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La palabra cuchillo
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la palabra cuchillo

La palabra Cuchillo ha sido usada en la literatura castellana en las siguientes obras.
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas
La Biblia en España de Tomás Borrow y Manuel Azaña
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Viaje de un naturalista alrededor del mundo de Charles Darwin
La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín»
El paraíso de las mujeres de Vicente Blasco Ibáñez
Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
El príncipe y el mendigo de Mark Twain
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne
Grandes Esperanzas de Charles Dickens
La llamada de la selva de Jack London
Por tanto puede ser considerada correcta en Español.
Puedes ver el contexto de su uso en libros en los que aparece cuchillo.

Estadisticas de la palabra cuchillo

Cuchillo es una de las 25000 palabras más comunes del castellano según la RAE, en el puesto 5186 según la RAE.

Cuchillo aparece de media 17.51 veces en cada libro en castellano.

Esta es una clasificación de la RAE que se basa en la frecuencia de aparición de la cuchillo en las obras de referencia de la RAE contandose 2661 apariciones .

Más información sobre la palabra Cuchillo en internet

Cuchillo en la RAE.
Cuchillo en Word Reference.
Cuchillo en la wikipedia.
Sinonimos de Cuchillo.


la Ortografía es divertida


El Español es una gran familia

Algunas Frases de libros en las que aparece cuchillo

La palabra cuchillo puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 2127
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Sí, eso es, milord, eso es, en el lado izquierdo, con un cuchillo. ...

En la línea 7612
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Pues bien, una mujer semejante, que pusiera el cuchillo de Ja ques Clément o de Ravaillac en las manos de un fanático, salvaría a Francis. ...

En la línea 8849
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Era cuanto Milady podía soportar: sus manos se crisparon sobre su sillón, sus dientesrechinaron sordamente, sus ojossiguieron el movimiento de la puerta que se cerró tras lord de Winter y Felton; y cuando se vio sola, una nueva crisis de desesperación se apoderó de ella; lan-zó los ojos sobre la mesa, vio brillar un cuchillo, se abalanzó y lo cogió; pero su desengaño f ue cruel: la hoja era redonda y de plata flexible. ...

En la línea 8852
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... ¡Ja, ja, ja! ¿Ves, mi valiente Felton, ves lo que te había dicho? Ese cuchillo era para ti; hijo mío, te habría matado. ...

En la línea 610
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... «Pero no es este cuchillo—continuó el hombre—lo que me da más confianza.» «¿Pues qué es?» «Esto—contestó, y extrajo del seno un escapulario que llevaba colgado del cuello con un cordón de seda—. ...

En la línea 1023
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Exasperado por tal desprecio, asió el beodo el vaso en que bebía, arrojándolo a la cabeza del español, quien brincó como un tigre, desenvainó un cuchillo y tiró de abajo a arriba un tajo a las mejillas de su agresor; indudablemente, le hubiese cortado la cara, de no haber detenido yo a tiempo el brazo del matutero, reduciendo así el daño a un arañazo en la mandíbula inferior, del que brotó un poco de sangre. ...

En la línea 1145
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... ANTONIO.—Toda la noche pasada he estado despierto, pensando en los asuntos de Egipto; cuando me levanté esta mañana, tomé el _bar lachí_, y raspándolo con un cuchillo saqué un poco de polvo, y me lo bebí con _aguardiente_, según tengo costumbre de hacer después de tomar una resolución. ...

En la línea 1357
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Al fin, consiguió soltarse, y trató de desenvainar un cuchillo que llevaba en la faja; pero las hembras jóvenes se arrojaron sobre él como furias, mientras la vieja le sacudía con el palo en la cara; pronto cedió de buen grado el campo, y se retiró abandonando el sombrero y la capa, que la _chabí_ recogió y tiró a la calle detrás de él. ...

En la línea 3169
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Pero lo que a mí más me fatigaba era el ver ir a pie a Zoraida por aquellas asperezas, que, puesto que alguna vez la puse sobre mis hombros, más le cansaba a ella mi cansancio que la reposaba su reposo; y así, nunca más quiso que yo aquel trabajo tomase; y, con mucha paciencia y muestras de alegría, llevándola yo siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua debíamos de haber andado, cuando llegó a nuestros oídos el son de una pequeña esquila, señal clara que por allí cerca había ganado; y, mirando todos con atención si alguno se parecía, vimos al pie de un alcornoque un pastor mozo, que con grande reposo y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo. ...

En la línea 3660
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo fiambre, todo fue uno. ...

En la línea 3714
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirse sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer alguna sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura; mas el barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote, sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre caballero llovía tanta sangre como del suyo. ...

En la línea 4940
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Desencajó los ojos Basilio, y, mirándola atentamente, le dijo: -¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas para llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender el dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra de la muerte! Lo que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la mano que me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engañarme de nuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me la entregas y me la das como a tu legítimo esposo; pues no es razón que en un trance como éste me engañes, ni uses de fingimientos con quien tantas verdades ha tratado contigo. ...

En la línea 93
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... La costumbre de llevar cuchillo es universal; por otra parte, las plantas trepadoras hacen indispensable su empleo en cuanto se quiere atravesar un bosque algo espeso; pero también puede atribuirse a este hábito los frecuentes homicidios que se cometen en el Brasil. Los brasileños se valen del cuchillo con habilidad consumada; pueden arrojarlo a uña distancia bastante grande, con tanta fuerza y precisión, que casi siempre causan una herida mortal. He visto a un gran número de chicuelos ensayarse por juego en tirar el cuchillo; la facilidad con que los clavaban en un poste fijo en tierra, prometía para el porvenir. Mi compañero había matado la víspera a dos grandes monos portadores de barbas; estos animales tienen cola que les permite coger los objetos, cola cuyo extremo puede soportar aun el peso entero del cuerpo del animal después de su muerte. Uno de ellos quedó así fijo a una rama y hubo que cortar un árbol grueso para alcanzarle; lo cual se consiguió muy pronto.. Aparte de estos monos, sólo matamos algunos loritos verdes y algunos tucanes. Sin embargo, el conocimiento con el sacerdote portugués me fue de provecho, pues otra vez me regaló un hermoso ejemplar del gato Yaguarundi. ...

En la línea 93
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... La costumbre de llevar cuchillo es universal; por otra parte, las plantas trepadoras hacen indispensable su empleo en cuanto se quiere atravesar un bosque algo espeso; pero también puede atribuirse a este hábito los frecuentes homicidios que se cometen en el Brasil. Los brasileños se valen del cuchillo con habilidad consumada; pueden arrojarlo a uña distancia bastante grande, con tanta fuerza y precisión, que casi siempre causan una herida mortal. He visto a un gran número de chicuelos ensayarse por juego en tirar el cuchillo; la facilidad con que los clavaban en un poste fijo en tierra, prometía para el porvenir. Mi compañero había matado la víspera a dos grandes monos portadores de barbas; estos animales tienen cola que les permite coger los objetos, cola cuyo extremo puede soportar aun el peso entero del cuerpo del animal después de su muerte. Uno de ellos quedó así fijo a una rama y hubo que cortar un árbol grueso para alcanzarle; lo cual se consiguió muy pronto.. Aparte de estos monos, sólo matamos algunos loritos verdes y algunos tucanes. Sin embargo, el conocimiento con el sacerdote portugués me fue de provecho, pues otra vez me regaló un hermoso ejemplar del gato Yaguarundi. ...

En la línea 93
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... La costumbre de llevar cuchillo es universal; por otra parte, las plantas trepadoras hacen indispensable su empleo en cuanto se quiere atravesar un bosque algo espeso; pero también puede atribuirse a este hábito los frecuentes homicidios que se cometen en el Brasil. Los brasileños se valen del cuchillo con habilidad consumada; pueden arrojarlo a uña distancia bastante grande, con tanta fuerza y precisión, que casi siempre causan una herida mortal. He visto a un gran número de chicuelos ensayarse por juego en tirar el cuchillo; la facilidad con que los clavaban en un poste fijo en tierra, prometía para el porvenir. Mi compañero había matado la víspera a dos grandes monos portadores de barbas; estos animales tienen cola que les permite coger los objetos, cola cuyo extremo puede soportar aun el peso entero del cuerpo del animal después de su muerte. Uno de ellos quedó así fijo a una rama y hubo que cortar un árbol grueso para alcanzarle; lo cual se consiguió muy pronto.. Aparte de estos monos, sólo matamos algunos loritos verdes y algunos tucanes. Sin embargo, el conocimiento con el sacerdote portugués me fue de provecho, pues otra vez me regaló un hermoso ejemplar del gato Yaguarundi. ...

En la línea 233
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... su adversario con las bolas, y de matar a éste con el chuzo mientras está cogido por la montura. Si las bolas no alcanzan sino al cuello o al cuerpo de un animal, se pierden a menudo; pues bien, como se necesitan dos días para redondear esas piedras, su fabricación es una fuente de trabajo continuo. Muchos de ellos, hombres y mujeres, se pintan de rojo la cara; pero nunca he visto aquí las bandas horizontales tan comunes entre los fueguinos. Su principal orgullo consiste en que todos los arneses de sus monturas sean de plata. En tratándose de un cacique, las espuelas, los estribos, las bridas del caballo, así como el mango del cuchillo, todo es de plata. Un día vi a un cacique a caballo; las riendas eran de hilo de plata y no más gruesas que una cuerda de látigo; no dejaba de presentar algún interés el ver a un caballo fogoso obedecer a una cadena tan ligera. ...

En la línea 7325
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Vivieron en paz en adelante, pero él vio siempre en ella a su señor de horca y cuchillo; tenía su honor en las manos; podía perderle. ...

En la línea 10559
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester y las maquinaciones de los conjurados del Casino. ...

En la línea 13807
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia Quintanar que sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía un cuchillo aprobaba con la cabeza. ...

En la línea 13821
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Pues bueno, la aldeana, como es natural también, coge un cuchillo. ...

En la línea 1145
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Su primer movimiento hacia atrás hizo vacilar a las máquinas inmóviles en el aire; pero estas, pasada la sorpresa, tiraron todas a la vez en dirección opuesta. El pobre gigante no pudo resistirse a las energías mecánicas conjuradas contra el; se sintió empujado brutalmente, hasta caer al suelo, y luego arrastrado un largo espacio, derramando sobre la huella que dejaba su cuerpo dos regueros de sangre. Los hilos metálicos partían sus carnes como el filo de un cuchillo. ...

En la línea 1886
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara. Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de dómine: «Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor y cuchillo, no con tenedor sólo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa y en otras cosas más». ...

En la línea 1975
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... «¡Papitos… !» gritó la señora, y al punto se oyeron las patadas de la chica en el pasillo como las de un caballo en el Hipódromo. Presentose con una patata en la mano y el cuchillo en la otra. ...

En la línea 2794
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Luego que pasaron, alguien cerró. En aquella morada reinaba una discreción alevosa. Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a la cual había una alcoba perfectamente arreglada. Sentáronse en el sofá y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto desvarío en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda idea moral había desaparecido como un sueño borrado del cerebro al despertar; su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se había alejado y puéstose a millones de leguas, en punto donde ni aun el pensamiento lo podía seguir. Su amante le dijo con simpática voz: «¡cuánto tenemos que hablar!» y a ella le entró una risa convulsiva, que difícilmente podía expresarse: «Ji ji ji… ¡tres años!… no, más años, más porque ji ji ji… ¿Ves cómo tiemblo? No sé lo que me pasa… pues sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji… Juárez el Negro, te vi y no te vi… y siempre él delante, y un día que le dije que te quería, sacó un cuchillo muy grande, ji ji ji… y me quiso matar… Yo muriéndome por hablarte y él que no… que no… Nuestro nenín muerto, y yo más muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza… besos por el aire… ji ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento, también… ji ji ji… besos por el aire… y tú sin acordarte de mí, malo… ». ...

En la línea 4192
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Sí, a las diez y media. Parecía que estaba esperando a que llegara yo para morirse… ¡pobrecilla! Vengo horrorizada. Si yo lo sé, no parezco por allá. Estos cuadros no son para mí. Cuando llegué estaba en su sano juicio. ¡Preguntome por ti con un interés… ! Dijo que te quería más que a nadie, y que en cuantito que entrara en el Cielo, le iba a pedir al Señor que te hiciera feliz. Yo, francamente, al oír esto, vi que estaba fatal, y Severiana me dijo que anoche creyeron por dos o tres veces que se les quedaba en las manos. Le dieron congojas tan fuertes, que se le acababa la respiración… Noté también que su voz parecía salir del hueco de un cántaro muy hondo, y sonaba como lejos… La cara la tenía muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes. Guillermina estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos, diciéndole que pensara en Dios, que padeció tanto por salvarnos a nosotros… De repente, se descompuso, hija; ¡pero de qué manera… ! se quedó amoratada, empezó a dar manotazos y a echar por aquella boca unas flores, ¡unas berzas… ! Era un horror. En esto llegó el Padre Nones, a quien Guillermina había mandado llamar para que la auxiliase; pero todo inútil. Ni la pobre enferma podía oír lo que le decían, ni estaba su cabeza para cosas de religión. La santa tuvo una idea feliz. Le dio a beber una copa de Jerez, llena hasta los bordes. Mauricia apretaba los dientes; pero al fin, debió darle en la nariz el olorcillo, porque abriendo la bocaza, se lo atizó de un trago. ¡Cómo se relamía la infeliz! Se calmó y ¡pum!, la cabeza en la almohada. Entonces Guillermina, poniéndole una cruz entre las manos, le preguntaba si creía en Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santísima Virgen, y a tales y cuales santos del Cielo, y contestaba ella que sí moviendo la cabeza… El Padre Nones estaba de rodillas, reza que te reza. Encendieron una vela, y te aseguro que el tufillo de la cera, los rezos y aquel espectáculo me levantaron el estómago y me han puesto los nervios como cuerdas de guitarra. Yo no quería mirar; pero la curiosidad… eso es lo que tiene… me hacía mirar. Los ojos de Mauricia se le habían hundido hasta ponérsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se le afiló como un cuchillo. Guillermina, alzando la voz, decíale que se abrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba por irse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacían a una llorar. La cabeza de Mauricia se iba quedando quieta, quieta… Luego la vimos mover los labios, y sacar la punta de la lengua como si quisiera relamerse… Dejó oír una voz que parecía venir, por un tubo, del sótano de la casa. A mí me pareció que dijo: más, más… Otras personas que allí había aseguran que dijo: ya. Como quien dice: «Ya veo la gloria y los ángeles». Bobería; no dijo sino más… a saber, más Jerez. Guillermina y Severiana le acercaron un espejo a la cara y lo tuvieron un ratito… Después todos empezaron a hablar en alta voz. Ya estaba Mauricia en el otro mundo; se había quedado de un color violado tirando a azul. A los diez minutos su fisonomía estaba tan variada, que si la ves no la conoces. ...

En la línea 950
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –Duerme; duerme profundamente –dijo–. Y el ceño desapareció de su frente, cediendo a una expresión de satisfacción malvada. El rostro del dormido niño se iluminaba con una sonrisa. El ermitaño refunfuñó: –Su corazón es felíz–. Y se alejó. Furtivamente empezó a dar vueltas, buscando algo por todas partes, deteniéndose a veces a escuchar, y a veces volteando a su alrededor para echar una mirada rápida a la cama, y hablando sin cesar entre dientes. Por fin encontró, lo que necesitaba: un enorme cuchillo mohoso y una piedra de afilar. Se acuclilló junto al fuego y empezó a afilar el cuchillo suavemente sin dejar de musitar, refunfuñar y rezongar… ...

En la línea 951
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Suspiraba el viento en torno del solitario paraje, y las misteriosas voces de la noche flotaban a distancia. Los vivarachos ojos de osados ratones contemplaban al viejo desde sus nidos, pero el ermitaño proseguía su obra, abstraído, absorto y sin darse cuenta de nada. A largos intervalos deslizaba el pulgar por el filo del cuchillo, y movía la cabeza con aire de satisfacción. ...

En la línea 957
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... El rey se agitó un momento, y el ermitaño acorcóse sin hacer ruido al lado, de su lecho y se arrodilló, inclinándose sobre el cuerpo del niño con el cuchillo levantado. Eduardo volvió a moverse y sus ojos se abrieron un instante, pero dormidos, sin ver nada. Y al momento su respiración acompasada mostró que su sueño volvía a ser profundo. ...

En la línea 963
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... El anciano se apartó, agachado, cautelosamente, como un gato, y acercó el banco. Se sentó en él, con medio cuerpo expuesto a la débil y vacilante luz, y el otro medio en las sombras; y así, con la mirada clavada en el dormido niño, prosiguió su paciente vela, sin cuidarse del paso del tiempo y sin cesar de afilar suavemente el cuchillo, en tanto que no paraba de refunfuñar y hacer gestos. Por su aspecto y su actitud no parecía sino una araña horrible y misteriosa, que se ensañara sobre un desdichado insecto preso en su tela e indefenso. ...

En la línea 410
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -¡Por fin se ve! -exclamó Ned Land, quien, cuchillo en mano, mostraba una actitud defensiva. ...

En la línea 455
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Los platos, cubiertos por una tapa de plata, habían sido colocados simétricamente sobre el mantel. Nos sentamos a la mesa. Decididamente, teníamos que vérnoslas con gente civilizada, y de no ser por la luz eléctrica que nos inundaba, hubiera podido creerme en el comedor del hotel Adelhi, en Liverpool, o del Gran Hotel, en París. Sin embargo, debo decir que faltaban por completo al pan y el vino. El agua era fresca y límpida, pero era agua, lo que no fue del gusto de Ned Land. Entre los platos que nos sirvieron reconocí diversos pescados delicadamente cocinados, pero hubo otros sobre los que no pude pronunciarme, aunque eran excelentes, hasta el punto de que hubiera sido incapaz de afirmar si su contenido pertenecía al reino vegetal o al animal. En cuanto al servicio de mesa, era elegante y de un gusto perfecto. Cada utensilio, cuchara, tenedor, cuchillo y plato, llevaba una letra rodeada de una divisa, cuyo facsímil exacto helo aquí: ...

En la línea 1831
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -¿Para qué? ¿No atacan los montañeses al oso con un puñal? ¿No es más seguro el acero que el plomo? He aquí un buen cuchillo. Póngaselo en su cinturón y partamos. ...

En la línea 1850
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Las dos valvas del molusco estaban entreabiertas. El capitán se aproximó e introdujo su puñal entre las conchas para impedir que se cerraran; luego, con la mano, levantó la túnica membranosa con franjas en los bordes que formaban el manto del animal. Entre los pliegues foliáceos vi una perla libre del tamaño de un coco. Su forma globular, su perfecta limpidez, su admirable oriente hacían de ella una joya de un precio inestimable. Llevado de la curiosidad, extendí la mano para cogerla, para sopesarla, para palparla. Pero el capitán Nemo me contuvo con un gesto negativo, y retirando su cuchillo con un rápido gesto dejó que las valvas se cerraran súbitamente. ...

En la línea 72
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Mi hermana tenía un modo agresivo e invariable de cortar nuestro pan con manteca. Primero, con su mano izquierda, agarraba con fuerza el pan y lo apoyaba en su peto, por lo que algunas veces se clavaba en aquél un alfiler o una aguja que más tarde iban a parar a nuestras bocas. Luego tomaba un poco de manteca, nunca mucha, por medio de un cuchillo, y la extendía en la rebanada de pan con movimientos propios de un farmacéutico, como si hiciera un emplasto, usando ambos lados del cuchillo con la mayor destreza y arreglando y moldeando la manteca junto a la corteza. Hecho esto, daba con el cuchillo un golpe final en el extremo del emplasto y cortaba la rebanada muy gruesa, pero antes de separarla por completo del pan la partía por la mitad, dando una parte a Joe y la otra a mí. ...

En la línea 72
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Mi hermana tenía un modo agresivo e invariable de cortar nuestro pan con manteca. Primero, con su mano izquierda, agarraba con fuerza el pan y lo apoyaba en su peto, por lo que algunas veces se clavaba en aquél un alfiler o una aguja que más tarde iban a parar a nuestras bocas. Luego tomaba un poco de manteca, nunca mucha, por medio de un cuchillo, y la extendía en la rebanada de pan con movimientos propios de un farmacéutico, como si hiciera un emplasto, usando ambos lados del cuchillo con la mayor destreza y arreglando y moldeando la manteca junto a la corteza. Hecho esto, daba con el cuchillo un golpe final en el extremo del emplasto y cortaba la rebanada muy gruesa, pero antes de separarla por completo del pan la partía por la mitad, dando una parte a Joe y la otra a mí. ...

En la línea 238
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Mi hermana salió a buscarlo, y oí sus pasos cuando se dirigía a la despensa. Vi como el señor Pumblechook tomaba el cuchillo, y observé en la romana nariz del señor Wopsle un movimiento indicador de que volvía a despertarse su apetito. Oí que el señor Hubble hacía notar que un poquito de sabroso pastel de cerdo les sentaría muy bien sobre todo lo demás y no haría daño alguno. También Joe me prometió que me darían un poco. No sé, con seguridad, si di un grito de terror mental o corporalmente, de modo que pudiesen oírlo mis compañeros de mesa, pero lo cierto es que no me sentí con fuerzas para soportar aquella situación y me dispuse a echar a correr. Por eso solté la pata de la mesa y emprendí la fuga. ...

En la línea 1395
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Empezaba ya a ser innecesaria mi respuesta de que podía estrecharme la mano, y por eso lo hizo en seguida, y no pude averiguar cómo logró hacerlo tantas veces sin herirse con mi cuchillo. ...

En la línea 209
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... La excesiva atención que prestaban a la grave situación de sus asuntos los hacía insensibles al sufrimiento de sus animales. La teoría de Hal, que él aplicaba a los demás, era que había que endurecerse. Había empezado por predicársela a su hermana y a su cuñado. Como no encontró eco, se la inculcaba a los perros con el garrote. En Five Fingers se acabó la comida para los perros, y una vieja india desdentada les ofreció unos kilos de pellejo de equino congelado a cambio del revólver Colt que Halt llevaba en la cadera junto con el cuchillo de caza. Pobre substituto del alimento eran aquellas tiras de pellejo, conservadas tal como habían sido arrancadas seis meses antes a los caballos muertos de hambre de unos ganaderos. Congeladas, más parecían de hierro galvanizado, y, cuando un perro conseguía con gran esfuerzo metérselas en el estómago, se descongelaban y se convertían en delgadas e insulsas cintas correosas y en una masa de cerdas caballares irritantes e indigestas. ...

En la línea 226
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Thornton estaba entre él y Buck y no mostraba la menor intención de quitarse de en medio. Hal sacó el largo cuchillo de caza. Mercedes chillaba, gritaba, reía, abandonada a su histeria. Con el mango del hacha, Thornton golpeó los nudillos de Hal, y el cuchillo que había soltado cayó al suelo. Y cuando intentó recogerlo, volvió a golpearlos. Luego se agachó, lo cogió él y, de un par de tajos, cortó las riendas de Buck. ...

En la línea 226
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Thornton estaba entre él y Buck y no mostraba la menor intención de quitarse de en medio. Hal sacó el largo cuchillo de caza. Mercedes chillaba, gritaba, reía, abandonada a su histeria. Con el mango del hacha, Thornton golpeó los nudillos de Hal, y el cuchillo que había soltado cayó al suelo. Y cuando intentó recogerlo, volvió a golpearlos. Luego se agachó, lo cogió él y, de un par de tajos, cortó las riendas de Buck. ...

Errores Ortográficos típicos con la palabra Cuchillo

Cómo se escribe cuchillo o kuchillo?
Cómo se escribe cuchillo o sushillo?
Cómo se escribe cuchillo o cuchiyo?
Cómo se escribe cuchillo o cucillo?

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