obstáculo alguno a su paso, ni es esta parte más atractiva que las otras. Los gauchos a quienes he interrogado, me aseguran que el hecho es cierto, pero no han podido darme explicación alguna de él, aparte la afición viva (querencia) que los caballos manifiestan por los lugares que de ordinario frecuentan. Deseaba yo, con empeño, saber qué causa había detenido su crecimiento, tan considerable al principio; detención tanto más notable, no estando la isla por completo habitada por ellos, y no habiendo en ella tampoco fieras. Es inevitable, sin duda, que en una isla de poca extensión, tarde o temprano y por una causa cualquiera, debe detenerse el desarrollo de una especie animal; pero ¿por qué se ha detenido el desarrollo de los caballos antes que el de los toros? El capitán Sulivan ha tratado de proporcionarme algunos datos acerca de esto. ...

En la línea 1248
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Deseando el capitán Fitz-Roy tener datos exactos de algunos puntos de la costa occidental de Chiloé, hemos convenido en que me dirija yo a Castro con Mr ...

En la línea 1831
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... r los datos, que yo he tomado, es desconocida la hidrofobia en la Tierra de Van-Diemen y en Australia; Burchell no ha oído hablar nunca de esta enfermedad en el cabo de Buena Esperanza, en los cinco años que allí ha, residido ...

En la línea 2195
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... oker, que tiene indiscutible autoridad en la materia, tomo los datos siguientes: comenzaré por decir que he recogido todas las plantas en flor en las diferentes islas sin pensar en separarlas; sin embargo, la colección recogida en cada isla se colocó felizmente en cubierta aparte. ...

En la línea 1722
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana hasta poder reunir datos suficientes. ...

En la línea 1794
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... ¡Qué riqueza de datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la boca llena de agua. ...

En la línea 3094
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. ...

En la línea 3193
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... A mí hechos, datos, números —decía —; lo demás. ...

En la línea 1164
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El tribuno hizo un gesto despectivo al oír el nombre del coloso. Su opinión sobre él estaba formada, y todo lo referente a su persona lo tenía guardado en una carpeta llena de papeles puesta sobre una mesa próxima. Allí estaban los célebres datos estadísticos sobre las enormes cantidades de materias alimenticias que llevaba devoradas el intruso. Todo esto pensaba emplearlo al día siguiente en el segundo discurso que pronunciaría contra el Hombre-Montaña, o mejor dicho, contra el gobierno que le había protegido. ...

En la línea 1198
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Después abrió una cartera llena de papeles. Allí tenía almacenados todos los datos estadísticos sobre el costo de la alimentación del gigante. Leerlos equivalía a apoyar al gobierno, que solicitaba precisamente la destrucción del coloso por razones económicas. Pero el tribuno no estaba dispuesto a renunciar al regocijo que su lectura provocaría en el público; era duro para el privarse de un gran éxito de hilaridad, y empezó a dar a conocer los citados datos, confiando en sus habilidades oratorias, que le permitirían emplear después esta misma lectura como un arma contra los gobernantes. ...

En la línea 1198
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Después abrió una cartera llena de papeles. Allí tenía almacenados todos los datos estadísticos sobre el costo de la alimentación del gigante. Leerlos equivalía a apoyar al gobierno, que solicitaba precisamente la destrucción del coloso por razones económicas. Pero el tribuno no estaba dispuesto a renunciar al regocijo que su lectura provocaría en el público; era duro para el privarse de un gran éxito de hilaridad, y empezó a dar a conocer los citados datos, confiando en sus habilidades oratorias, que le permitirían emplear después esta misma lectura como un arma contra los gobernantes. ...

En la línea 1441
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... - ¡Grandes dioses! -gritó-. ¡Son tiros! ¡Disparos de armas de fuego!… ¡Y suenan cerca de la Universidad!… Adivino lo que ocurre. También se han sublevado los hombres en la capital, intentando apoderarse de nuestro Museo Histórico. Pero el gobierno ha previsto el caso, y los sublevados, en vez de llevarse las llamadas armas de fuego, son recibidos en este momento por nuestras tropas, que emplean contra ellos las mismas armas… . ¡Otra vez disparos! ¡Gentleman, déjeme en el suelo inmediatamente! Necesito ir allá… . Allá no; al palacio del gobierno, donde me buscan tal vez a estas horas para pedirme datos. ...

En la línea 139
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecido aunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinaciones nuevas y algunas mañas que le desagradaron. Observó que el Delfín, cuya edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos. Y no pararon aquí las novedades. La perspicacia de la madre creyó descubrir un notable cambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, y lo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muy particulares de su voz y lenguaje. Daba a la elle el tono arrastrado que la gente baja da a la y consonante; y se le habían pegado modismos pintorescos y expresiones groseras que a la mamá no le hacían maldita gracia. Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con qué casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se conocía. ...

En la línea 489
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que está casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido escribir la biografía de su excelsa pariente cuando se muera, y entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace veinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho que amores desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridad propagandista y militante después. Mas Zalamero asegura que esta opinión es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su corazón. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la impresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, no servir a más señores que se le pudieran morir. No nació aquella sin igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soñador, activo y emprendedor; un espíritu con ideas propias y con iniciativas varoniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el terreno espiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca en afiliarse a ninguna de las órdenes religiosas más o menos severas que hay en el orbe católico. No se reconocía con bastante paciencia para encerrarse y estar todo el santo día bostezando el gori gori, ni para ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La llama vivísima que en su pecho ardía no le inspiraba la sumisión pasiva, sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la libertad. Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y adelante, con los pies ensangrentados. ...

En la línea 582
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente. Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Creyó que hablaba en sueños… pero no; era simplemente quejido sin articulación que acostumbraba a lanzar cuando dormía, quizá por causa de una mala postura. Los pensamientos políticos nacidos de las conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta. ¿Qué le importaba a ella que hubiese República o Monarquía, ni que D. Amadeo se fuera o se quedase? Más le importaba la conducta de aquel ingrato que a su lado dormía tan tranquilo. Porque no tenía duda de que Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer. El pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía en familia que no revelara una conducta regular y correctísima. Trataba a su mujer con un cariño tal, que… vamos, se le tomaría por enamorado. Sólo allí, de aquella puerta para adentro, se descubrían las trastadas; sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que el público y la familia ponían al glorioso Delfín. Decía su mamá que era el marido modelo. ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su suegra cuando le venía con aquellas historias… Con qué cara le diría: «Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo digo, bien sabido me lo tendré». ...

En la línea 583
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Pensando en esto, pasó Jacinta parte de aquella noche, atando cabos, como ella decía, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna afirmación. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que digamos sobre lo que se quería demostrar. Tal día y a tal hora Juan había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero muy pensativo. Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que le había puesto de mal humor. Por más que ella hizo, no la había podido encontrar. Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído. Al verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto. Ninguno de estos datos probaba nada; pero no cabía duda: su marido se la estaba pegando. ...

En la línea 1499
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Fuera como fuese, el capitán Nemo me dio a conocer algunos datos por él obtenidos acerca de las densidades del agua en los principales mares del Globo. De tal comunicación deduje yo algo interesante a título personal, que no tenía carácter científico. ...

En la línea 1639
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... El misterio de la noche en que se nos había recluido y narcotizado, el violento gesto del capitán al arrancarme el catalejo con el que me disponía a escrutar el horizonte, y la herida mortal de aquel hombre causada por un choque inexplicable del Nautilus, eran datos que me llevaban a plantearme el problema en otros términos. ¡No! ¡El capitán Nemo no se limitaba a rehuir a los hombres! ¡Su formidable aparato no era solamente un vehículo para sus instintos de libertad, sino también, tal vez, un instrumento puesto al servicio de no sé qué terribles represalias! ...

En la línea 2002
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Un día, mientras estaba ocupado con mis libros y en compañía del señor Pocket, recibí una carta por correo, cuyo aspecto exterior me puso tembloroso, porque, a pesar de que no reconocí el carácter de letra del sobrescrito, adiviné qué mano la había trazado. No tenía encabezamiento alguno, como «Querido señor Pip», «Querido Pip», «Muy señor mío» o algo por el estilo, sino que empezaba así: «Iré a Londres pasado mañana, y llegaré en la diligencia del mediodía. Creo que se convino que usted saldría a recibirme. Por lo menos, ésta es la impresión de la señorita Havisham, y le escribo obedeciendo sus indicaciones. Ella le manda su saludo. Su afectísima, Estella.» De haber tenido tiempo, probablemente habría encargado varios trajes nuevos para semejante ocasión; pero como no lo tenía, me fue preciso contentarme con los que ya poseía. Perdí inmediatamente el apetito, y hasta que llegó el día solemne no gocé de descanso ni de tranquilidad. Pero su llegada no me trajo nada de eso, porque entonces estuve peor que nunca, y empecé a rondar el despacho de la diligencia de la calle Wood, Cheapside, antes de que el vehículo pudiera haber salido de E1 Jabalí Azul de nuestra ciudad. A pesar de que estaba perfectamente enterado de todo, no me atrevía a perder de vista el despacho por más de cinco minutos; y había ya pasado media hora, siguiendo esta conducta poco razonable, de la guardia de cuatro o cinco horas que me esperaba, cuando se presentó ante mí el señor Wemmick. - ¡Hola, señor Pip! - exclamó -. ¿Cómo está usted? Jamás me habría figurado que rondase usted por aquí. Le expliqué que esperaba a cierta persona que había de llegar en la diligencia, y luego le pregunté por su padre y por el castillo. - Ambos están muy bien, muchas gracias - dij o Wemmick-, y especialmente mi padre. Está muy bien. Pronto cumplirá los ochenta y dos años. Tenía la intención de disparar ochenta y dos cañonazos en tal día, pero temo que se quejarán los vecinos y que el cañón no pudiese resistir la presión. Sin embargo, ésta no es conversación propia de Londres. ¿Adónde se figura usted que voy ahora? - A su oficina - contesté, en vista de que, al parecer, iba en aquella dirección. - A otro lugar vecino - replicó Wemmick. - Voy a Newgate. En estos momentos estamos ocupados en un caso de robo en casa de un banquero, y vengo de visitar el lugar del suceso. Ahora he de ir a cambiar unas palabras con nuestro cliente. - ¿Fue su cliente el que cometió el robo? - pregunté. - ¡No, caramba! - contestó secamente Wemmick -. Pero le acusan de ello. Lo mismo nos podría suceder a usted o a mí. Cualquiera de los dos podría ser acusado de eso. - Lo más probable es que no nos acusen a ninguno de los dos - observé. - ¡Bien! - dijo Wemmick tocándome el pecho con el dedo índice -. Es usted muy listo, señor Pip. ¿Le gustaría hacer una visita a Newgate? ¿Tiene tiempo para eso? Tenía tanto tiempo disponible, que la proposición fue para mí un alivio, a pesar de que no se conciliaba con mi deseo latente de vigilar la oficina de la diligencia. Murmurando algunas palabras para advertirle que 124 iría a enterarme de si tenía tiempo para acompañarle, entré en la oficina y por el empleado averigüé con la mayor precisión y poniendo a prueba su paciencia el momento en que debía llegar la diligencia, en el supuesto de que no hubiese el menor retraso, cosa que yo conocía de antemano con tanta precisión como él mismo. Luego fui a reunirme con el señor Wemmick y, fingiendo sorpresa al consultar mi reloj, en vista de los datos obtenidos, acepté su oferta. En pocos minutos llegamos a Newgate y atravesando la casa del guarda, en cuyas paredes colgaban algunos grillos entre los reglamentos de la cárcel, penetramos en el recinto de ésta. En aquel tiempo, las cárceles estaban muy abandonadas y lejano aún el período de exagerada reacción, subsiguiente a todos los errores públicos, que, en suma, es su mayor y más largo castigo. Así, los criminales no estaban mejor alojados y alimentados que los soldados (eso sin hablar de los pobres), y rara vez incendiaban sus cárceles con la comprensible excusa de mejorar el olor de su sopa. Cuando Wemmick y yo llegamos allí, era la hora de visita; un tabernero hacía sus rondas llevando cerveza que le compraban los presos a través de las rejas. Los encarcelados hablaban con los amigos que habían ido a visitarlos, y la escena era sucia, desagradable, desordenada y deprimente. Me sorprendió ver que Wemmick circulaba por entre los presos como un jardinero por entre sus plantas. Se me ocurrió esta idea al observar que miraba a un tallo crecido durante la noche anterior y le decía: - ¡Cómo, capitán Tom! ¿Está usted aquí? ¿De veras? - Luego añadió -: ¿Está Pico Negro detrás de la cisterna? Durante los dos meses últimos no le esperaba a usted. ¿Cómo se encuentra? Luego se detenía ante las rejas y escuchaba con la mayor atención las ansiosas palabras que murmuraban los presos, siempre aisladamente. Wemmick, con la boca parecida a un buzón, inmóvil durante la conferencia, miraba a sus interlocutores como si se fijara en los adelantos que habían hecho desde la última vez que los observó y calculase la época en que florecían, con ocasión de ser juzgados. Era muy popular, y observé que corría a su cargo el departamento familiar de los negocios del señor Jaggers, aunque algo de la condición de éste parecía rodearle, impidiendo la aproximación más allá de ciertos límites. Expresaba su reconocimiento de cada cliente sucesivo por medio de un movimiento de la cabeza y por el modo de ajustarse más cómodamente el sombrero con ambas manos. Luego cerraba un poco el buzón y se metía las manos en los bolsillos. En uno o dos casos se originó una dificultad con referencia al aumento de los honorarios, y entonces Wemmick, retirándose cuanto le era posible de la insuficiente cantidad de dinero que le ofrecían, replicaba: - Es inútil, amigo. Yo no soy más que un subordinado. No puedo tomar eso. Haga el favor de no tratar así a un subordinado. Si no puede usted reunir la cantidad debida, amigo, es mejor que se dirija a un principal; en la profesión hay muchos principales, según ya sabe, y lo que no basta para uno puede ser suficiente para otro; ésta es mi recomendación, hablando como subordinado. No se esfuerce en hablar en vano. ¿Para qué? ¿A quién le toca ahora? Así atravesamos el invernáculo de Wemmick, hasta que él se volvió hacia mí, diciéndome: - Fíjese en el hombre a quien voy a dar la mano. Lo habría hecho aun sin esta advertencia, porque hasta entonces no había dado la mano a nadie. Tan pronto como acabó de hablar, un hombre de aspecto majestuoso y muy erguido (a quien me parece ver cuando escribo estas líneas), que llevaba una chaqueta usada de color de aceituna y cuyo rostro estaba cubierto de extraña palidez que se extendía sobre el rojo de su cutis, en tanto que los ojos le bailaban de un lado a otro, aun cuando se esforzaba en prestarles fijeza, se acercó a una esquina de la reja y se llevó la mano al sombrero, cubierto de una capa grasa, como si fuese caldo helado, haciendo un saludo militar algo jocoso. -Buenos días, coronel - dijo Wemmick -. ¿Cómo está usted, coronel? - Muy bien, señor Wemmick. - Se hizo todo lo que fue posible, pero las pruebas eran abrumadoras, coronel. - Sí, eran tremendas. Pero no importa. - No, no - replicó fríamente Wemmick, - a usted no le importa. - Luego, volviéndose hacia mí, me dijo -: Este hombre sirvió a Su Majestad. Estuvo en la guerra y compró su licencia. - ¿De veras? - pregunté. Aquel hombre clavó en mí sus ojos y luego miró alrededor de mí. Hecho esto, se pasó la mano por los labios y se echó a reír. - Me parece, caballero, que el lunes próximo ya no tendré ninguna preocupación - dijo a Wemmick. - Es posible - replicó mi amigo, - pero no se sabe nada exactamente. - Me satisface mucho tener la oportunidad de despedirme de usted, señor Wemmick-dijo el preso sacando la mano por entre los hierros de la reja. 125 - Muchas gracias - contestó Wemmick estrechándosela -. Lo mismo digo, coronel. - Si lo que llevaba conmigo cuando me prendieron hubiese sido legítimo, señor Wemmick - dijo el preso, poco inclinado, al parecer, a soltar la mano de mi amigo, - entonces le habría rogado el favor de llevar otra sortija como prueba de gratitud por sus atenciones. - Le doy las gracias por la intención - contestó Wemmick -. Y, ahora que recuerdo, me parece que usted era aficionado a criar palomas de raza. - El preso miró hacia el cielo. - Tengo entendido que poseía usted una cría muy notable de palomas mensajeras. ¿No podría encargar a alguno de sus amigos que me llevase un par a mi casa, siempre en el supuesto de que no pueda usted utilizarlas de otro modo? - Así se hará, caballero. - Muy bien - dijo Wemmick. - Las cuidaré perfectamente. Buenas tardes, coronel. - ¡Adiós! Se estrecharon nuevamente las manos, y cuando nos alejábamos, Wemmick me dijo: - Es un monedero falso y un obrero habilísimo. Hoy comunicarán la sentencia al jefe de la prisión, y con toda seguridad será ejecutado el lunes. Sin embargo, como usted ve, un par de palomas es algo de valor y fácilmente transportable. Dicho esto, miró hacia atrás a hizo una seña, moviendo la cabeza, a aquella planta suya que estaba a punto de morir, y luego miró alrededor, mientras salíamos de la prisión, como si estuviese reflexionando qué otro tiesto podría poner en el mismo lugar. Cuando salimos de la cárcel atravesando la portería, observé que hasta los mismos carceleros no concedían menor importancia a mi tutor que los propios presos de cuyos asuntos se encargaba. - Oiga, señor Wemmick - dijo el carcelero que nos acompañaba, en el momento en que estábamos entre dos puertas claveteadas, una de las cuales cerró cuidadosamente antes de abrir la otra -. ¿Qué va a hacer el señor Jaggers con este asesino de Waterside? ¿Va a considerar el asunto como homicidio o de otra manera? - ¿Por qué no se lo pregunta usted a él? - replicó Wemmick. - ¡Oh, pronto lo dice usted! - replicó el carcelero. - Así son todos aquí, señor Pip - observó Wemmick volviéndose hacia mí mientras se abría el buzón de su boca. - No tienen reparo alguno en preguntarme a mí, el subordinado, pero nunca les sorprenderá usted dirigiendo pregunta alguna a mi principal. - ¿Acaso este joven caballero es uno de los aprendices de su oficina? - preguntó el carcelero haciendo una mueca al oír la expresión del señor Wemmick. - ¿Ya vuelve usted? - exclamó Wemmick. - Ya se lo dije - añadió volviéndose a mí. - Antes de que la primera pregunta haya podido ser contestada, ya me hace otra. ¿Y qué? Supongamos que el señor Pip pertenece a nuestra oficina. ¿Qué hay con eso? - Pues que, en tal caso - replicó el carcelero haciendo otra mueca, - ya sabrá cómo es el señor Jaggers. - ¡ Vaya! - exclamó Wemmick dando un golpecito en son de broma al carcelero. - Cuando se ve usted ante mi principal se queda tan mudo como sus propias llaves. Déjenos salir, viejo zorro, o, de lo contrario, haré que presente una denuncia contra usted por detención ilegal. E1 carcelero se echó a reír, nos dio los buenos días y se quedó riéndose a través del ventanillo, hasta que llegamos a los escalones de la calle. - Mire usted, señor Pip - dijo Wemmick con acento grave y tomándome confidencialmente el brazo para hablarme al oído-. Lo mejor que hace el señor Jaggers es no descender nunca de la alta situación en que se ha colocado. Este coronel no se atreve a despedirse de él, como tampoco el carcelero a preguntarle sus intenciones con respecto a un caso cualquiera. Así, sin descender de la altura en que se halla, hace salir a su subordinado. ¿Comprende usted? Y de este modo se apodera del cuerpo y del alma de todos. Yo me quedé muy impresionado, y no por vez primera, acerca de la sutileza de mi tutor. Y, para confesar la verdad, deseé de todo corazón, y tampoco por vez primera, haber tenido otro tutor de inteligencia y de habilidades más corrientes. El señor Wemmick y yo nos despedimos ante la oficina de Little Britain, en donde estaban congregados, como de costumbre, varios solicitantes que esperaban ver al señor Jaggers; yo volví a mi guardia ante la oficina de la diligencia, teniendo por delante tres horas por lo menos. Pasé todo este tiempo reflexionando en lo extraño que resultaba el hecho de que siempre tuviera que relacionarse con mi vida la cárcel y el crimen; que en mi infancia, y en nuestros solitarios marjales, me vi ante el crimen por primera vez en mi vida, y que reapareció en otras dos ocasiones, presentándose como una mancha que se hubiese debilitado, pero no desaparecido del todo; que tal vez de igual modo iba a impedirme la fortuna y hasta el mismo porvenir. Mientras así estaba reflexionando, pensé en la hermosa y joven Estella, orgullosa y refinada, que venía hacia mí, y con el mayor aborrecimiento me fijé en el contraste que había entre la prisión ,y ella 126 misma. Deseé entonces que Wemmick no me hubiese encontrado, o que yo no hubiera estado dispuesto a acompañarle, para que aquel día, entre todos los del año, no me rodeara la influencia de Newgate en mi aliento y en mi traje. Mientras iba de un lado a otro me sacudí el polvo de la prisión, que había quedado en mis pies, y también me cepillé con la mano el traje y hasta me esforcé en vaciar por completo mis pulmones. Tan contaminado me sentía al recordar quién estaba a punto de llegar, que cuando la diligencia apareció por fin, aún no me veía libre de la mancilla del invernáculo del señor Wemmick. Entonces vi asomar a una ventanilla de la diligencia el rostro de Estella, la cual, inmediatamente, me saludó con la mano. ¿Qué sería aquella indescriptible sombra que de nuevo pasó por mi imaginación en aquel instante? ...

En la línea 2039
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Me curaron las manos dos o tres veces por la noche y una por la mañana. Mi brazo izquierdo había sufrido extensas quemaduras, desde la mano hasta el codo, y otras menos graves hasta el hombro; sentía bastante dolor, pero, de todos modos, me alegró que no me hubiese ocurrido cosa peor. La mano derecha no había recibido tantas quemaduras, pero, no obstante, apenas podía mover los dedos. Estaba también vendada, como es natural, pero no tanto como el brazo izquierdo, que llevaba en cabestrillo. Tuve que ponerme la chaqueta como si fuese una capa y abrochada por el cuello. También el cabello se me había quemado, pero no sufrí ninguna herida en la cabeza ni en la cara. Cuando Herbert regresó de Hammersmith, a donde fue a ver a su padre, vino a nuestras habitaciones y empleó el día en curarme. Era el mejor de los enfermeros, y a las horas fijadas me quitaba los vendajes y me bañaba las quemaduras en el líquido refrescante que estaba preparado; luego volvía a vendarme con paciente ternura, que yo le agradecía profundamente. 193 Al principio, mientras estaba echado y quieto en el sofá, me pareció muy difícil y penoso, y hasta casi imposible, apartar de mi mente la impresión que me produjo el brillo de las llamas, su rapidez y su zumbido, así como también el olor de cosas quemadas. Si me adormecía por espacio de un minuto, me despertaban los gritos de la señorita Havisham, que se acercaba corriendo a mí, coronada por altísimas llamas. Y este dolor mental era mucho más difícil de dominar que el físico. Herbert, que lo advirtió, hizo cuanto le fue posible para llevar mi atención hacia otros asuntos. Ninguno de los dos hablábamos del bote, pero ambos pensábamos en él. Eso era evidente por el cuidado que ambos teníamos en rehuir el asunto, aunque nada nos hubiésemos dicho, con objeto de no tener que precisar si sería cuestión de horas o de semanas la curación de mis manos. Como es natural, en cuanto vi a Herbert, la primera pregunta que le dirigí fue para averiguar si todo marchaba bien en la habitación inmediata al río. Contestó afirmativamente, con la mayor confianza y buen ánimo, pero no volvimos a hablar del asunto hasta que terminó el día. Entonces, mientras Herbert me cambiaba los vendajes, más alumbrado por la luz del fuego que por la exterior, espontáneamente volvió a tratar del asunto. - Ayer noche, Haendel, pasé un par de horas en compañía de Provis. - ¿Dónde estaba Clara? - ¡Pobrecilla! - contestó Herbert -. Se pasó toda la tarde subiendo y bajando y ocupada en su padre. Éste empezaba a golpear el suelo en el momento en que la perdía de vista. Muchas veces me pregunto si el padre vivirá mucho tiempo. Como no hace más que beber ron y tomar pimienta, creo que no está muy lejos el día de su muerte. - Supongo que entonces te casarás, Herbert. - ¿Cómo, si no, podría cuidar de Clara? Descansa el brazo en el respaldo del sofá, querido amigo. Yo me sentaré a tu lado y te quitaré el vendaje, tan despacio que ni siquiera te darás cuenta. Te hablaba de Provis. ¿Sabes, Haendel, que mejora mucho? -Ya te dije que la última vez que le vi me pareció más suave. - Es verdad. Y así es, en efecto. Anoche estaba muy comunicativo y me refirió algo más de su vida. Ya recordarás que se interrumpió cuando empezó a hablar de una mujer… ¿Te he hecho daño? Yo había dado un salto, pero no a causa del dolor, sino porque me impresionaron sus palabras. - Había olvidado este detalle, Herbert, pero ahora lo vuelvo a recordar. - Pues bien, me refirió esta parte de su vida, que, ciertamente, es bastante sombría. ¿Quieres que te la cuente, o tal vez te aburro? - Nada de eso. Refiéremela sin olvidar una palabra. Herbert se inclinó hacia mí para mirarme lentamente, tal vez sorprendido por el apresuramiento o la vehemencia de mi respuesta. - ¿Tienes la cabeza fresca? - me preguntó tocándome la frente. - Por completo - le contesté -. Dime ahora lo que te refirió Provis. - Parece… - observó Herbert -. Pero ya hemos quitado este vendaje y ahora viene otro fresco. Es posible que en el primer momento te produzca una sensación dolorosa, pobre Haendel, ¿no es verdad? Pero muy pronto te dará una sensación de bienestar… Parece - repitió - que aquella mujer era muy joven y extraordinariamente celosa y, además, muy vengativa. Vengativa hasta el mayor extremo. - ¿Qué extremo es ése? - Pues el asesinato… ¿Te parece la venda demasiado fría en este lugar sensible? - Ni siquiera la siento… ¿Cuál fue su asesinato? ¿A quién asesinó? - Tal vez lo que hizo no merezca nombre tan terrible -dijo Herbert, - pero fue juzgada por ese crimen. La defendió el señor Jaggers, y la fama que alcanzó con esa defensa hizo que Provis conociese su nombre. Otra mujer más robusta fue la víctima, y parece que hubo una lucha en una granja. Quién empezó de las dos, y si la lucha fue leal o no, se ignora en absoluto; lo que no ofrece duda es el final que tuvo, porque se encontró a la víctima estrangulada. - ¿Resultó culpable la mujer de Provis? - No, fue absuelta… ¡Pobre Haendel! Me parece que te he hecho daño. - Es imposible curar mejor que tú lo haces, Herbert… ¿Y qué más? -Esta mujer y Provis tenían una hijita, una niña a la que Provis quería con delirio. Por la tarde del mismo día en que resultó estrangulada la mujer causante de sus celos, según ya te he dicho, la joven se presentó a Provis por un momento y le juró que mataría a la niña (que estaba a su cuidado) y que él no volvería a verla… Ya tenemos curado el brazo izquierdo, que está más lastimado que el derecho. Lo que falta es ya 194 mucho más fácil. Te curo mejor con la luz del fuego, porque mis manos son más firmes cuando no veo las llagas con demasiada claridad. Creo que respiras con cierta agitación, querido amigo. - Tal vez sea verdad, Herbert… ¿Cumplió su juramento aquella mujer? - Ésta es la parte más negra de la vida de Provis. Cumplió su amenaza. -Es decir, que ella dijo que la había cumplido. - Naturalmente, querido Haendel-replicó Herbert, muy sorprendido e inclinándose de nuevo para mirarme con la mayor atención. - Así me lo ha dicho Provis. Por mi parte, no tengo más datos acerca del asunto. - Es natural. - Por otro lado, Provis no dice si en sus relaciones con aquella mujer utilizó sus buenos o sus malos sentimientos; pero es evidente que compartió con ella cuatro o cinco años la desdichada vida que nos describió aquella noche, y también parece que aquella mujer le inspiró lástima y compasión. Por consiguiente, temiendo ser llamado a declarar acerca de la niña y ser así el causante de la muerte de la madre, se ocultó (a pesar de lo mucho que lloraba a su hijita), permaneció en la sombra, según dice, alejándose del camino de su mujer y de la acusación que sobre ella pesaba, y se habló de él de un modo muy vago, como de cierto hombre llamado Abel, que fue causa de los celos de la acusada. Después de ser absuelta, ella desapareció, y así Provis perdió a la niña y a su madre. - Quisiera saber… - Un momento, querido Haendel, y habré terminado. Aquel mal hombre, aquel Compeyson, el peor criminal entre los criminales, conociendo los motivos que tenía Provis para ocultarse en aquellos tiempos y sus razones para obrar de esta suerte, se aprovechó, naturalmente, de ello para amenazarle, para regatearle su participación en los negocios y para hacerle trabajar más que nunca. Anoche, Provis me dio a entender que eso fue precisamente lo que despertó más su animosidad. - Deseo saber - repetí - si él te indicó la fecha en que ocurrió todo eso. - Déjame que recuerde sus palabras - contestó Herbert. - Su expresión fue: «hace cosa de veinte años, poco tiempo después de haber empezado a trabajar con Compeyson». ¿Qué edad tendrías tú cuando le conociste en el pequeño cementerio de tu aldea? - Me parece que siete años. - Eso es. Dijo que todo aquello había ocurrido tres o cuatro años antes, y añadió que cuando te vio le recordaste a la niñita trágicamente perdida, pues entonces sería de tu misma edad. -Herbert - le dije después de corto silencio y con cierto apresuramiento, - ¿cómo me ves mejor: a la luz de la ventana o a la del fuego? - A la del fuego - contestó Herbert acercándose de nuevo a mí. - Pues rnírame. - Ya lo hago, querido Haendel. - Tócame. - Ya te toco. - ¿Te parece que estoy febril o que tengo la cabeza trastornada por el accidente de la pasada noche? - No, querido Haendel - contestó Herbert después de tomarse algún tiempo para contestarme. - Estás un poco excitado, pero estoy seguro de que razonas perfectamente. - Lo sé - le dije. - Por eso te digo que el hombre a quien tenemos oculto junto al río es el padre de Estella. ...

En la línea 2043
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Salí de Little Britain con el cheque en el bolsillo y me encaminé a casa del hermano de la señorita Skifflns, el perito contable, y éste se dirigió inmediatamente a buscar a Clarriker con objeto de traerlo ante mí. Así, tuve la satisfacción de terminar agradablemente el asunto. Era la única cosa buena que había hecho y la única que lograba terminar desde que, por vez primera, me enteré de las grandes esperanzas que podía tener. Clarriker me informé entonces de que la casa progresaba rápidamente y que con el dinero recibido podría establecer una sucursal en Oriente, que necesitaba en gran manera para el mejor desarrollo de los negocios. Añadió que Herbert, en su calidad de nuevo socio, iría a hacerse cargo de ella, y, por consiguiente, comprendí que debería haberme preparado para separarme de mi amigo aunque mis asuntos hubiesen estado en mejor situación. Y me pareció como si estuviera a punto de soltarse mi última áncora y que pronto iría al garete, impulsado por el viento y el oleaje. Pero me sirvió de recompensa la alegría con que aquella noche llegó Herbert a casa para darme cuenta de los cambios ocurridos, sin imaginar ni remotamente que no me comunicaba nada nuevo. Empezó a formar alegres cuadros de sí mismo, llevando a Clara Barley a la tierra de Las mil y una noches, y expresó la confianza de que yo me reuniría con ellos (según creo, en una caravana de camellos) y que remontaríamos el curso del Nilo para ver maravillas. Sin entusiasmarme demasiado con respecto a mi papel en aquellos brillantes planes, comprendí que los asuntos de Herbert tomaban ya un rumbo francamente favorable, de 199 manera que sólo faltaba que el viejo Bill Barley siguiera dedicado a su pimienta y a su ron para que su hija quedara felizmente establecida. Habíamos entrado ya en el mes de marzo. Mi brazo izquierdo, aunque no ofrecía malos síntomas, siguió el natural curso de su curación, de tal manera que aún no podía ponerme la chaqueta. El brazo derecho estaba ya bastante bien; desfigurado, pero útil. Un lunes por la mañana, cuando Herbert y yo nos desayunábamos, recibí por correo la siguiente carta de Wemmick: «Walworth. Queme usted esta nota en cuanto la haya leído. En los primeros días de esta semana, digamos el miércoles, puede usted llevar a cabo lo que sabe, en caso de que se sienta dispuesto a intentarlo. Ahora, queme este papel». Después de mostrarle el escrito a Herbert, lo arrojé al fuego, aunque no sin habernos aprendido de memoria estas palabras, y luego celebramos una conferencia para saber lo que haríamos, porque, naturalmente, había que tener en cuenta que yo no estaba en condiciones de ser útil. -He pensado en eso repetidas veces-dijo Herbert, - y creo que lo mejor sería contratar a un buen remero del Támesis; hablemos a Startop. Es un buen compañero, remero excelente, nos quiere y es un muchacho digno y entusiasta. Había pensado en él varias veces. - Pero ¿qué le diremos, Herbert? - Será necesario decirle muy poco. Démosle a entender que no se trata más que de un capricho, aunque secreto, hasta que llegue la mañana; luego se le dará a entender que hay una razón urgente para llevar a bordo a Provis a fin de que se aleje. ¿Irás con él? -Sin duda. - ¿Adónde? En mis reflexiones, llenas de ansiedad, jamás me preocupé acerca del punto a que nos dirigiríamos, porque me era indiferente por completo el puerto en que desembarcáramos, ya fuese Hamburgo, Rotterdam o Amberes. El lugar significaba poco, con tal que fuese lejos de Inglaterra. Cualquier barco extranjero que encontrásemos y que quisiera tomarnos a bordo serviría para el caso. Siempre me había propuesto llevar a Provis en mi bote hasta muy abajo del río; ciertamente más allá de Gravesend, que era el lugar crítico en que se llevarían a cabo pesquisas en caso de que surgiese alguna sospecha. Como casi todos los barcos extranjeros se marchaban a la hora de la pleamar, descenderíamos por el río a la bajamar y nos quedaríamos quietos en algún lugar tranquilo hasta que pudiésemos acercarnos a un barco… Y tomando antes los informes necesarios, no sería difícil precisar la hora de salida de varios. Herbert dio su conformidad a todo esto, y en cuanto hubimos terminado el desayuno salimos para hacer algunas investigaciones. Averiguamos que había un barco que debía dirigirse a Hamburgo y que convendría exactamente a nuestros propósitos, de manera que encaminamos todas nuestras gestiones a procurar ser admitidos a bordo. Pero, al mismo tiempo, tomamos nota de todos los demás barcos extranjeros que saldrían aproximadamente a la misma hora, y adquirimos los necesarios datos para reconocer cada uno de ellos por su aspecto y por el color. Entonces nos separamos por espacio de algunas horas; yo fui en busca de los pasaportes necesarios, y Herbert, a ver a Startop en su vivienda. Nos repartimos las distintas cosas que era preciso hacer, y cuando volvimos a reunirnos a la una, nos comunicamos mutuamente haber terminado todo lo que estaba a nuestro cargo. Por mi parte, tenía ya los pasaportes; Herbert había visto a Startop, quien estaba más que dispuesto a acompañarnos. Convinimos en que ellos dos manejarían los remos y que yo me encargaría del timón; nuestro personaje estaría sentado y quieto, y, como nuestro objeto no era correr, marcharíamos a una velocidad más que suficiente. Acordamos también que Herbert no iría a cenar aquella noche sin haber estado en casa de Provis; que al día siguiente, martes, no iría allí, y que prepararía a Provis para que el miércoles acudiese al embarcadero que había cerca de su casa, ello cuando viese que nos acercábamos, pero no antes; que todos los preparativos con respecto a él deberían quedar terminados en la misma noche del lunes, y que Provis no debería comunicarse con nadie, con ningún motivo, antes de que lo admitiésemos a bordo de la lancha. Una vez bien comprendidas por ambos estas instrucciones, yo volví a casa. Al abrir con mi llave la puerta exterior de nuestras habitaciones, encontré una carta en el buzón, dirigida a mí. Era una carta muy sucia, aunque no estaba mal escrita. Había sido traída a mano (naturalmente, durante mi ausencia), y su contenido era el siguiente: 200 «Si no teme usted ir esta noche o mañana, a las nueve, a los viejos marjales y dirigirse a la casa de la compuerta, junto al horno de cal, vaya allí. Si desea adquirir noticias relacionadas con su tío Provis, vaya sin decir nada a nadie y sin pérdida de tiempo. Debe usted ir solo. Traiga esta carta consigo.» Antes de recibir esta extraña misiva, ya estaba yo bastante preocupado, y por tal razón no sabía qué hacer, a fin de no perder la diligencia de la tarde, que me llevaría allí a tiempo para acudir a la hora fijada. No era posible pensar en ir la noche siguiente, porque ya estaría muy cercana la hora de la marcha. Por otra parte, los informes ofrecidos tal vez podrían tener gran influencia en la misma. Aunque hubiese tenido tiempo para pensarlo detenidamente, creo que también habría ido. Pero como era muy escaso, pues una consulta al reloj me convenció de que la diligencia saldría media hora más tarde, resolví partir. De no haberse mencionado en la carta al tío Provis, no hay duda de que no hubiese acudido a tan extraña cita. Este detalle, después de la carta de Wemmick y de los preparativos para la marcha, hizo inclinar la balanza. Es muy difícil comprender claramente el contenido de cualquier carta que se ha leído apresuradamente; de manera que tuve que leer de nuevo la que acababa de recibir, antes de enterarme de que se trataba de un asunto secreto. Conformándome con esta recomendación de un modo maquinal, dejé unas líneas escritas con lápiz a Herbert diciéndole que, en vista de mi próxima marcha por un tiempo que ignoraba, había decidido ir a enterarme del estado de la señorita Havisham. Tenía ya el tiempo justo para ponerme el abrigo, cerrar las puertas y dirigirme a la cochera por el camino más directo. De haber tomado un coche de alquiler yendo por las calles principales, habría llegado tarde; pero yendo por las callejuelas que me acortaban el trayecto, llegué al patio de la cochera cuando la diligencia se ponía en marcha. Yo era el único pasajero del interior, y me vi dando tumbos, con las piernas hundidas en la paja, en cuanto me di cuenta de mí mismo. En realidad, no me había parado a reflexionar desde el momento en que recibí la carta, que, después de las prisas de la mañana anterior, me dejó aturdido. La excitación y el apresuramiento de la mañana habían sido grandes, porque hacía tanto tiempo que esperaba la indicación de Wemmick, que por fin resultó una sorpresa para mí. En aquellos momentos empecé a preguntarme el motivo de hallarme en la diligencia, dudando de si eran bastante sólidas las razones que me aconsejaban hacer aquel viaje. También por un momento estuve resuelto a bajar y a volverme atrás, pareciéndome imprudente atender una comunicación anónima. En una palabra, pasé por todas las fases de contradicción y de indecisión, a las que, según creo, no son extrañas la mayoría de las personas que obran con apresuramiento. Pero la referencia al nombre de Provis dominó todos mis demás sentimientos. Razoné, como ya lo había hecho sin saberlo (en el caso de que eso fuese razonar), que si le ocurriese algún mal por no haber acudido yo a tan extraña cita, no podría perdonármelo nunca. Era ya de noche y aún no había llegado a mi destino; el viaje me pareció largo y triste, pues nada pude ver desde el interior del vehículo, y no podía ir a sentarme en la parte exterior a causa del mal estado de mis brazos. Evitando El Jabalí Azul, fui a alojarme a una posada de menor categoría en la población y encargué la cena. Mientras la preparaban me encaminé a la casa Satis, informándome del estado de la señorita Havisham. Seguía aún muy enferma, aunque bastante mejorada. Mi posada formó parte, en otro tiempo, de una casa eclesiástica, y cené en una habitación pequeña y de forma octagonal, semejante a un baptisterio. Como no podía partir los manjares, el dueño, hombre de brillante cabeza calva, lo hizo por mí. Eso nos hizo trabar conversación, y fue tan amable como para referirme mi propia historia, aunque, naturalmente, con el detalle popular de que Pumblechook fue mi primer bienhechor y el origen de mi fortuna. - ¿Conoce usted a ese joven? -pregunté. - ¿Que si le conozco? ¡Ya lo creo! ¡Desde que no era más alto que esta silla! - contestó el huésped. - ¿Ha vuelto alguna vez al pueblo? - Sí, ha venido alguna vez - contestó mi interlocutor. - Va a visitar a sus amigos poderosos, pero, en cambio, demuestra mucha frialdad e ingratitud hacia el hombre a quien se lo debe todo. - ¿Qué hombre es ése? - ¿Este de quien hablo? - preguntó el huésped. - Es el señor Pumblechook. - ¿Y no se muestra ingrato con nadie más? - No hay duda de que sería ingrato con otros, si pudiera-replicó el huésped; - pero no puede. ¿Con quién más se mostraría ingrato? Pumblechook fue quien lo hizo todo por él. - ¿Lo dice así Pumblechook? 201 - ¿Que si lo dice? - replicó el huésped. - ¿Acaso no tiene motivos para ello? - Pero ¿lo dice? - Le aseguro, caballero, que el oírle hablar de esto hace que a un hombre se le convierta la sangre en vinagre. Yo no pude menos que pensar: «Y, sin embargo, tú, querido Joe, tú nunca has dicho nada. Paciente y buen Joe, tú nunca te has quejado. Ni tú tampoco, dulce y cariñosa Biddy.» - Seguramente el accidente le ha quitado también el apetito - dijo el huésped mirando el brazo vendado que llevaba debajo de la chaqueta -. Coma usted un poco más. - No, muchas gracias - le contesté alejándome de la mesa para reflexionar ante el fuego. - No puedo más. Haga el favor de llevárselo todo. Jamás me había sentido tan culpable de ingratitud hacia Joe como en aquellos momentos, gracias a la descarada impostura de Pumblechook. Cuanto más embustero era él, más sincero y bondadoso me parecía Joe, y cuanto más bajo y despreciable era Pumblechook, más resaltaba la nobleza de mi buen Joe. Mi corazón se sintió profunda y merecidamente humillado mientras estuve reflexionando ante el fuego, por espacio de una hora o más. Las campanadas del reloj me despertaron, por decirlo así, pero no me curaron de mis remordimientos. Me levanté, me sujeté la capa en torno de mi cuello y salí. Antes había registrado mis bolsillos en busca de la carta, a fin de consultarla de nuevo, pero como no pude hallarla, temí que se me hubiese caído entre la paja de la diligencia. Recordaba muy bien, sin embargo, que el lugar de la cita era la pequeña casa de la compuerta, junto al horno de cal, en los marjales, y que la hora señalada era las nueve de la noche. Me encaminé, pues, directamente hacia los marjales, pues ya no tenía tiempo que perder. ...

En la línea 2049
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Al día siguiente fue llevado al Tribunal de Policía, e inmediatamente habría pasado al Tribunal Superior, a no ser por la necesidad de esperar la llegada de un antiguo oficial del barco-prisión, de donde se escapó una vez, a fin de ser identificado. Nadie dudaba de su identidad, pero Compeyson, que le denunció, era entonces, llevado de una parte a otra por las mareas, ya cadáver, y ocurrió que en aquel momento no había ningún oficial de prisiones en Londres que pudiera aportar el testimonio necesario. Fui a visitar al señor Jaggers a su casa particular, la noche siguiente de mi llegada, con objeto de lograr sus servicios, pero éste no quiso hacer nada en beneficio del preso. No podía hacer otra cosa, porque, según me dijo, en cuanto llegase el testigo, el caso quedaría resuelto en cinco minutos y ningún poder en la tierra era capaz de impedir que se pronunciase una sentencia condenatoria. Comuniqué al señor Jaggers mi propósito de dejarle en la ignorancia acerca del paradero de sus riquezas. El señor Jaggers se encolerizó conmigo por haber dejado que se me deslizase entre las manos el dinero de la cartera, y dijo que podríamos hacer algunas gestiones para ver si se lograba recobrar algo. Pero no me ocultó que, aun cuando en algunos casos la Corona no se apoderaba de todo, creía que el que nos interesaba no era uno de ésos. Lo comprendí muy bien. Yo no estaba emparentado con el reo ni relacionado con él por ningún lazo legal; él, por su parte, no había otorgado ningún documento a mi favor antes de su prisión, y el hacerlo ahora sería completamente inútil. Por consiguiente, no podía reclamar nada, y, así, resolví por fin, y en adelante me atuve a esta resolución, que jamás emprendería la incierta tarea de procurar establecer ninguna de esas relaciones legales. Aparentemente, había razón para suponer que el denunciante ahogado esperaba una recompensa por su acto y que había obtenido datos bastante exactos acerca de los negocios y de los asuntos de Magwitch. Cuando se encontró su cadáver, a muchas millas de distancia de la escena de su muerte, estaba tan horriblemente desfigurado que tan sólo se le pudo reconocer por el contenido de sus bolsillos, en los cuales había una cartera y en ella algunos papeles doblados, todavía legibles. En uno de éstos estaba anotado el nombre de una casa de Banca en Nueva Gales del Sur, en donde existía cierta cantidad de dinero y la designación de determinadas tierras de gran valor. Estos dos datos figuraban también en una lista que Magwitch dio al señor Jaggers mientras estaba en la prisión y que indicaba todas las propiedades que, según suponía, heredaría yo. Al desgraciado le fue útil su propia ignorancia, pues jamás tuvo la menor duda de que mi herencia estaba segura con la ayuda del señor Jaggers. Después de tres días, durante los cuales el acusador público esperó la llegada del testigo que conociera al preso en el buque-prisión, se presentó el oficial y completó la fácil evidencia. Por esto se fijó el juicio para la próxima sesión, que tendría lugar al cabo de un mes. En aquella época oscura de mi vida fue cuando una noche llegó Herbert a casa, algo deprimido, y me dijo: - Mi querido Haendel, temo que muy pronto tendré que abandonarte. Como su socio me había ya preparado para eso, me sorprendí mucho menos de lo que él se figuraba. - Perderíamos una magnífica oportunidad si yo aplazase mi viaje a El Cairo, y por eso temo que tendré que ir, Haendel, precisamente cuando más me necesitas. - Herbert, siempre te necesitaré, porque siempre tendré por ti el mismo afecto; pero mi necesidad no es mayor ahora que en otra ocasión cualquiera. -Estarás muy solo. 215 - No tengo tiempo para pensar en eso – repliqué. - Ya sabes que permanezco a su lado el tiempo que me permiten y que, si pudiese, no me movería de allí en todo el día. Cuando me separo de él, mis pensamientos continúan acompañándole. El mal estado de salud en que se hallaba Magwitch era tan evidente para los dos, que ni siquiera nos sentimos con valor para referirnos a ello. - Mi querido amigo - dijo Herbert, - permite que, a causa de nuestra próxima separación, que está ya muy cerca, me decida a molestarte. ¿Has pensado acerca de tu porvenir? - No; porque me asusta pensar en él. - Pero no puedes dejar de hacerlo. Has de pensar en eso, mi querido Haendel. Y me gustaría mucho que ahora discutiéramos los dos este asunto. -Con mucho gusto - contesté. - En esta nueva sucursal nuestra, Haendel, necesitaremos un… Comprendí que su delicadeza quería evitar la palabra apropiada, y por eso terminé la frase diciendo: - Un empleado. - Eso es, un empleado. Y tengo la esperanza de que no es del todo imposible que, a semejanza de otro empleado a quien conoces, pueda llegar a convertirse en socio. Así, Haendel, mi querido amigo, ¿querrás ir allá conmigo? Abandonó luego su acento cordial, me tendió su honrada mano y habló como podría haberlo hecho un muchacho. - Clara y yo hemos hablado mucho acerca de eso - prosiguió Herbert, - y la pobrecilla me ha rogado esta misma tarde, con lágrimas en los ojos, que te diga que, si quieres vivir con nosotros, cuando estemos allá, se esforzará cuanto pueda en hacerte feliz y para convencer al amigo de su marido que también es amigo suyo. ¡Lo pasaríamos tan bien, Haendel! Le di las gracias de todo corazón, pero le dije que aún no estaba seguro de poder aceptar la bondadosa oferta que me hacía. En primer lugar, estaba demasiado preocupado para poder reflexionar claramente acerca del asunto. En segundo lugar… Sí, en segundo lugar había un vago deseo en mis pensamientos, que ya aparecerá hacia el fin de esta narración. - Te agradecería, Herbert - le dije, - que, si te es posible y ello no ha de perjudicar a tus negocios, dejes este asunto pendiente durante algún tiempo. - Durante todo el que quieras - exclamó Herbert. - Tanto importan tres meses como un año. - No tanto - le dije -. Bastarán dos o tres meses. Herbert parecía estar muy contento cuando nos estrechamos la mano después de ponernos de acuerdo de esta manera, y dijo que ya se sentía con bastante ánimo para decirme que tendría que marcharse hacia el fm de la semana. - ¿Y Clara? - le pregunté. - La pobrecilla - contestó Herbert - cumplirá exactamente sus deberes con respecto a su padre mientras viva. Pero creo que no durará mucho. La señora Whimple me ha confiado que, según su opinión, se está muriendo. - Es muy sensible – repliqué, - pero lo mejor que puede hacer. - Temo tener que darte la razón - añadió Herbert. - Y entonces volveré a buscar a mi querida Clara, y ella y yo nos iremos apaciblemente a la iglesia más próxima. Ten en cuenta que mi amada Clara no desciende de ninguna familia importante, querido Haendel, y que nunca ha leído el Libro rojo ni sabe siquiera quién era su abuelo. ¡Qué dicha para el hijo de mi madre! El sábado de aquella misma semana me despedí de Herbert, que estaba animado de brillantes esperanzas, aunque triste y cariacontecido por verse obligado a dejarme, mientras tomaba su asiento en una de las diligencias que habían de conducirle a un puerto marítimo. Fui a un café inmediato para escribir unas líneas a Clara diciéndole que Herbert se había marchado, mandándole una y otra vez la expresión de su amor. Luego me encaminé a mi solitario hogar, si tal nombre merecía, porque ya no era un hogar para mí, sin contar con que no lo tenía en parte alguna. En la escalera encontré a Wemmick que bajaba después de haber llamado con los puños y sin éxito a la puerta de mi casa. A partir del desastroso resultado de la intentada fuga no le había visto aún, y él fue, con carácter particular y privado, a explicarme los motivos de aquel fracaso. - El difunto Compeyson - dijo Wemmick, - poquito a poco pudo enterarse de todos los asuntos y negocios de Magwitch, y por las conversaciones de algunos de sus amigos que estaban en mala situación, pues siempre hay alguno que se halla en este caso, pude oír lo que le comuniqué. Seguí prestando atento oído, y así me enteré de que se había ausentado, por lo cual creí que sería la mejor ocasión para intentar la 216 fuga. Ahora supongo que esto fue un ardid suyo, porque no hay duda de que era listo y de que se propuso engañar a sus propios instrumentos. Espero, señor Pip, que no me guardará usted mala voluntad. Tenga la seguridad de que con todo mi corazón quise servirle. - Estoy tan seguro de esto como usted mismo, Wemmick, y de todo corazón le doy las gracias por su interés y por su amistad. - Gracias, muchas gracias. Ha sido un asunto malo - dijo Wemmick rascándose la cabeza, - y le aseguro que hace mucho tiempo que no había tenido un disgusto como éste. Y lo que más me apura es la pérdida de tanto dinero. ¡Dios mío! - Pues a mí lo que me apura, Wemmick, es el pobre propietario de ese dinero. - Naturalmente - contestó él. - No es de extrañar que esté usted triste por él y, por mi parte, crea que me gastaría con gusto un billete de cinco libras esterlinas para sacarlo de la situación en que se halla. Pero ahora se me ocurre lo siguiente: el difunto Compeyson estaba enterado de su regreso, y como al mismo tiempo había tomado la firme decisión de hacerlo prender, creo que habría sido imposible que se salvara. En cambio, el dinero podía haberse salvado. Ésta es la diferencia entre el dinero y su propietario. ¿No es verdad? Invité a Wemmick a que volviese a subir la escalera con objeto de tomar un vaso de grog antes de irse a Walworth. Aceptó la invitación, y mientras bebía dijo inesperadamente, pues ninguna relación tenía aquello con lo que habíamos hablado, y eso después de mostrar alguna impaciencia: - ¿Qué le parece a usted de mi intención de no trabajar el lunes, señor Pip? - Supongo que no ha tenido usted un día libre durante los doce meses pasados. - Mejor diría usted durante doce años - replicó Wemmick. - Sí, voy a hacer fiesta. Y, más aún, voy a dar un buen paseo. Y, más todavía, voy a rogarle que me acompañe. Estaba a punto de excusarme, porque temía ser un triste compañero en aquellos momentos, pero Wemmick se anticipó, diciendo: - Ya sé cuáles son sus compromisos, y me consta que no está usted de muy buen humor, señor Pip. Pero si pudiera usted hacerme este favor, se lo agradecería mucho. No se trata de un paseo muy largo, pero sí tendrá lugar en las primeras horas del día. Supongamos que le ocupa a usted, incluyendo el tiempo de desayunarse durante el paseo, desde las ocho de la mañana hasta las doce. ¿No podría arreglarlo de modo que me acompañase? Me había hecho tantos favores en diversas ocasiones, que lo que me pedía era lo menos que podía hacer en su obsequio. Le dije que haría lo necesario para estar libre, y al oírlo mostró tanta satisfacción que, a mi vez, me quedé satisfecho. Por indicación especial suya decidimos que yo iría al castillo a las ocho y media de la mañana del lunes, y, después de convenirlo, nos separamos. Acudí puntualmente a la cita, y el lunes por la mañana tiré del cordón de la campana del castillo, siendo recibido por el mismo Wemmick. Éste me pareció más envarado que de costumbre, y también observé que su sombrero estaba más alisado que de ordinario. Dentro de la casa vi preparados dos vasos de ron con leche y dos bizcochos. Sin duda, el anciano debió de haberse levantado al primer canto de la alondra, porque al mirar hacia su habitación observé que la cama estaba vacía. En cuanto nos hubimos reconfortado con el vaso de ron con leche y los bizcochos y salimos para dar el paseo, me sorprendió mucho ver que Wemmick tomaba una caña de pescar y se la ponía al hombro. - Supongo que no vamos a pescar… - exclamé. - No - contestó Wemmick. - Pero me gusta pasear con una caña. Esto me pareció muy extraño. Sin embargo, nada dije y echamos a andar. Nos dirigimos hacia Camberwell Green, y cuando estuvimos por allí cerca, Wemmick exclamó de pronto: - ¡Caramba! Aquí hay una iglesia. En esto no había nada sorprendente; pero otra vez me quedé admirado al observar que él decía, como si lo animase una brillante idea: - ¡Vamos a entrar! En efecto, entramos, y Wemmick dejó su caña de pescar en el soportal. Luego miró alrededor. Hecho esto, buscó en los bolsillos de su chaqueta y sacó un paquetito, diciendo: - ¡Caramba! Aquí tengo un par de guantes. Voy a ponérmelos. Los guantes eran de cabritilla blanca, y el buzón de su boca se abrió por completo, lo cual me inspiró grandes recelos, que se acentuaron hasta convertirse en una certidumbre, al ver que su anciano padre entraba por una puerta lateral escoltando a una dama. - ¡Caramba! - dijo Wemmick -. Aquí tenemos a la señorita Skiffins. ¡Vamos a casarnos! 217 Aquella discreta damisela iba vestida como de costumbre, a excepción de que en aquel momento se ocupaba en quitarse sus guantes verdes para ponerse otros blancos. El anciano estaba igualmente entretenido en preparar un sacrificio similar ante el altar de Himeneo. El anciano caballero, sin embargo, luchaba con tantas dificultades para ponerse los guantes, que Wemmick creyó necesario obligarle a que se apoyara en una columna, y luego, situándose detrás de ésta, tiró de los guantes, en tanto que, por mi parte, sostenía al anciano por la cintura, con objeto de que ofreciese una resistencia igual por todos lados. Gracias a este ingenioso procedimiento le entraron perfectamente los guantes. Aparecieron entonces el pastor y su acólito, y nos situamos ordenadamente ante aquella baranda fatal. Continuando en su fingimiento de que todo se realizaba sin preparativo de ninguna clase, oí que Wemmick se decía a sí mismo, al sacar algo de su bolsillo, antes de que empezase la ceremonia: - ¡Caramba! ¡Aquí tengo una sortija! Actué como testigo del novio, en tanto que un débil ujier, que llevaba un gorro blanco como el de un niño de corta edad, fingía ser el amigo del alma de la señorita Skiffins. La responsabilidad de entregar a la dama correspondió al anciano, aunque, al mismo tiempo y sin la menor intención, logró escandalizar al pastor. Cuando éste preguntó: «¿Quién entrega a esta mujer para que se case con este hombre?», el anciano caballero, que no sospechaba ni remotamente el punto de la ceremonia a que se había llegado, se quedó mirando afablemente a los Diez Mandamientos. En vista de esto, el clérigo volvió a preguntar: «¿Quién entrega a esta mujer para que se case con este hombre?» Y como el anciano caballero se hallase aún en un estado de inconsciencia absoluta, el novio le gritó con su voz acostumbrada: -Ahora, padre, ya lo sabes. ¿Quién entrega esta mujer? A lo cual el anciano contestó, con la mayor vehemencia, antes de decir que él la entregaba: - Está bien, John; está bien, hijo mío. En cuanto al clérigo, se puso de un humor tan malo e hizo una pausa tan larga, que, por un momento, llegué a temer que la ceremonia no se terminase aquel día. Sin embargo, por fin se llevó a cabo, y en cuanto salimos de la iglesia, Wemmick destapó la pila bautismal, metió los blancos guantes en ella y la volvió a tapar. La señora Wemmick, más cuidadosa del futuro, se metió los guantes blancos en el bolsillo y volvió a ponerse los verdes. - Ahora, señor Pip - dijo Wemmick, triunfante y volviendo a tomar la caña de pescar, - permítame que le pregunte si alguien podría sospechar que ésta es una comitiva nupcial. Habíase encargado el almuerzo en una pequeña y agradable taberna, situada a una milla de distancia más o menos y en una pendiente que había más allá de la iglesia. En la habitación había un tablero de damas, para el caso de que deseáramos distraer nuestras mentes después de la solemnidad. Era muy agradable observar que la señora Wemmick ya no alejaba de sí el brazo de su marido cuando se adaptaba a su cuerpo, sino que permanecía sentada en un sillón de alto respaldo, situado contra la pared, como un violoncello en su estuche, y se prestaba a ser abrazada del mismo modo como pudiera haber sido hecho con tan melodioso instrumento. Tuvimos un excelente almuerzo, y cuando alguien rechazaba algo de lo que había en la mesa, Wemmick decía: - Está ya contratado, ya lo saben ustedes. No tengan reparo alguno. Bebí en honor de la nueva pareja, en honor del anciano y del castillo; saludé a la novia al marcharme, y me hice lo más agradable que me fue posible. Wemmick me acompañó hasta la puerta, y de nuevo le estreché las manos y le deseé toda suerte de felicidades. - Muchas gracias - dijo frotándose las manos. - No puede usted tener idea de lo bien que sabe cuidar las gallinas. Ya le mandaré algunos huevos para que juzgue por sí mismo. Y ahora tenga en cuenta, señor Pip - añadió en voz baja y después de llamarme cuando ya me alejaba, - tenga en cuenta, se lo ruego, que éste es un llamamiento de Walworth y que nada tiene que ver con la oficina. - Ya lo entiendo – contesté, - y que no hay que mencionarlo en Little Britain. Wemmick afirmó con un movimiento de cabeza. - Después de lo que dio usted a entender el otro día, conviene que el señor Jaggers no se entere de nada. Tal vez se figuraría que se me reblandece el cerebro o algo por el estilo. ...

En la línea 1174
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... »Hechas estas averiguaciones y sin decir ni una palabra a nadie, reuní cuantos datos me fue posible acerca del asesinato y volví a mi casa sin que mis sospechas se hubieran desvanecido. ...

En la línea 1240
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑¿Que cómo se los procuró? ‑exclamó Rasumikhine‑. Pero ¿es posible que tú, doctor en medicina y, por lo tanto, más obligado que nadie a estudiar la naturaleza humana, y que has podido profundizar en ella gracias a tu profesión, no hayas comprendido el carácter de Nicolás basándote en los datos que te he dado? ¿Es posible que no estés convencido de que sus declaraciones en los interrogatorios que ha sufrido son la pura verdad? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él ha dicho: pisó el estuche y lo recogió. ...

En la línea 4805
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Entonces, usted puede facilitarnos datos sobre él. ¿Sospechaba usted sus propósitos? ...

En la línea 4853
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Raskolnikof ignoró durante largo tiempo la muerte de su madre. Sin embargo, desde su llegada a Siberia recibía regularmente noticias de su familia por mediación de Sonia, que escribía todos los meses a los esposos Rasumikhine y nunca dejaba de recibir respuesta. Las cartas de Sonia parecieron al principio demasiado secas a Dunia y su marido. No les gustaban. Pero después comprendieron que Sonia no podía escribir de otro modo y que, al fin y al cabo, aquellas cartas les daban una idea clara y precisa de la vida del desgraciado Raskolnikof, pues abundaban en detalles sobre este punto. Sonia describía tan simple como minuciosamente la existencia de Raskolnikof en el presidio. No hablaba de sus propias esperanzas, de sus planes para el futuro ni de sus sentimientos personales. En vez de explicar el estado espiritual, la vida interior del condenado, de interpretar sus reacciones, se limitaba a citar hechos, a repetir las palabras pronunciadas por Rodia, a dar noticias de su salud, a transmitir los deseos que había expresado, los encargos que había hecho… Gracias a estas noticias en extremo detalladas, pronto creyeron tener junto a ellos a su desventurado hermano, y no podían equivocarse al imaginárselo, pues se fundaban en datos exactos y precisos. ...

En la línea 1059
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Ya sabía el pícaro lo que se hacía. Ni padre, ni tía se mostraban muy dispuestos a venir a encargarse de Pilar, y auguraba el contratiempo de tener que quedarse de enfermero… Su mente, fecunda en tretas, le sugirió mil para embelesar a Miranda, en aquella ciudad mágica que ya de suyo emboba a cuantos la pisan. Aprendió el esposo de Lucía los refinamientos de la cocina francesa en los mejores restauradores (ensordezca todo hablista); y con la golosina experta de su edad madura, llegó a tomarse gran interés en que la salsa holandesa fuese mejor aquí que dos puertas más abajo, y en que las setas rellenas se hallasen o no a la época más propia para ser saboreadas. Amén de estos goces culinarios, aficionose a los teatrillos del género chocarrero que tanto abundan en París: divirtiéronle las canciones picarescas, las muecas del payaso, la música retozona y los trajes ligeros y casi paradisíacos de aquellas bienaventuradas ninfas que se disfrazaban de cacerolas, de violines o de muñecos. Hasta se susurra -pero sin que existan datos para establecerlo como rigurosa verdad histórica- que el insigne ex buen mozo quiso recordar sus pasadas glorias, y verter una regaderita de agua sobre sus secos y mustios lauros, y eligió para cómplice a cierta rata de proscenio, nombrada Zulma en la docta academia teatral, si bien está averiguado que en regiones menos olímpicas pudo llamarse Antonia, Dionisia o cosa así. Tenía ésta tal el salero del mundo para cantar el estribillo (refrain) de ciertas tonadas (chansonnettes); y era para descuajarse y deshacerse de risa cuando, la mano en la cintura, la pierna derecha en el aire, guiñados los ojos y entreabierta la boca, despedía una exclamación canallesca, un grito venido en derechura de las pescaderías y mercados a posarse en sus labios de púrpura, para deleite y contentamiento de los espectadores. Ni eran estas las únicas gracias y donaires de la cantora, antes lo mejor de su repertorio, la quintaesencia de sus monerías, guardábala para la dulce intimidad de los felices mortales que a aquella Dánae de bambalinas lograban aproximarse, bien provistos de polvos de oro. ¡Con qué felina zalamería menudeaba los golpecitos en la panza, y llamaba a graves sesentones ratoncillos, perritos suyos, gatitos, bibis, y otros apelativos cariñosos y regalados, que a arrope y miel sabían! Pues ¿qué diré del chiste y garbo incomparable con que oprimía entre sus dientes de perlas, un pitillo ruso, lanzando al aire volutas de humo azul, mientras la contracción de sus labios destacaba la arremangada nariz y los hoyuelos de los arrebolados carrillos? ¿Qué de aquella su maestría en ocupar dos sillas a un tiempo sin que propiamente estuviera sentada en ninguna de ellas, y puesto que reposaba en la primera el espinazo, en la segunda los tacones? ¿Qué de la agilidad y destreza con que se sorbía diez docenas de ostras verdes en diez minutos, y bebíase dos o tres botellas de Rhin, que no parece sino que le untaban el gaznate con aceite y sebo para que fuese escurridizo y suave? ¿Qué de la risueña facundia con que probaba a sus amigos que tal anillo de piedras les venía estrecho al dedo, mientras a ella le caía como un guante? En suma, si la aventura que se murmuró por entonces en los bastidores de un teatrillo, y en la mesa redonda de la Alavesa, parece indigna de la prosopopeya tradicional en la mirandesca estirpe, cuando menos es justo consignar que la heroína era la más divertida, sandunguera y comprometedora zapaquilda de cuantas mayaban desafinada y gatunamente en los escenarios de París. ...

En la línea 1085
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... En cuanto a Perico, escondió la cabeza entre las manos, y murmuró más de tres docenas de «Jesús, Jesús… Válgame Dios, válgame Dios… Qué desgracia, qué desgracia… » y aún debo añadir, en honra de la sensibilidad del insigne pollo, que se demudó bastante su rostro, y pugnaron por asomar a sus lagrimales, y asomaron al fin, unas cuantas gotas de eso que los poetas llaman rocío del alma. No quise omitir estos pormenores, a fin de que no se crea que Perico era malo, siendo así, que de investigaciones y curiosos datos estadísticos resulta que aún valía más que las dos terceras partes de la prole de Adán. Triste y mustio de veras, se dejó conducir por Miranda a su cuarto, y es cosa averiguada también, que en todo el curso de aquel día no entraron en su cuerpo más alimentos que dos tazas de té y un huevo pasado por agua, que la extrema debilidad le obligó a sorber, entrada ya la noche. ...

En la línea 1239
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Más de dos semanas dio pasto a las lenguas ociosas de León el singular suceso de la llegada de Lucía González, sola, triste, desmejorada y encinta, a la casa paterna. Inventáronse mentiras como castillos para explicar el misterio de su vuelta, el retiro en que se dio a vivir, la tremenda pesadumbre que nublaba el rostro del tío Joaquín González, la desaparición del marido, y tantas y tantas cosas que a escándalo y drama conyugal transcendían. Como suele suceder en casos análogos, rodaron algunos adarmes de verdad envueltos en arrobas de patrañas, y algo se dijo que no iba del todo fuera de camino; mas por falta de datos secretos que enlazara los conocidos, anduvo a tropezones el juicio del público, y allí caigo, y aquí me levanto, acabó por extraviarse del todo. Bien se colige que los despellejadores de oficio hicieron el suyo con diligencia y afán extremado, y quién censuró al maduro pisaverde que buscaba novia de pocos años, quién al padre vanidoso y majadero, que sacrificaba a su hija por afán de hacerla dama, quién a la niña loca que… En suma, pusieron ellos tantas moralejas a la historia de Lucía, que yo creo poder eximirme de añadir ninguna. Lo que con más empeño criticó la gente, fue este moderno requisito del VIAJE DE NOVIOS, costumbre extranjerizada y vitanda, buena sólo para engendrar disturbios y horrores de todo linaje. Sospecho que con el triste ejemplo de Lucía, tradicionalmente conservado y repetido a las niñas casaderas en lo que resta de siglo, no habrá desposados leoneses que osen apartarse de su hogar un negro de uña, al menos en los diez primeros años de matrimonio. ...


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