Cual es errónea Corredor o Corrrredorr?
La palabra correcta es Corredor. Sin Embargo Corrrredorr se trata de un error ortográfico.
La falta ortográfica detectada en la palabra corrrredorr es que se ha eliminado o se ha añadido la letra r a la palabra corredor
Errores Ortográficos típicos con la palabra Corredor
Cómo se escribe corredor o coredor?
Cómo se escribe corredor o corrrredorr?
Cómo se escribe corredor o sorredor?

la Ortografía es divertida
Algunas Frases de libros en las que aparece corredor
La palabra corredor puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 1864
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que el _Chivo_ estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato corredor. ...
En la línea 2156
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... En el corredor encontró a la señora Bonacieux que lo esperaba y que, con las mismas precauciones y la misma fortuna, volvió a condu cirlo fuera del Louvre. ...
En la línea 2164
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Dos guardias se apoderaron del mercero, le hicieron atravesar un patio, le hicieron adentrarse por un corredor en el que había tres centinelas, abrieron una puerta y lo empujaron en una habitación baja, donde por todo mueble no había más que una mesa, una silla y un comisario. ...
En la línea 2277
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Por la noche, hacia las ocho, en el momento en que iba a deci dirse a meterse en la cama, oyó pasos en su corredor. ...
En la línea 2287
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Tomóel mismo corredor que ya había tomado, atravesó un primer patio, luego un segundo cuerpo de edificios; finalmente, a la puerta del patio de entrada, encontró un coche rodeado de cuatro guardias a caballo. ...
En la línea 2363
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Pero una mañana vi sentado en el corredor, junto a una ventana, a un anciano de singular aspecto, que leía con atención en un pequeño y abultado volumen. ...
En la línea 2377
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... (Nota de Burke.) Al siguiente día, al pasar otra vez por el corredor, vi al viejo sentado en el mismo sitio, y le saludé. ...
En la línea 3360
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... —¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando estábamos los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de la casa y que ocupaba todo aquel frente. ...
En la línea 3386
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Tres o cuatro días después de mi llegada hallábame sentado en el corredor que, como ya he dicho, ocupaba un frente entero de la casa. ...
En la línea 1392
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... -Así es -replicó el galeote-; y la culpa por que le dieron esta pena es por haber sido corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo. ...
En la línea 6211
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Aquí llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a plomo caía, descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros asidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores atados a las colas. ...
En la línea 7332
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo, sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por anchos pilares a dos o tres varas del suelo. ...
En la línea 7334
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Francisco faltó una noche a lo convenido, fue audaz, pasó del corredor al interior de la panera; luchó Paula, luchó hasta caer rendida —lo juraba ante un Cristo —, rendida por la fuerza del artillero. ...
En la línea 10122
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Y don Álvaro, como si lo estuviera pasando todavía, describía la obscuridad de la noche, las dificultades del escalo, los ladridos del perro, el crujir de la ventana del corredor al saltar el pestillo; y después las quejas de la cama frágil, el gruñir del jergón de gárrulas hojas de mazorca, y la protesta muda, pero enérgica, brutal de la moza, que se defendía a puñadas, a patadas, con los dientes, despertando en él, decía don Álvaro, una lascivia montaraz, desconocida, fuerte, invencible. ...
En la línea 10130
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Huí, huí por la ventana; del corredor de la panera salté al callejón como pude, y tuve que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. ...
En la línea 103
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Porque Estupiñá, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las piezas de Hamburgo de 26 hilos que pasó por el portillo de Gilimón, valiéndose de ingeniosas mañas, no son para contadas. No había otro como él para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa, figurándose mendigo con un niño a cuestas. Ninguno como él poseía el arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda. No hay medio de escribir en el Decálogo los delitos fiscales. La moral del pueblo se rebelaba, más entonces que ahora, a considerar las defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con este criterio, Estupiñá no sentía alboroto en su conciencia cuando ponía feliz remate a una de aquellas empresas. Según él, lo que la Hacienda llama suyo no es suyo, sino de la nación, es decir, de Juan Particular, y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha tenido también sus héroes y sus mártires. Plácido la profesaba con no menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de infantería, y además no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestábase pura y luminosa en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar un ochavo que no fuese suyo, se habría estado callado un mes. ...
En la línea 646
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... —Ya sabes que no recibe—dijo la señorita, y tomando de manos de Blas una tarjeta que este traía leyó: José Ido del Sagrario, corredor de publicaciones nacionales y extranjeras. ...
En la línea 690
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando echan una maldición. Jacinta se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía resistir más aquel desagradable espectáculo. Llamó al criado para que acompañara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan, queriendo divertirse más, procuraba calmarle. ...
En la línea 708
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Y no se habló más del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia del corredor de obras (Mira el Río 12), merecía que alguien se interesara por ella. Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos parroquianos. Después de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy patética de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La esposa era una infeliz mujer, mártir del trabajo y de la inanición, humilde, estropeadísima, fea de encargo, mal pergeñada. Él ganaba poco, casi nada. Vivía la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y la hija, polluela de buen ver que aprendía para peinadora. ...
En la línea 558
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... El pirata le ató fuertemente brazos y piernas con su propia faja. En seguida le quitó el sable y se lanzó al corredor. ...
En la línea 612
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... En ese instante resonó fuera otra trompeta, y en el corredor la voz de Mariana que gritaba desesperada: ...
En la línea 616
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... El pirata le ató fuertemente brazos y piernas con su propia faja. En seguida le quitó el sable y se lanzó al corredor. ...
En la línea 1259
del libro Sandokán: Los tigres de Mompracem
del afamado autor Emilio Salgàri
... —¡Huye, Sandokán! ¡Oigo pasos en el corredor! Resonó en la habitación una voz que gritaba: -¡Miserable! ...
En la línea 656
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Seguí al capitán Nemo, quien, por una de las puertas practicadas en los paneles del salón, me hizo volver al corredor del barco. Me condujo hacia adelante y me mostró no un camarote sino una verdadera habitación, elegantemente amueblada, con lecho y tocador. ...
En la línea 2284
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Quise ver el salón por última vez. Me adentré por el corredor y llegué al museo en que había pasado tantas horas, tan agradables como útiles. Miré todas aquellas riquezas, todos aquellos tesoros, como un hombre en vísperas de un exilio eterno, que parte para nunca más volver. Iba yo a abandonar para siempre aquellas maravillas de la naturaleza y aquellas obras maestras del arte entre las que había vivido tantos días. Hubiera querido hundir mis miradas en el Atlántico a través de los cristales, pero los paneles de acero los recubrían herméticamente, separándome de ese océano que no conocía aún. ...
En la línea 3423
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... Aterrorizado, me precipité a la biblioteca, llegué a la escalera central, la subí y luego, siguiendo el corredor superior, fui hasta el bote en el que penetré por la abertura que había dejado paso a mis dos compañeros. ...
En la línea 519
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Eso de asomarme a la oscuridad de un misterioso corredor de una casa desconocida, llamando a gritos a la burlona joven, a Estella, que tal vez no estaría visible ni me contestaría, me daba la impresión de que el gritar su nombre equivaldría a tomarme una libertad extraordinaria, y me resultaba casi tan violento como empezar a jugar en cuanto me lo mandasen. Pero la joven contestó por fin, y, semejante a una estrella efectiva, apareció su bujía, a lo lejos, en el corredor. ...
En la línea 666
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Como era sábado por la tarde, encontré al dueño, que tristemente contemplaba aquellos apuntes, pero como me llevaba allí Joe y no el deseo de hablar con él, me limité a darle las buenas noches y pasé a la sala general, situada al extremo del corredor, en donde ardía un buen fuego en la cocina. Encontré a Joe fumando una pipa en compañía del señor Wopsle y de un desconocido. El primero me saludó alegremente, y en el momento en que lo hacía, pronunciando mi nombre, el desconocido volvió la cabeza y me miró. ...
En la línea 725
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... El día fijado volví a casa de la señorita Havisham y con algún temor llamé a la puerta, por la que apareció Estella. Después de permitirme la entrada, cerró como el primer día y nuevamente me condujo al corredor oscuro en donde dejara la bujía. Pareció no fijarse en mí hasta que tuvo la vela en la mano, y entonces, mirando por encima de su hombro, me dijo: ...
En la línea 728
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... El corredor era muy largo y parecía rodear los cuatro lados de la casa. Sólo atravesamos un lado de aquel cuadrado, y al final ella se detuvo, dejó la vela en el suelo y abrió la puerta. Allí podía ver la luz diurna, y me encontré en un patinillo enlosado, cuyo lado extremo lo formaba una pequeña vivienda que tal vez había pertenecido al gerente o al empleado principal de la abandonada fábrica de cerveza. En la pared exterior de aquella casa había un reloj, y, como el de la habitación de la señorita Havisham y también a semejanza del de ésta, se había parado a las nueve menos veinte. ...
En la línea 2295
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Sonia llegó al tercer piso, entró en un corredor y llamó en una puerta que ostentaba el número 9 y dos palabras escritas con tiza: «Kapernaumof, sastre.» ...
En la línea 4134
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... En aquella escena habían cambiado palabras y miradas que demostraban en Porfirio una seguridad tan absoluta y adquirida tan rápidamente, que no era posible que la confesión de Mikolka hubiera podido quebrantarla. ¡Pero qué situación la suya! El mismo Rasumikhine empezaba a sospechar. El incidente del corredor había dejado huellas en él. ...
En la línea 4416
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Svidrigailof disponía de dos habitaciones amuebladas bastante espaciosas. Dunetchka miró en torno de ella con desconfianza, pero no vio nada sospechoso en la colocación de los muebles ni en la disposición del local. Sin embargo, debió advertir que el alojamiento de Svidrigailof se hallaba entre otros dos deshabitados. No se llegaba a sus habitaciones por el corredor, sino atravesando otras dos piezas que formaban parte del compartimiento de su patrona. Svidrigailof abrió la puerta de su dormitorio, que daba a uno de los alojamientos vacíos, y se lo mostró a Dunia, que permaneció en el umbral sin comprender por qué el huésped deseaba que mirase aquello. Pero en seguida recibió la explicación. ...
En la línea 4544
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Entró y pidió un aposento a un mozo andrajoso que encontró en el pasillo. El sirviente le dirigió una mirada y lo condujo a una pequeña y asfixiante habitación situada al final del corredor, debajo de la escalera. No había otra: el hotel estaba lleno. El mozo esperaba, mirando a Svidrigailof con expresión interrogante. ...
En la línea 947
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Bajé inmediatamente. Habían transportado ya a la abuela al corredor. Tenía en la mano su cartera. ...
En la línea 1026
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... No era posible hacer nada con semejante hombre. Por otra parte, dejarle solo era peligroso, pues podía ocurrirle algo. Conseguí salir, pero advertí a la niñera que diese una mirada de cuando en cuando. Hablé, además, al mozo del corredor, un muchacho muy inteligente, que me prometió vigilarle. ...
En la línea 1031
del libro El jugador
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Hubiera querido, sin embargo, acompañar a la abuela. Además, estaba en espera de un acontecimiento, de algo que iba a ocurrir. No podía estarme quieto. Salí al corredor y luego a dar un paseo por la avenida. Mí carta a Paulina era clara y categórica, y la catástrofe, seguramente, definitiva. Oí hablar en el hotel de la partida de Des Grieux. Después de todo, si ella me rechazaba como amigo, quizá pudiera serle útil como criado. Pues yo podía serle útil, aunque sólo fuese para desempeñar sus encargos. ¡Esto era lógico! ...
En la línea 56
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Mancebo, en los verdores de la edad, fuerte como un toro y laborioso como manso buey, salió de su patria el señor Joaquín, a quien entonces nombraban Joaquín a secas. Colocado en Madrid en la portería de un magnate que en León tiene solar, dedicose a corredor, agente de negocios y hombre de confianza de todos los honrados individuos de la maragatería. Buscabales posada, proporcionabales almacén seguro para la carga, se entendía con los comerciantes y era en suma la providencia de la tierra de Astorga. Su honradez grande, su puntualidad y su celo le granjearon crédito tal, que llovían comisiones, menudeaban encargos, y caían en la bolsa, como apretado granizo, reales, pesos duros y doblillas en cantidad suficiente para que, al cabo de quince años de llegado a la corte, pudiese Joaquín estrechar lazos eternos con una conterránea suya, doncella de la esposa del magnate y señora tiempo hacía de los enamorados pensamientos del portero; y verificado ya el connubio, establecer surtida lonja de comestibles, a cuyo frente campeaba en doradas letras un rótulo que decía: El Leonés. Ultramarinos. De corredor pasó entonces a empresario de maragatos; comproles sus artículos en grueso y los vendió en detalle; y a él forzosamente hubo de acudir quien en Madrid quería aromático chocolate molido a brazo, o esponjosas mantecadas de las que sólo las astorganas saben confeccionar en su debido punto. Se hizo de moda desayunarse con el Caracas y las frutas de horno del Leonés; comenzó el magnate, su antiguo amo, dándole su parroquia, y tras él vino la gente de alto copete, engolosinada por el arcaico regalo de un manjar digno de la mesa de Carlos IV y Godoy. Y fue de ver como el señor Joaquín, ensanchando los horizontes de su comercio, acaparó todas las especialidades nacionales culinarias: tiernos garbanzos de Fuentesaúco, crasos chorizos de Candelario, curados jamones de Caldelas, dulce extremeña bellota, aceitunas de los sevillanos olivares, melosos dátiles de Almería y áureas naranjas que atesoran en su piel el sol de Valencia. De esta suerte y con tal industria granjeó Joaquín, limpia si no hidalgamente, razonables sumas de dinero; y si bien las ganó, mejor supo después asegurarlas en tierras y caserío en León; a cuyo fin hizo frecuentes viajes a la ciudad natal. A los ocho años de estéril matrimonio naciole una niña grande y hermosa, suceso que le alborozó como alborozaría a un monarca el natalicio de una princesa heredera; más la recia madre leonesa no pudo soportar la crisis de su fecundidad tardía, y enferma siempre, arrastró algunos meses la vida, hasta soltarla de malísima gana. Con faltarle su mujer, faltole al señor Joaquín la diestra mano, y fue decayendo en él aquella ufanía con que dominaba el mostrador, luciendo su estatura gigantesca, y alcanzando del más encumbrado estante los cajones de pasas, con sólo estirar su poderoso brazo y empinarse un poco sobre los anchos pies. Se pasaba horas enteras embobado, fija la vista maquinalmente en los racimos de uvas de cuelga que pendían del techo, o en los sacos de café hacinados en el ángulo más obscuro de la lonja, y sobre los cuales acostumbraba la difunta sentarse para hacer calceta. En suma, él cayó en melancolía tal, que vino a serie indiferente hasta la honrada y lícita ganancia que debía a su industria: y como los facultativos le recetasen el sano aire natal y el cambio de vida y régimen, traspasó la lonja, y con magnanimidad no indigna de un sabio antiguo, retirose a su pueblo, satisfecho con lo ya logrado, y sin que la sedienta codicia a mayor lucro le incitase. Consigo llevó a la niña Lucía, única prenda cara a su corazón, que con pueriles gracias comenzaba ya a animar la tienda, haciendo guerra crudísima y sin tregua a los higos de Fraga y a las peladillas de Alcoy, menos blancas que los dientes chicos que las mordían. ...
En la línea 1120
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Y miró hacia todas partes buscando la puerta. La cual estaba en el fondo, frontera a la que al jardín salía, y Lucía alzó el tupido cortinón y puso la trémula mano en el pestillo, saliendo a un corredor casi del todo tenebroso. Quedose sin respirar, y lo que es peor, sin saber adónde se encaminase, y entonces maldijo mil veces de su terquedad en no haber querido visitar antes la casa. De pronto oyó un ruido, unos tropezones sonoros, un choque de vajilla y loza… El ama Engracia fregoteaba sin duda los platos en la cocina. ¿Cómo lo adivinó tan presto Lucía? El entendimiento se aguza en las horas críticas y extraordinarias. Guiada negativamente por el ruido, Lucía siguió andando en dirección opuesta, hacia el extremo del pasillo, en que reinaba el silencio. El piso alfombrado apagaba su andar, y con ambas manos extendidas palpaba las dos murallas buscando una puerta. Al fin, sintió ceder el muro, y, siempre con las manos delante, penetró en una estancia que le pareció chica, y donde al pasar tropezó en varios objetos, entre ellos unas barras de metal que se le figuraron de una cama. De allí pasó a otra habitación mucho mayor, todavía iluminada por un leve resto de luz diurna, que entraba por alta vidriera. Lucía no dudó ni un instante de su acierto: aquella cámara debía de ser la de Artegui. Había estanterías cargadas de volúmenes, preciosas pieles de animales arrojadas al desdén por la alfombra, un diván, una panoplia de ricas armas, algunas figuras anatómicas, enorme mesa escritorio con papeles en desorden, estatuas de tierra cocida y de bronce, y sobre el diván un retrato de mujer, cuyas facciones no se distinguían. Medio desmayada se dejó caer Lucía en el diván, cruzando ambas manos sobre el seno izquierdo, que levantaban los desordenados latidos del corazón, y diciendo en voz alta también: ...
En la línea 1126
del libro Un viaje de novios
del afamado autor Emilia Pardo Bazán
... Y buscó la salida: pero de pronto se detuvo paralizada, como autómata a quien se acaba la cuerda… Oyó pasos en el corredor, pasos que se acercaban, pasos fuertes y resueltos: no eran, no, los del ama Engracia. La puerta de la cámara grande se abrió, y entró una persona. Lucía se hallaba ya en la cámara chica, y se quedó detrás de la cortina. No estaba ésta corrida del todo. Por el resquicio vio que el recién llegado encendía un fósforo y después la bujía de un candelero; mas la luz sobraba, y ya, sin ella, había conocido a Artegui. ...

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Las Reglas Ortográficas de la R y la RR
Entre vocales, se escribe r cuando su sonido es suave, y rr, cuando es fuerte aunque sea una palabra derivada o compuesta que en su forma simple lleve r inicial. Por ejemplo: ligeras, horrores, antirreglamentario.
En castellano no es posible usar más de dos r
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Más información sobre la palabra Corredor en internet
Corredor en la RAE.
Corredor en Word Reference.
Corredor en la wikipedia.
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