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La palabra ponerrse
Cómo se escribe

Comó se escribe ponerrse o ponerse?

Cual es errónea Ponerse o Ponerrse?

La palabra correcta es Ponerse. Sin Embargo Ponerrse se trata de un error ortográfico.

La falta ortográfica detectada en la palabra ponerrse es que se ha eliminado o se ha añadido la letra r a la palabra ponerse

Más información sobre la palabra Ponerse en internet

Ponerse en la RAE.
Ponerse en Word Reference.
Ponerse en la wikipedia.
Sinonimos de Ponerse.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Ponerse

Cómo se escribe ponerse o ponerrse?
Cómo se escribe ponerse o ponerze?


la Ortografía es divertida


Mira que burrada ortográfica hemos encontrado con la letra r

Reglas relacionadas con los errores de r

Las Reglas Ortográficas de la R y la RR

Entre vocales, se escribe r cuando su sonido es suave, y rr, cuando es fuerte aunque sea una palabra derivada o compuesta que en su forma simple lleve r inicial. Por ejemplo: ligeras, horrores, antirreglamentario.

En castellano no es posible usar más de dos r


El Español es una gran familia

Algunas Frases de libros en las que aparece ponerse

La palabra ponerse puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 1881
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse en salvo inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían por la cuesta de la viña. ...

En la línea 2782
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Por eso la reina os quedará más agradecida, puesto que sabe vuestra antipatía por ese placer; además, será una ocasión para ella de ponerse esos bellos herretes de diamantes que acabáis de darle por su cumpleaños el otro día, y que aún no ha tenido tiempo de ponerse. ...

En la línea 2782
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -Por eso la reina os quedará más agradecida, puesto que sabe vuestra antipatía por ese placer; además, será una ocasión para ella de ponerse esos bellos herretes de diamantes que acabáis de darle por su cumpleaños el otro día, y que aún no ha tenido tiempo de ponerse. ...

En la línea 3374
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Al cabo de dos h oras, como Porthos no llegaba, ni noticia alguna de él, volvieron a ponerse en ca mino. ...

En la línea 4088
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Volvió a ponerse en su sitio, empezando a inquietarse por aquel silencio y aquella soledad. ...

En la línea 1568
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Tiene garras y dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez, les quedan muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. ...

En la línea 1627
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor posible con la capa vieja del gitano, que aun traía conmigo; pero resultó escasa defensa contra la inclemente noche. ...

En la línea 2294
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... ¡Entonces había que ver a esos perros de nacionales correr por las calles para ponerse en salvo! ¡Había que verlo, _don Jorge_! Los que me encontraban a la vuelta de una esquina se olvidaban de gritar: _¡Hola, carlista!_, y de sus amenazas de apalearme. ...

En la línea 3307
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Poco antes de ponerse el sol llegamos a Nogales, aldea situada en un angosto valle, al pie de la montaña en cuya travesía habíamos gastado el día entero. ...

En la línea 399
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Acomodóse asimesmo de una rodela, que pidió prestada a un su amigo, y, pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora que pensaba ponerse en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era menester. ...

En la línea 1269
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener la furia de su carrera, le dijo: -¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe! El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza, si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento. ...

En la línea 1443
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto que, sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de una lanzada; y avínole bien, que éste era el de la escopeta. ...

En la línea 1830
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Y fue que dijo al barbero que lo que había pensado era que él se vestiría en hábito de doncella andante, y que él procurase ponerse lo mejor que pudiese como escudero, y que así irían adonde don Quijote estaba, fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pediría un don, el cual él no podría dejársele de otorgar, como valeroso caballero andante. ...

En la línea 237
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Hízose entrar en un corral un rebaño de caballos salvajes y luego se abrió una puerta cuyos montantes estaban unidos en lo alto por una barra de madera. Se convino en que quien, saltando desde la barra, consiguiera ponerse a horcajadas encima de uno de esos animales indómitos en el momento de escaparse del corral y además lograra sostenerse sin silla ni brida sobre el lomo del caballo y volviese a entrarlo, sería elegido general. ...

En la línea 358
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Pasamos la noche en la posta; la conversación, como siempre, versa acerca de los indios. Antiguamente la sierra Ventana era uno de sus puestos favoritos, y hace tres o cuatro años se ha peleado mucho en este sitio. Mi guía estuvo en uno de esos combates, donde muchos indios perdieron la vida. Las mujeres lograron llegar a la cima del monte y allí se defendieron con bravura, haciendo caer grandes piedras sobre los soldados. Muchas de ellas acabaron por ponerse a salvo. ...

En la línea 500
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Durante mi residencia en esa estancia estudié con cuidado los perros de pastor del país, y este estudio me interesó mucho3. Encuéntrase a menudo, a la distancia de una o dos millas de todo hombre o de toda casa, un gran rebaño de carneros guardado por uno o dos perros. ¿Cómo puede establecerse una amistad más firme? Esto era motivo de asombro para mí. El modo de educarlos consiste en separar al cachorro de su madre y acostumbrarle a la sociedad de sus futuros compañeros. Se le lleva una oveja para hacerle mamar tres o cuatro veces diarias; se le hace acostarse en una cama guarnecida de pieles de carnero; se le separa en absoluto de los demás perros. Aparte de eso, se le suele castrar cuando aún es joven; de suerte que cuando se hace grande, ya no puede tener gustos comunes con los de su especie. Por lo tanto, no le queda deseo ninguno de abandonar el rebaño; y así como el perro ordinario se apresura a defender a su amo, el hombre, de la misma manera éste defiende a los carneros. Es muy divertido, al acercarse a éstos, observar con qué furor se pone a ladrar el perro y cómo van a ponerse los carneros detrás de él, cual si fuese el macho más viejo del rebaño. También se enseña con mucha facilidad a un perro a traer el rebaño al aprisco a una hora determinada de la noche. Estos perros no tienen más que un defecto durante su juventud, y es el de jugar demasiado frecuentemente con los carneros, pues en sus juegos hacen galopar de una forma terrible a sus pobres súbditos. ...

En la línea 542
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... Cuando las olas emiten una brillante luz verde, creo que la fosforescencia se debe por lo general a la presencia de pequeños crustáceos; pero no puede ponerse en duda que otros muchos animales marinos son fosforescentes durante su vida. ...

En la línea 3841
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... La orla de álamos que se veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la naturaleza en torno del manantial. ...

En la línea 3879
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se desvanecen. ...

En la línea 6203
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar al cortés saludo de Mesía. ...

En la línea 6210
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel hombre; que las miradas que podían haberle envalentonado no eran compromisos de los que echa en cara ningún hombre de mundo. ...

En la línea 593
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Todas las soluciones Importantes de los soberanos y hasta los asuntos de su vida corriente, como, por ejemplo, la recepción de un embajador, un pequeño viaje, o el tomar una medicina, se determinaban consultando antes a las estrellas. Tal era la superstición sideral, que entre las gentes ricas nadie se atrevía a comer, a ponerse un vestido nuevo o a intentar cosa alguna sin estudiar los astros. ...

En la línea 637
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Negaba a Dios, según el Papa, afirmando que no hay otro mundo fuera de este visible; que el alma muere con el cuerpo y el hombre puede entregarse a todos los deleites, sin miedo a los mandamientos divinos, cuidándose sólo de no ponerse en connoto con la Justicia criminal del Estado. Eran epicúreos, según las doctrinas de Lorenzo Valla, expuestas en su libro Sobre el placer. Comían carne en días de vigilia e insultaban a los sacerdotes por ser inventores de los ayunos y haber prohibido que se tomasen más de una compañera. Reproducían las doctrinas del misterioso libro Los tres impostores, del que tanto se había hablado en la Edad Media, afirmando que Moisés engañó a los hombres con sus leyes. Cristo fue un adormecedor de pueblos y Mahoma hombre de gran espíritu pero asimismo engañador. «Se avergüenzan de sus nombres cristianos—continuaba el Papa—, prefiriendo otros gentílicos, y se permiten también los más escandalosos vicios de la antigüedad.» ...

En la línea 1020
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Aunque consiguió ponerse en salvo, tuvo que dejar en manos del enemigo todos los bagajes de su ejército, así como el botín robado en Nápoles. Hasta los objetos personales del monarca quedaron abandonados en el campo de batalla, especialmente una colección de pinturas representando a todas las beldades conocidas por Carlos VIII en Italia. ...

En la línea 1194
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Los Borgias asesinos y envenenadores podían haber matado muchas veces a este calumniador valiéndose del puñal de un esbirro o de su famoso veneno, inventado por la fantasía de los enemigos. Sin embargo, Juan Sforza siguió viviendo, y del único que procuró librarse fue de su antiguo cuñado. Sólo osaba viajar por Italia cuando César estaba muy lejos. Durante las campañas militares del joven Borgia el señor de Pésaro se guardó muy bien de ponerse a su alcance, huyendo de su persona como de la hidra. ...

En la línea 837
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Gillespie también excusó tal egoísmo; lo mismo le ocurría a el cuando hablaba con miss Margaret. Pero aquella mañana sentía un vivo deseo de ponerse en comunicación con estos dos seres que reproducían su propia existencia como una miniatura reproduce un rostro humano. ...

En la línea 1624
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Empezaba a ponerse el sol, cuando Gillespie pasó a la popa con la cajita en su diestra. Ra-Ra, como si presintiese el peligro, se puso de pie, y al fijarse en la mano del gigante adivinó su intención, gritando con voz desesperada: ...

En la línea 177
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia. Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente, Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida. Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico. Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de inquisidora. ...

En la línea 267
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres. Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo pasando por las tripas de la cabra?». ...

En la línea 395
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendió, y trataba de librar a su esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo merecía. Para esto ponía en funciones toda la maquinaria más brillante que sólida de su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en someras lecturas. «Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna con las ideas puras. Buenos andaríamos… No soy tan culpable como parece a primera vista; fíjate bien. Las diferencias de educación y de clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las relaciones humanas. Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad. La conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte están escritas; pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas cometí, ¿quién lo duda?, pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que hubiera cumplido mis compromisos con la Pitusa… No te quiero decir más. Veo que te ríes. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una locura recorrer lo que, visto de allá, parecía el camino derecho. Visto de acá, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido son según de donde se mire. No había, pues, más remedio que hacer lo que hice, y salvarme… Caiga el que caiga. El mundo es así. Debía yo salvarme, ¿sí o no? Pues debiendo salvarme, no había más remedio que lanzarme fuera del barco que se sumergía. En los naufragios siempre hay alguien que se ahoga… Y en el caso concreto del abandono, hay también mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por sí. Hay que ver los hechos… Yo la busqué para socorrerla; ella no quiso parecer. Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la buscaba». ...

En la línea 428
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso que no tenía gusto para nada. La envidiada de todos, envidiaba a cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos, vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener uno solo, sino que quería verse rodeada de una serie, desde el pillín de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles; las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los actores y enfureciendo al público… todos, en una palabra, le interesaban igualmente. ...

En la línea 1465
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Hendon se retiró al lugar indicado, que era un hueco en la pared de palacio, con un banco de piedra, que servía de refugio a los centinelas cuando hacía mal tiempo. Apenas se había sentado, unos alabarderos, al mando de un oficial, pasaron por allí. El oficial lo vio, detuvo a sus hombres y ordenó a Hendon que lo siguiera. Él obedeció, y al instante lo arrestaron como individuo sospechoso que rondaba por las inmediaciones de palacio. Las cosas empezaban a ponerse feas. El pobre Miles iba a explicarse, pero el oficial le hizo callar ásperamente y ordenó a sus hombres que lo desarmaran y lo registrasen. ...

En la línea 1249
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... Así llegó a aquel recatado jardincillo que había en la solitaria plaza del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, a iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva, atraíanle con un misterioso tiro. En sus copas cantaban algunos pájaros urbanos también, de esos que aprenden a huir de los niños y alguna vez a acercarse a los ancianos que les ofrecen unas migas de pan. ...

En la línea 1531
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... «Pero… ¿y si, volviéndose atrás de lo que me dijo –pensó luego–, me dice que sí y me acepta como novio, como futuro marido? Porque hay que ponerse en todo. ¿Y si me acepta?, digo. ¡Me fastidia! ¡Me pesca con mi propio anzuelo! ¡Eso sí que sería el pescador pescado! Pero ¡no, no!, ¡no puede ser! ¿Y si es? ¡Ah! entonces no queda sino resignarse. ¿Resignarse? Sí, resignarse. Hay que saber resignarse a la buena fortuna. Y acaso la resignación a la dicha es la ciencia más difícil. ¿No nos dice Píndaro que las desgracias todas de Tántalo le provinieron de no haber podido digerir su felicidad? ¡Hay que digerir la felicidad! Y si Eugenia me dice que sí, si me acepta, entonces… ¡venció la psicología! ¡Viva la psicología! Pero ¡no, no, no! No me aceptará, no puede aceptarme, aunque sólo sea por salirse con la suya. Una mujer como Eugenia no da su brazo a torcer; la Mujer, cuando se pone frente al Hombre a ver cuál es de más tesón y constancia en sus propósitos, es capaz de todo. ¡No, no me aceptará!» ...

En la línea 2145
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... Intentó ponerse en pie Augusto. ...

En la línea 2252
del libro Niebla
del afamado autor Miguel De Unamuno
... »¡Y es claro, el perro que se pone en dos pies va enseñando impúdica, cínicamente, sus vergüenzas, de cara! Así hizo el hombre al ponerse de pie, al convertirse en un mamífero vertical, y sintió al punto vergüenza y la necesidad moral de taparse las vergüenzas que enseñaba. Y por eso dice su Biblia, según les he oído, que el primer hombre, es decir, el primero de ellos que se puso a andar en dos pies, sintió vergüenza de presentarse desnudo ante su Dios. Y para eso inventaron el vestido, para cubrirse el sexo. Pero como empezaron vistiéndose lo mismo ellos y ellas, no se distinguían entre sí, no se conocían siempre y bien el sexo, y de aquí mil atrocidades… humanas, que ellos se empeñan en llamar perrunas o cínicas. Ellos, los hombres, que son quienes nos han pervertido a los perros, quienes nos han hecho perrunos, cínicos, que es nuestra hipocresía. Porque el cinismo es en el perro hipocresía, así como en el hombre la hipocresía es cinismo. Nos hemos contagiado unos a otros. ...

En la línea 473
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —Pudiera ser, porque el viento soplaba de Levante —contestó Sandokán, que principiaba a ponerse en guardia, sin saber adónde iba a parar el oficial. ...

En la línea 777
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... Durante el día el viento decayó varias veces, pero por la tarde, al ponerse el sol, sopló un viento fresco que empujó rápidamente la canoa hacia el Poniente. ...

En la línea 897
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —Como resultó infructuosa la persecución —prosiguió el caporal—, quedamos acampados cerca de la quinta para protegerla contra el probable asalto de los piratas de Mompracem. Corrían noticias poco tranquilizadoras. Se decía que había habido un desembarco y que el Tigre estaba oculto en los bosques, dispuesto a raptar a lady Mariana. Lord Guillonk decidió retirarse a Victoria para ponerse bajo la protección de los cruceros y de los fuertes. ...

En la línea 1038
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... El velero viró y emprendió su carrera hacia el norte. Yáñez y Sandokán se ocultaron bajo las enormes plantas para ponerse a cubierto de la lluvia, que caía a torrentes. ...

En la línea 1798
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Bien, ¡con un buen arpón! ¿Sabe usted, señor profesor? Los tiburones tienen un defecto, y es que necesitan ponerse tripa arriba para clavarle los dientes, y mientras tanto… ...

En la línea 2352
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Venga entonces conmigo a ponerse la escafandra. ...

En la línea 2456
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Me incorporé del todo. El mar se precipitaba como un torrente en nuestro refugio. Decididamente, como no éramos moluscos, había que ponerse a salvo. En unos instantes nos hallamos en seguridad sobre la cima misma de la gruta. ...

En la línea 2800
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Las morsas se parecen a las focas por la forma de sus cuerpos y por la disposición de sus miembros. Pero su mandíbula inferior carece de caninos y de incisivos, y los caninos superiores son dos defensas de ochenta centímetros de largo y de treinta y tres en la circunferencia de sus alvéolos. Estos colmillos, de un marfil compacto y sin estrías, más duros que los de los elefantes y menos susceptibles de ponerse amarillos, son muy buscados. Por ello, las morsas son víctimas de una caza desconsiderada que no tardará en llevarlas a su total aniquilación, pues los cazadores vienen abatiendo cada año más de cuatro mil, sin respetar ni a las hembras preñadas ni a los jóvenes. ...

En la línea 943
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Fue una prueba para mis sentimientos cuando, al día subsiguiente, vi que Joe se ponía su traje dominguero para acompañarme a casa de la señorita Havisham. Aunque él creía necesario ponerse el traje de las fiestas, no me atreví a decirle que tenía mucho mejor aspecto con el de faena, y más todavía cerré los labios porque me di cuenta de que se resignaba a sufrir la incomodidad de su traje nuevo exclusivamente en mi beneficio y que también por mí se puso el cuello tan alto que el cabello de la coronilla le quedó erizado como si fuese un moño de plumas. ...

En la línea 1123
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Confieso que esperaba que mi hermana le acusara y que sentí el mayor desencanto al comprobar que no ocurría tal cosa. Ella manifestó el mayor deseo de reconciliarse con él y mostró la mayor satisfacción por tenerlo delante; además indicó que le diésemos algo que beber. Le observaba con la mayor atención, como deseosa de cerciorarse de que aceptaba de buena gana aquella acogida, y exteriorizó cuanto le fue posible el deseo de congraciarse con él, cual pudiera hacerlo un niño que quiere ponerse a bien con un maestro de mal carácter. A partir de entonces, raro era el día en que mi hermana dejaba de dibujar el martillo en la pizarra y que Orlick no apareciese andando encorvado, para permanecer un rato ante ella, como si no supiese más que yo mismo qué pensar de todo aquello. ...

En la línea 1399
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... - ¡Ah! - exclamó el señor Pumblechook apoyándose en el respaldo de la silla y penetrado de admiración -. ¡Cuánta nobleza hay en usted, caballero!-No sé a qué caballero se refería, pero, ciertamente, no era yo, aunque no había allí otra tercera persona - ¡Cuánta nobleza hay en usted! ¡Siempre afable y siempre indulgente! Tal vez -dijo el servil Pumblechook dejando sobre la mesa su vaso lleno, en su apresuramiento para ponerse en pie -, tal vez ante una persona vulgar yo parecería pesado, pero… En cuanto me hubo estrechado la mano, volvió a sentarse y bebió a la salud de mi hermana. - Estaríamos ciegos - dijo entonces - si olvidásemos el mal caracter que tenía; pero hay que confesar también que sus intenciones siempre eran buenas. ...

En la línea 1407
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Dando una gran vuelta por todas las callejuelas, me dirigí a casa de la señorita Havisham y, muy molesto por los guantes que llevaba, tiré del cordón de la campana. Acudió Sara Pocket a la puerta y retrocedió al verme tan cambiado; y hasta su rostro, de color de cáscara de nuez, dejó de ser moreno para ponerse verde y amarillo. ...

En la línea 258
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... La carta de su madre había caído sobre él como un rayo. Era evidente que ya no había tiempo para lamentaciones ni penas estériles. No era ocasión de ponerse a razonar sobre su impotencia, sino que debía obrar inmediatamente y con la mayor rapidez posible. Había que tomar una determinación, una cualquiera, costara lo que costase. Había que hacer esto o… ...

En la línea 420
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑¡Qué miedo le tiene a Alena Ivanovna! ‑exclamó la esposa del comerciante, que era una mujer de gran desenvoltura y voz chillona‑. Cuando la veo ponerse así, me parece estar mirando a una niña pequeña. Al fin y al cabo, esa mujer que la tiene en un puño no es más que su medio hermana. ...

En la línea 484
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Su corazón latía con violencia. En la escalera reinaba la calma más absoluta; la casa entera parecía dormir… La idea de que había estado sumido desde el día anterior en un profundo sueño, sin haber hecho nada, sin haber preparado nada, le sorprendió: su proceder era absurdo, incomprensible. Sin duda, eran las campanadas de las seis las que acababa de oír… Súbitamente, a su embotamiento y a su inercia sucedió una actividad extraordinaria, desatinada y febril. Sin embargo, los preparativos eran fáciles y no exigían mucho tiempo. Raskolnikof procuraba pensar en todo, no olvidarse de nada. Su corazón seguía latiendo con tal violencia, que dificultaba su respiración. Ante todo, había que preparar un nudo corredizo y coserlo en el forro del gabán. Trabajo de un minuto. Introdujo la mano debajo de la almohada, sacó la ropa interior que había puesto allí y eligió una camisa sucia y hecha jirones. Con varias tiras formó un cordón de unos cinco centímetros de ancho y treinta y cinco de largo. Lo dobló en dos, se quitó el gabán de verano, de un tejido de algodón tupido y sólido (el único sobretodo que tenía) y empezó a coser el extremo del cordón debajo del sobaco izquierdo. Sus manos temblaban. Sin embargo, su trabajo resultó tan perfecto, que cuando volvió a ponerse el gabán no se veía por la parte exterior el menor indicio de costura. El hilo y la aguja se los había procurado hacía tiempo y los guardaba, envueltos en un papel, en el cajón de su mesa. Aquel nudo corredizo, destinado a sostener el hacha, constituía un ingenioso detalle de su plan. No era cosa de ir por la calle con un hacha en la mano. Por otra parte, si se hubiese limitado a esconder el hacha debajo del gabán, sosteniéndola por fuera, se habría visto obligado a mantener continuamente la mano en el mismo sitio, lo cual habría llamado la atención. El nudo corredizo le permitía llevar colgada el hacha y recorrer así todo el camino, sin riesgo alguno de que se le cayera. Además, llevando la mano en el bolsillo del gabán, podría sujetar por un extremo el mango del hacha e impedir su balanceo. Dada la amplitud de la prenda, que era un verdadero saco, no había peligro de que desde el exterior se viera lo que estaba haciendo aquella mano. ...

En la línea 3249
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Ha tenido usted un amago de ataque ‑dijo Porfirio Petrovitch afectuosamente y, al parecer, muy turbado‑. Se mortifica usted de tal modo, que volverá a ponerse enfermo. No comprendo que una persona se cuide tan poco. A usted le pasa lo que a Dmitri Prokofitch. Precisamente ayer vino a verme. Yo reconozco que está en lo cierto cuando me dice que tengo un carácter cáustico, es decir, malo. Pero ¡qué deducciones ha hecho, Señor! Vino cuando usted se marchó, y durante la comida habló tanto, que yo no pude hacer otra cosa que abrir los brazos para expresar mi asombro. «¡Qué ocurrencia! ‑pensaba‑. ¡Señor! ¡Dios mío!» Le envió usted, ¿verdad… ? Pero siéntese, amigo mío; siéntese, por el amor de Dios. ...

En la línea 644
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... La policía del casino está, por otra parte, bastante bien organizada. Naturalmente, no es posible evitar las apreturas. La afluencia beneficia a la banca, que gana en proporción al número de jugadores. Los ocho croupieres que están sentados en torno de la mesa no pierden de vista las posturas. Como son ellos lo que pagan las ganancias, hacen de árbitros, con conocimiento de causa, en las disputas eventuales. En último término se llama a la policía y se arregla la cuestión. Los agentes, que van vestidos de paisano, se mezclan con los espectadores, y así nadie puede conocerlos. Vigilan especialmente a los ladrones y rateros profesionales que pululan en la ruleta, donde pueden ejercer con facilidad su industria; en efecto, en cualquier otra parte es preciso explorar los bolsillos y forzar cerraduras, lo que, en caso de fracaso, proporciona graves molestias. Aquí, por el contrario, basta con acercarse al tapete verde, ponerse a jugar y, de pronto, ostensiblemente, dejar caer la mano sobre la ganancia ajena y metérsela en el bolsillo. En caso de reclamación, el ladrón jura por lo más sagrado que aquella postura… le pertenece. ...

En la línea 1304
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Desde que el general apareció en nuestra casa, Blanche empezó a ponerse a su favor. Recurrió incluso a la elocuencia; me recordó que le había engañado por mi causa, que era casi su novia, y que habiendo dado su palabra, él había abandonado a su familia, que yo había estado a su servicio y debí tener esto en cuenta. ¿Cómo no me daba vergüenza? Acabé tomando a risa sus frases, y las cosas quedaron así. Al principio se figuraba ella que yo era un imbécil, pero luego, al final, reconoció que tenía buen carácter. Tuve la suerte de ganarme la simpatía de aquella excelente muchacha. Aunque tarde, reconocía sus méritos. ...

En la línea 1323
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... —Pero, si a él le da por ponerse celoso, si exige… Dios sabe qué… ¿comprendes? ...

En la línea 1119
del libro Fantina Los miserables Libro 1
del afamado autor Victor Hugo
... Llegaba el momento de cerrar el debate. El presidente mandó ponerse de pie al acusado y le hizo la pregunta de costumbre: ...

En la línea 157
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Pero de todos, el que más sufría era Dave. Algo le había ocurrido. Se volvió más sombrío e irritable y, en cuanto se montaba el campamento, se preparaba el refugio y allí le daba de comer su conductor. Una vez desenganchado y en su hoyo, no volvía a ponerse en pie hasta la hora de ocupar su puesto a la mañana siguiente. A veces, cuando durante la marcha recibía una sacudida provocada por un súbito frenazo del trineo, o cuando tiraba más fuerte al arrancar, soltaba un aullido de dolor. El conductor lo examinaba pero no le encontraba nada. Los demás conductores acabaron interesados en el caso. Lo comentaban a la hora de comer o mientras fumaban la última pipa antes de irse a dormir, y una noche decidieron examinar el perro todos juntos. Lo llevaron junto al fuego y palparon y exploraron su cuerpo hasta arrancarle reiterados quejidos de dolor. Algo andaba mal en su interior, pero no pudieron localizar ningún hueso roto ni averiguar nada. ...

En la línea 160
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Con una última reserva de energía consiguió ponerse en pie y seguirlos a rastras, y una nueva parada le permitió adelantarse dando tumbos y llegar hasta el costado de su propio trineo, donde se detuvo junto a Sol-leks. El conductor se había entretenido un momento para pedir fuego al hombre que iba detrás y encender la pipa. Después volvió a su sitio e hizo arrancar a sus perros, que se pusieron en marcha con insólita facilidad, giraron inquietos la cabeza y se detuvieron sorprendidos. También el conductor se sorprendió: el trineo no se había movido. Llamó a sus colegas para que fueran testigos de lo que estaba viendo. Dave había cortado a dentelladas las correas de Sol-leks y se había colocado directamente delante del trineo, en el sitio que le correspondía. ...

En la línea 210
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Y, en medio de todo esto, Buck avanzaba tambaleante a la cabeza del tiro, como en una pesadilla. Cuando podía, tiraba; cuando ya no podía, se desplomaba y así permanecía hasta que los golpes de látigo o de garrote lo hacían ponerse nuevamente de pie. Su hermoso pelaje afelpado había perdido suavidad y brillo. El pelo le caía lacio y sucio de barro, o pegajoso y duro por la sangre seca en los lugares donde había caído el garrote de Hal. Sus músculos se habían reducido a unas cuerdas nudosas y la masa carnosa había desaparecido, con lo cual cada costilla y cada hueso de su cuerpo se traslucía con toda claridad a través del pellejo fláccido, cuyos pliegues revelaban el vacío del interior. Era desgarrador, pero el ánimo de Buck era inalterable. El hombre del jersey rojo lo había comprobado. ...

En la línea 310
del libro La llamada de la selva
del afamado autor Jack London
... Lo acometían impulsos irresistibles. Estaba tumbado en el campamento, dormitando perezosamente al sol, cuando de pronto erguía la cabeza y levantaba las orejas escuchando con atención, y, tras ponerse de pie de un brinco, se alejaba velozmente y corría durante horas por las veredas del bosque y a través de los espacios abiertos llenos de matorrales. Le encantaba correr por los cauces secos y espiar agazapado la vida de las aves en el bosque. Permanecía un día entero tumbado en el monte bajo observando a las perdices que se pavoneaban de un lado a otro agitando las alas. Pero lo que le gustaba especialmente era correr bajo el suave resplandor de las noches de verano, escuchar los atenuados y somnolientos murmullos del bosque, interpretar los indicios del mismo modo que una persona lee un libro, e indagar el origen de aquel soplo misterioso que, dormido o despierto, lo llamaba a todas horas. ...

En la línea 652
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... -Una estatua erigida sobre unos peñascos… Al ponerse el sol, es un efecto maravilloso: la estatua parece de oro, y la rodea un mar de fuego… Es una aparición. ...

En la línea 736
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... -Luego el muy papanatas, hizo lo que todos los gallos, lo que todos los gallos que están de mal humor… -siguió Perico riendo a su vez-. Si había de ponerse agradable, de decirle algo a la pobre chica… le soltó una filípica como para ella sola, para ella sola, porque no se había vuelto a Miranda de Ebro, de Ebro, a cuidarle la pata desencolada… También sólo a él se le ocurre desmayarse por una torcedura, y no telegrafiar a su mujer avisándola… Y le preguntó con un aire trágico, trágico: «¿dónde anda tu solícito acompañante?» Estaba el hombre celestial. ...

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