Cual es errónea Corona o Corrona?
La palabra correcta es Corona. Sin Embargo Corrona se trata de un error ortográfico.
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Corona en Word Reference.
Corona en la wikipedia.
Sinonimos de Corona.
Algunas Frases de libros en las que aparece corona
La palabra corona puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 1955
del libro La Barraca
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Él solo conocía el secreto de sus toneles: atravesando con su vista las viejas duelas, apreciaba la calidad de la sangre que contenían; era el sumo sacerdote de este templo del alcohol, y, al querer obsequiar a alguien, sacaba con tanta devoción como si llevase entre las manos la custodia, un vaso en el que centelleaba el líquido color de topacio con irisada corona de brillantes. ...
En la línea 325
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... ¡Qué de disgustos proporcionaron las dos _Marquesitas_, como las llamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, la soltera, se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagas noticias que hacían palidecer de rabia a la noble señora. Unas veces la veían en París, otras en Madrid, llevando una vida de _cocotte_ elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía a docenas con su gracia picaresca. Además, en ciertas vanidades producía gran impresión el título de marquesa de San Dionisio, que había unido a su nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de noche y las sábanas de una cama tan frecuentada como la acera de una gran calle. ...
En la línea 947
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... El maestro _Águila_, después de toser varias veces, comenzó un rasgueo, interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda prima. Uno de los esbirros de don Luis destapó botellas y ordenó las filas de cañas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de líquido dorado con una corona de burbujas. Las mujeres, atraídas por la guitarra, llegaron corriendo de la cocina. ...
En la línea 4743
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... -¿Pero de quién es la carta?-¡Ah! De alguna doncella afligida, de alguna costurerilla desespe rada; la doncella de la señora de Chevreuse quizá, que se habrá visto obligada a volver a Tours con su ama y que para dárselas de peripuesta habrá cogido papel perfumado y habrá sellado su carta con una corona de duquesa. ...
En la línea 6010
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... La joven era de un fres cor y de una belleza que muchas duquesas hubieran comprado con su corona. ...
En la línea 8871
del libro Los tres mosqueteros
del afamado autor Alejandro Dumas
... Y Milady se acostó y se durmió con la sonrisa en los labios; quien la hubiera visto durmiendo la habría supuesto una muchacha soñando con la corona de flores que debía poner sobre su frente en la próxima fiesta. ...
En la línea 3798
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... La ciudad ocupa la parte baja de un elevado cerro, más escarpado y pendiente a medida que se sube hacia el castillo que lo corona. ...
En la línea 5038
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Su bravura es indiscutible, y pasan por ser los mejores soldados con que cuenta la corona de España: hecho que en gran parte corrobora la suposición de que son de origen tártaro, la raza más belicosa de todas, y la que ha producido los más famosos conquistadores. ...
En la línea 2375
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Porque, ¿qué hay que agradecer -decía él- que una mujer sea buena, si nadie le dice que sea mala? ¿Qué mucho que esté recogida y temerosa la que no le dan ocasión para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en cogiéndola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? Ansí que, la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener en aquella estima en que tendré a la solicitada y perseguida que salió con la corona del vencimiento. ...
En la línea 2500
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... »-Las nuevas que te podré dar, ¡oh amigo Anselmo! -dijo Lotario-, son de que tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las mujeres buenas. ...
En la línea 2581
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... »Tomóle en esto a Camila un fuerte desmayo, y, arrojándose encima de una cama que allí estaba, comenzó Leonela a llorar muy amargamente y a decir: »-¡Ay, desdichada de mí si fuese tan sin ventura que se me muriese aquí entre mis brazos la flor de la honestidad del mundo, la corona de las buenas mujeres, el ejemplo de la castidad...! »Con otras cosas a éstas semejantes, que ninguno la escuchara que no la tuviera por la más lastimada y leal doncella del mundo, y a su señora por otra nueva y perseguida Penélope. ...
En la línea 2800
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Al cual mandó don Fernando que callase y no interrumpiese la plática de don Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguió diciendo: -Digo, en fin, alta y desheredada señora, que si por la causa que he dicho vuestro padre ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, que no le deis crédito alguno, porque no hay ningún peligro en la tierra por quien no se abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestro enemigo en tierra, os pondré a vos la corona de la vuestra en la cabeza en breves días. ...
En la línea 2255
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... o de los dibujos más comunes, pero cuyos detalles varían al infinito, puede compararse a la corona de una palmera ...
En la línea 2261
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... ora (1835) se ha hecho casi universal la moda de afeitarse la parte superior de la cabeza no dejando más que una corona de cabellos ...
En la línea 2265
del libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo
del afamado autor Charles Darwin
... ... mbién suelen llevar una corona de hojas de cocotero, pero esto no es ya un adorno sino protección para los ojos. resumen, paréceme que las mujeres ganarían mucho, más que los hombres, llevando un traje cualquiera. ...
En la línea 5824
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... —¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted en la cárcel de la corona. ...
En la línea 6439
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... —¡Bien, bien! —gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y a los acordes de la marcha real (decía el ex-regente), que tocaba allá dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor con una corona de azahar. ...
En la línea 7834
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. ...
En la línea 13573
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la frente. ...
En la línea 246
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... — En realidad, este rey español vivió más tiempo en Italia que en España. Una historia de amor contribuyó, según dicen algunos, a mantenerlo lejos de su patria. Cuando acababa de recibir la corona de Aragón y vivía en Valencia, su ciudad favorita, tuvo relaciones ilícitas con doña María de Híjar, noble dama valenciana. Estaba casado don Alfonso con una prima suya, doña María, hija de Enrique Tercero de Castilla, y se ha dicho, no sé con qué fundamento, que la esposa, en un arrebato de celos, hizo matar a la amante, historia romántica con la que se justifica el hecho de que Alfonso Quinto viviese treinta y ocho años lejos de su mujer, guerreando en Italia o gobernando pacíficamente a Nápoles. ...
En la línea 337
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... — Don Jofre figura con el título latino de domicellus (doncel), que, según las leyes torales, equivalía a hijo de noble. Miles (caballero) significaba en toda la corona de Aragón noble ya armado, y el que aún no había recibido el espaldarazo tenía que contentarse con el título de doncel. ...
En la línea 366
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Al ceñirse la tiara Alfonso de Borja, sólo vio en el rey de Nápoles un monarca inferior a él. Además, era su vasallo, por considerar la Iglesia dicho reino propiedad suya, pudiendo dar o quitar su corona. El mismo, cuando era simple jurisconsulto y vivía en Nápoles al lado del rey Alfonso, había dicho a éste repetidas veces que prestase homenaje al Papa de entonces, como feudatario de la Iglesia. ...
En la línea 370
del libro A los pies de Vénus
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Calixto III, con su autoridad de gran jurisconsulto, declaraba el reino de Nápoles perteneciente a la iglesia, no pudiendo ceñirse nadie su corona sin la aprobación papal. Por esto se indignó al saber que el bastardo, apenas muerto su padre, montaba a caballo con vestiduras reales, cabalgando por las calles de Nápoles entre la muchedumbre, que gritaba: « ¡Viva el rey don Ferrante!» ...
En la línea 574
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Un gran personaje distrajo momentáneamente la atención de los curiosos. Se abrió ancho camino en la muchedumbre para dejar paso hasta el espacio descubierto a un carruajito de dos ruedas, en figura de concha, tirado por tres esclavos melancólicos que llevaban por toda vestidura un trapo en torno a sus vientres. Estas bestias humanas iban guiadas por una mujer, seca de cuerpo, con nariz aquilina, ojos imperiosos y un látigo en la diestra. La corona de laurel que adornaba sus sienes sirvió para que la reconociesen hasta aquellos que habían llegado recientemente a la capital. ...
En la línea 808
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Del fondo de la arboleda se elevaban nubes de pájaros, unas veces en forma de triángulo, otras en forma de corona, siendo las más grandes de estas aves del volumen de una mosca. Todos los habitantes de la selva adormecida escapaban asustados al sentir la aproximación de este monstruo inmenso. Bajo sus pies morían a miles las flores y los insectos; cada una de sus huellas era un cementerio vegetal y animal. Las grandes bestias de caza, del tamaño de ratas, capaces de poner en peligro la vida de un cazador pigmeo, corrían en galope furioso, temerosas y encolerizadas a la vez por la intrusión de esta montaña andante, que podía aplastarlas con sus piernas, tan gruesas como los troncos de los árboles más antiguos. ...
En la línea 918
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... Los tres caballos humanos del poeta, que soñaban desde muchos días antes con unas cuantas horas de libertad empleadas en asistir a las fiestas de los rayos negros, solo vieron abierta su cuadra para ser enganchados al carruajito en figura de concha. Como los tres hombres medio desnudos se mostraban algo reacios y hasta osaron murmurar un poco, Golbasto los refrenó con varios latigazos. Luego, afirmándose la corona de laurel sobre las melenas grises, subió al carruajito y dio una orden a su tiro, acariciándolo por última vez con la fusta. ...
En la línea 1005
del libro El paraíso de las mujeres
del afamado autor Vicente Blasco Ibáñez
... El Padre de los Maestros estaba en cama después de este suceso, aunque sin enfermedad conocida. Golbasto, el gran poeta nacional, se había retirado jurando vengarse del bárbaro intruso. Los concurrentes le vieron con un vendaje debajo de su corona de laurel, pues se había descalabrado al caer al suelo con Momaren bajo el disparo del gigante. ...
En la línea 1872
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... A renglón seguido, sacó el joven a relucir el tema del casorio, y dijo tales cosas que Fortunata no pudo menos de rendir el espíritu a tanta generosidad y nobleza de alma. «Tu comportamiento decidirá de su suerte—afirmó él—, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle. Yo pongo sobre tu cabeza la corona de mujer honrada; tú harás porque no se te caiga y por llevarla dignamente. Lo pasado, pasado está, y el arrepentimiento no deja ni rastro de mancha, pero ni rastro. Lo que diga el mundo no nos importe. ¿Qué es el mundo? Fíjate bien y verás que no es nada, cuando no es la conciencia». ...
En la línea 3374
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de vista lo más pronto posible. ¿Por qué lo que no se tiene se desea, y lo que se tiene se desprecia? Cuando ella salió del convento con corona de honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas de la purificación religiosa y los azahares de la boda, parecíale al Delfín digna y lucida hazaña arrancarla de aquella vida. Hízolo así con éxito superior a sus esperanzas, pero su conquista le imponía la obligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasado cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era él hombre perdido; lo tenía en su naturaleza y no lo podía remediar. Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba en república, ¡le parecía la monarquía tan seductora… ! Al salir de su casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando más, mucho más que aquella situación revolucionaria que había implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios. ...
En la línea 5455
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Como el gran principio de la propiedad individual no tenía en aquella desigual contienda más defensor que D. Basilio, quedó maltrecho. La mesa de mármol, en torno de la cual formaban animado círculo las caras de los combatientes, estaba a última hora llena de cadáveres, revueltos con las cucharillas, con los vasos que aún tenían heces de café y leche, con la ceniza de cigarro, los periódicos y los platillos de metal blanco, en los cuales la mano afanadora de D. Basilio no había dejado más que polvo de azúcar. Dichos cadáveres, horriblemente destrozados, eran la propiedad, todas las clases de propiedad posibles, el Estado, la Iglesia y cuantas instituciones se derivan de estos dos principios, Matrimonio, Ejército, Crédito público, etc… Con admiración de todos, Juan Pablo se lanzó a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente espontáneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza de la madre. Al Papa le deshizo, y la tiara quedó pateada bajo la mesa, con los pedazos de periódico, los salivazos y el palillo deshilachado de D. Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arrojó lejos de sí aquel marcador de sus argumentos. También andaba por el suelo la corona real, triturada por las suelas de las botas, y el cetro de toda autoridad corría la misma suerte. Las conteras de los bastones, golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las víctimas que iban cayendo de la mesa, expirantes. Creeríase que Juan Pablo las estrujaba con los codos, después de acribillarlas con su dialéctica, y cuando cogía un lápiz y trazaba números con febril mano sobre el mármol, para probar que no debe haber presupuesto, parecía un Fouquier de Thinville firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina. ...
En la línea 6107
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron. En el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe: «Mire usted, señora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lápida que he hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido darme esa satisfacción… una lápida preciosa, con el nombre de la difunta y una corona de rosas… ». ...
En la línea 306
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Iba magníficamente vestido con un justillo de raso blanco, con pechera de tisú púrpura, salpicado de diamantes y ribeteado de armiño. Sobre esto llevaba una capa de brocado blanco con la corona de tres plumas, forrada de raso azul, adornada con perlas y piedras preciosas y sujeta con un broche de brillantes. De su cuello pendía la orden de la Jarretera y varias condecoraciones reales de países extranjeros, y cada vez que le daba la luz, las joyas resplandecían con deslumbrantes destellos. ¡Oh, Tom Canty, nacido en un cobertizo, educado en los arroyos de Londres, familiarizado con los andrajos y la suciedad y la miseria!, ¡qué espectáculo es éste! ...
En la línea 462
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –Me has salvado de la injuria y de la vergüenza.. Acaso has salvado también mi vida, y con ello mi corona. Semejante servicio pide rica recommpensa. Dime tus deseos, y si están dentro del alcance de mi poder real, los verás satisfechos. ...
En la línea 466
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... –Levantaos, sir Miles Hendon, caballero –dijo gravemente el rey dándole el espaldarazo con la espada de Hendon–. Levantaos y sentaos. Tu petición queda concedida. Mientras subsista Inglaterra y perdure la corona, no caducará tu privilegio. ...
En la línea 560
del libro El príncipe y el mendigo
del afamado autor Mark Twain
... Un secretario dio cuenta de que en atención a que el difunto rey había dispuesto en su testamento que se otorgara el título de duque al conde de Hertford y se elevara a su hermano, sir Thomas Seymour, a la dignidad de par, y al hijo de Hertford a un condado, junto con parecidas mercedes a otros grandes servidores de la corona, el consejo había resuelto celebrar sesión el 16 de febrero para la entrega y confirmación de tales honores, y que entretanto, no habiendo designado el difunto rey por escrito sumas convenientes para el sostenimiento de tales dignidades, el Consejo, que conocía sus deseos particulares a este respecto, había creído conveniente otorgar a Seymour 'quinientas libras de tierra', al hijo de Hertford 'ochocientos libras de tierra', con más de 'trescientas libras de tierras del primer obispado que quedara vacante', si a ello accedía Su Majestad reinante. ...
En la línea 2303
del libro Veinte mil leguas de viaje submarino
del afamado autor Julio Verne
... -Señor profesor, si no le parece mal nos remontaremos a 1702. No ignora usted que en esa época, vuestro rey Luis XIV, creyendo que bastaba con un gesto de potentado para enterrar los Pirineos, había impuesto a los españoles a su nieto el duque de Anjou. Este príncipe, que reinó más o menos mal bajo el nombre de Felipe V, tuvo que hacer frente a graves dificultades exteriores. En efecto, el año anterior, las casas reales de Holanda, de Austria y de Inglaterra habían concertado en La Haya un tratado de alianza, con el fin de arrancar la corona de España a Felipe V para depositarla en la cabeza de un archiduque al que prematuramente habían dado el nombre de Carlos III. España hubo de resistir a esa coalición, casi desprovista de soldados y de marinos. Pero no le faltaba el dinero, a condición, sin embargo, de que sus galeones, cargados del oro y la plata de América, pudiesen entrar en sus puertos. ...
En la línea 1459
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Al mirar alrededor de mí, un ministro de la justicia, muy sucio y bastante bebido, me preguntó si me gustaría entrar y presenciar un juicio; me informó, al mismo tiempo, que podría darme un asiento en primera fila a cambio de media corona y que desde allí vería perfectamente al presidente del tribunal, con su peluca y su toga. Mencionó a tan temible personaje como si fuese una figura de cera curiosa y me ofreció luego el precio reducido de dieciocho peniques. Como yo rehusara la oferta, con la excusa de que tenía una cita, fue lo bastante amable para hacerme entrar en un patio a fin de que pudiera ver dónde se guardaba la horca y también el lugar en que se azotaba públicamente a los condenados. Luego me enseñó la puerta de los deudores, por la que salían los condenados para ser ahorcados, y realzó el interés que ofrecía tan temible puerta, dándome a entender que «cuatro de ellos saldrían por aquella puerta pasado mañana, para ser ajusticiados en fila». Eso era horrible y me dio muy mala idea de Londres: mucho más al observar que el propietario de aquella figura de cera que representaba al presidente del tribunal llevaba, desde su sombrero hasta sus botas, incluso su pañuelo, un traje roído de polillas, que no le había pertenecido siempre, sino que me figuré que lo habría comprado barato al ejecutor de la justicia. En tales circunstancias me pareció barato librarme de él gracias a un chelín que le di. ...
En la línea 1994
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Era evidente que al siguiente día tendría que dirigirme a nuestra ciudad, y, en el primer ímpetu de mi arrepentimiento, me pareció igualmente claro que debería alojarme en casa de Joe. Pero en cuanto hube comprometido mi asiento en la diligencia del día siguiente y después de haber ido y regresado a casa del señor Pocket, no estuve ya tan convencido acerca del último extremo y empecé a inventar razones y excusas para alojarme en el Jabalí Azul. Yo podría resultar molesto en casa de Joe; no me esperaban, y la cama no estaría dispuesta; además, estaría demasiado lejos de casa de la señorita Havisham, y ella desearía recibirme exactamente a la hora fijada. Todos los falsificadores de la tierra no son nada comparados con los que cometen falsificaciones consigo mismos, y con tales falsedades logré engañarme. Es muy curioso que yo pudiera tomar sin darme cuenta 107 media corona falsa que me diese cualquier persona, pero sí resultaba extraordinario que, conociendo la ilegitimidad de las mismas monedas que yo fabricaba, las aceptase, sin embargo, como buenas. Cualquier desconocido amable, con pretexto de doblar mejor mis billetes de banco, podría escamoteármelos y darme, en cambio, papeles en blanco; pero ¿qué era eso comparado conmigo mismo, cuando doblaba mis propios papeles en blanco y me los hacía pasar ante mis propios ojos como si fuesen billetes legítimos? Una vez decidido a alojarme en el Jabalí Azul, me sentí muy indeciso acerca de si llevaría o no conmigo al Vengador. Me resultaba bastante tentador que aquel mercenario exhibiese su costoso traje y sus botas altas en el patio del Jabalí Azul; era también muy agradable imaginar que, como por casualidad, lo llevase a la tienda del sastre para confundir al irrespetuoso aprendiz del señor Trabb. Por otra parte, este aprendiz podía hacerse íntimo amigo de él y contarle varias cosas; o, por el contrario, travieso y pillo como yo sabía que era, habría sido capaz de burlarse de él a gritos en la calle Alta. Además, mi protectora podría enterarse de la existencia de mi criadito y parecerle mal. Por estas últimas razones, resolví no llevar conmigo al Vengador. Había tomado asiento en el coche de la tarde, y como entonces corría el invierno, no llegaría a mi destino sino dos o tres horas después de oscurecer. La hora de salida desde Cross Keys estaba señalada para las dos de la tarde. Llegué con un cuarto de hora de anticipación, asistido por el Vengador-si puedo emplear esta expresión con respecto a alguien que jamás me asistía si podía evitarlo. En aquella época era costumbre utilizar la diligencia para transportar a los presidiarios a los arsenales. Como varias veces había oído hablar de ellos como ocupantes de los asientos exteriores de dichos vehículos, y en más de una ocasión les vi en la carretera, balanceando sus piernas, cargadas de hierro, sobre el techo del coche, no tuve motivo de sorprenderme cuando Herbert, al encontrarse conmigo en el patio, me dijo que dos presidiarios harían el mismo viaje que yo. Pero tenía, en cambio, una razón, que ya era ahora antigua, para sentir cierta impresión cada vez que oía en Londres el nombre de «presidiario». - ¿No tendrás ningún reparo, Haendel?-preguntó Herbert. - ¡Oh, no! - Me ha parecido que no te gustaba. -Desde luego, como ya comprenderás, no les tengo ninguna simpatía; pero no me preocupan. - Mira, aquí están - dijo Herbert -. Ahora salen de la taberna. ¡Qué espectáculo tan degradante y vil! Supongo que habían invitado a su guardián, pues les acompañaba un carcelero, y los tres salieron limpiándose la boca con las manos. Los dos presidiarios estaban esposados y sujetos uno a otro, y en sus piernas llevaban grilletes, de un modelo que yo conocía muy bien. Vestían el traje que también me era conocido. Su guardián tenía un par de pistolas y debajo del brazo llevaba una porra muy gruesa con varios nudos; pero parecía estar en relaciones de buena amistad con los presos y permanecía a su lado mientras miraba cómo enganchaban los caballos, cual si los presidiarios constituyesen un espectáculo todavía no inaugurado y él fuese su expositor. Uno de los presos era más alto y grueso que el otro y parecía que, de acuerdo con los caminos misteriosos del mundo, tanto de los presidiarios como de las personas libres, le hubiesen asignado el traje más pequeño que pudieran hallar. Sus manos y sus piernas parecían acericos, y aquel traje y aquel aspecto le disfrazaban de un modo absurdo; sin embargo, reconocí en el acto su ojo medio cerrado. Aquél era el mismo hombre a quien vi en el banco de Los Tres Alegres Barqueros un sábado por la noche y que me apuntó con su invisible arma de fuego. Era bastante agradable para mí el convencimiento de que él no me reconoció, como si jamás me hubiese visto en la vida. Me miró, y sus ojos se fijaron en la cadena de mi reloj; luego escupió y dijo algo a su compañero. Ambos se echaron a reír, dieron juntos media vuelta, en tanto que resonaban las esposas que los unían, y miraron a otra parte. Los grandes números que llevaban en la espalda, como si fuesen puertas de una casa; su exterior rudo, como sarnoso y desmañado, que los hacía parecer animales inferiores; sus piernas cargadas de hierros, en los que para disimular llevaban numerosos pañuelos de bolsillo, y el modo con que todos los miraban y se apartaban de ellos, los convertían, según dijera Herbert, en un espectáculo desagradable y degradante. Pero eso no era lo peor. Resultó que una familia que se marchaba de Londres había tomado toda la parte posterior de la diligencia y no había otros asientos para los presos que los delanteros, inmediatamente detrás del cochero. Por esta razón, un colérico caballero que había tomado un cuarto asiento en aquel sitio empezó a gritar diciendo que ello era un quebrantamiento de contrato, pues se veía obligado a mezclarse con tan villana compañía, que era venenosa, perniciosa, infame, vergonzosa y no sé cuántas cosas más. Mientras tanto, el coche estaba ya dispuesto a partir, y el cochero, impaciente, y todos nos preparábamos a subir para ocupar nuestros sitios. También los presos se acercaron con su guardián, difundiendo alrededor 108 de ellos aquel olor peculiar que siempre rodea a los presidiarios y que se parece a la bayeta, a la miga de pan, a las cuerdas y a las piedras del hogar. -No lo tome usted así, caballero-dijo el guardián al colérico pasajero-. Yo me sentaré a su lado. Los pondré en la parte exterior del asiento, y ellos no se meterán con ustedes para nada. Ni siquiera se dará cuenta de que van allí. - Y yo no tengo culpa alguna - gruñó el presidiario a quien yo conocía -. Por mi parte, no tengo ningún deseo de hacer este viaje, y con gusto me quedaré aquí. No tengo ningún inconveniente en que otro ocupe mi lugar. - O el mío - añadió el otro, con mal humor -. Si yo estuviese libre, con seguridad no habría molestado a ninguno de ustedes. Luego los dos se echaron a reír y empezaron a romper nueces, escupiendo las cáscaras alrededor de ellos. Por mi parte, creo que habría hecho lo mismo de hallarme en su lugar y al verme tan despreciado. Por fin se decidió que no se podía complacer en nada al encolerizado caballero, quien tenía que sentarse al lado de aquellos compañeros indeseables o quedarse donde estaba. En vista de ello, ocupó su asiento, quejándose aún, y el guardián se sentó a su lado, en tanto que los presidiarios se izaban lo mejor que podían, y el que yo había reconocido se sentó detrás de mí y tan cerca que sentía en la parte posterior de mi cabeza el soplo de su respiración. - Adiós, Haendel - gritó Herbert cuando empezábamos a marchar. Me pareció entonces una afortunada circunstancia el que me hubiese dado otro nombre que el mío propio de Pip. Es imposible expresar con cuánta agudeza sentía entonces la respiración del presidiario, no tan sólo en la parte posterior de la cabeza, sino también a lo largo de la espalda. La sensación era semejante a la que me habría producido un ácido corrosivo que me tocara la médula, y esto me hacía sentir dentera. Me parecía que aquel hombre respiraba más que otro cualquiera y con mayor ruido, y me di cuenta de que, inadvertidamente, había encogido uno de mis hombros, en mis vanos esfuerzos para resguardarme de él. El tiempo era bastante frío, y los dos presos maldecían la baja temperatura, que, antes de encontrarnos muy lejos, nos había dejado a todos entumecidos. Cuando hubimos dejado atrás la Casa de Medio Camino, estábamos todos adormecidos, temblorosos y callados. Mientras yo dormitaba preguntábame si tenía la obligación de devolver las dos libras esterlinas a aquel desgraciado antes de perderle de vista y cómo podría hacerlo. Pero en el momento de saltar hacia delante, cual si quisiera ir a caer entre los caballos, me levanté asustado y volví a reflexionar acerca del asunto. Pero sin duda estuve dormido más tiempo de lo que me figuraba, porque, a pesar de que no pude reconocer nada en la oscuridad ni por las luces y sombras que producían nuestros faroles, no dejé de observar que atravesábamos los marjales, a juzgar por el viento húmedo y frío que soplaba contra nosotros. Inclinándose hacia delante en busca de calor y para protegerse del viento, los dos presos estaban entonces más cerca de mí que antes, y las primeras palabras que les oí cambiar al despertarme fueron las de mi propio pensamiento: «Dos billetes de una libra esterlina. » - ¿Y cómo se hizo con ellas? - preguntó el presidiario a quien yo no conocía. - ¡Qué sé yo! -replicó el otro -. Las habría escondido en alguna parte. Me parece que se las dieron unos amigos. - ¡Ojalá que yo los tuviese en mi bolsillo! - dijo el otro después de maldecir el frío. - ¿Dos billetes de una libra, o amigos? - Dos billetes de una libra. Por uno solo vendería a todos los amigos que tengo en el mundo, y me parece que haría una buena operación. ¿Y qué? ¿De modo que él dice… ? - Él dice… - repitió el presidiario a quien yo conocía -. En fin, que quedó hecho y dicho en menos de medio minuto, detrás de un montón de maderos en el arsenal. «Vas a ser licenciado.» Y, en realidad, iban a soltarme. ¿Podría ir a encontrar a aquel niño que le dio de comer y le guardó el secreto, para darle dos billetes de una libra esterlina? Sí, le encontraría. Y le encontré. - Fuiste un tonto - murmuró el otro – Yo me las habría gastado en comer y en beber. Él debía de ser un novato. ¿No sabía nada acerca de ti? - Nada en absoluto. Pertenecíamos a distintas cuadrillas de diferentes pontones. Él fue juzgado otra vez por quebrantamiento de condena y le castigaron con cadena perpetua. - ¿Y fue ésta la única vez que recorriste esta comarca? - La única. - ¿Y qué piensas de esta región? - Que es muy mala. No hay en ella más que barro, niebla, aguas encharcadas y trabajo; trabajo, aguas encharcadas, niebla y barro. 109 Ambos maldecían la comarca con su lenguaje violento y grosero. Gradualmente empezaron a gruñir, pero no dijeron nada más. Después de sorprender tal diálogo estuve casi a punto de bajar y quedarme solo en las tinieblas de la carretera, pero luego sentía la certeza de que aquel hombre no sospechaba siquiera mi identidad. En realidad, yo no solamente estaba cambiado por mi propio crecimiento y por las alteraciones naturales, sino también vestido de un modo tan distinto y rodeado de circunstancias tan diferentes, que era muy improbable el ser reconocido de él si no se le presentaba alguna casualidad que le ayudase. Sin embargo, la coincidencia de estar juntos en el mismo coche era bastante extraña para penetrarme del miedo de que otra coincidencia pudiera relacionarme, a los oídos de aquel hombre, con mi nombre verdadero. Por esta razón, resolví alejarme de la diligencia en cuanto llegásemos a la ciudad y separarme por completo de los presos. Con el mayor éxito llevé a cabo mi propósito. Mi maletín estaba debajo del asiento que había a mis pies y sólo tenía que hacer girar una bisagra para sacarlo. Lo tiré al suelo antes de bajar y eché pie a tierra ante el primer farol y los primeros adoquines de la ciudad. En cuanto a los presidiarios, prosiguieron su camino con la diligencia, sin duda para llegar al sitio que yo conocía tan bien, en donde los harían embarcar para cruzar el río. Mentalmente vi otra vez el bote con su tripulación de penados, esperando a aquellos dos, ante el embarcadero lleno de cieno, y de nuevo me pareció oír la orden de «¡Avante!», como si se diera a perros, y otra vez vi aquella Arca de Noé cargada de criminales y fondeada a lo lejos entre las negras aguas. No podría haber explicado lo que temía, porque el miedo era, a la vez, indefinido y vago, pero el hecho es que me hallaba preso de gran inquietud. Mientras me dirigía al hotel sentí que un terror, que excedía a la aprensión de ser objeto de un penoso o desagradable reconocimiento, me hacía temblar. No se llegó a precisar, pues era tan sólo la resurrección, por espacio de algunos minutos, del terror que sintiera durante mi infancia. En el Jabalí Azul, la sala del café estaba desocupada, y no solamente pude encargar la cena, sino que también estuve sentado un rato antes de que me reconociese el camarero. Tan pronto como se hubo excusado por la flaqueza de su memoria, me preguntó si debía mandar aviso al señor Pumblechook. - No – contesté. - De ninguna manera. El camarero, que fue el mismo que wino a quejarse, en nombre de los comerciantes, el día en que se formalizó mi contrato de aprendizaje con Joe, pareció quedar muy sorprendido, y aprovechó la primera oportunidad para dejar ante mí un sucio ejemplar de un periódico local, de modo que lo tomé y leí este párrafo: Recordarán nuestros lectores, y ciertamente no sin interés, con referencia a la reciente y romántica buena fortuna de un joven artífice en hierro de esta vecindad (¡qué espléndido tema, dicho sea de paso, para la pluma mágica de nuestro conciudadano Tooby, el poeta de nuestras columnas, aunque todavía no goce de fama universal!), que el primer jefe, compañero y amigo de aquel joven fue una personalidad que goza del mayor respeto, relacionada con los negocios de granos y semillas, y cuya cómoda e importante oficina está situada dentro de un radio de cien millas de la calle Alta. Obedeciendo a los dictados de nuestros sentimientos personales, siempre le hemos considerado el mentor de nuestro joven Telémaco, porque conviene saber que en nuestra ciudad vio la luz el fundador de la for tuna de este último. ¿Tendrá interés el sabio local, o quizá los maravillosos ojos de nuestras bellezas ciudadanas, en averiguar qué fortuna es ésta? Creemos que Quintín Matsys era el HERRERO de Amberes. Verb. Sap.» Tengo la convicción, basada en mi grande experiencia, de que si, en los días de mi prosperidad, me hubiese dirigido al Polo Norte, hubiese encontrado allí alguien, ya fuera un esquimal errante o un hombre civilizado, que me habría dicho que Pumblechook fue mi primer jefe y el promotor de mi fortuna. ...
En la línea 2033
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Pasaron algunas semanas sin que ocurriese cambio alguno. Esperábamos noticias de Wemmick, pero éste no daba señales de vida. Si no le hubiese conocido más que en el despacho de Little Britain y no hubiera gozado del privilegio de ser un concurrente familiar al castillo, podría haber llegado a dudar de él; pero como le conocía muy bien, no llegué a sentir tal recelo. Mis asuntos particulares empezaron a tomar muy feo aspecto, y más de uno de mis acreedores me dirigió apremiantes peticiones de dinero. Yo mismo llegué a conocer la falta de dinero (quiero decir, de dinero disponible en mi bolsillo), y, así, no tuve más remedio que convertir en numerario algunas joyas que poseía. Estaba resuelto a considerar que sería una especie de fraude indigno el aceptar más dinero de mi 182 protector, dadas las circunstancias y en vista de la incertidumbre de mis pensamientos y de mis planes. Por consiguiente, valiéndome de Herbert, le mandé la cartera, a la que no había tocado, para que él mismo la guardase, y experimenté cierta satisfacción, aunque no sé si legítima o no, por el hecho de no haberme aprovechado de su generosidad a partir del momento en que se dio a conocer. A medida que pasaba el tiempo, empecé a tener la seguridad de que Estella se habría casado ya. Temeroso de recibir la confirmación de esta sospecha, aunque no tenía la convicción, evité la lectura de los periódicos y rogué a Herbert, después de confiarle las circunstancias de nuestra última entrevista, que no volviese a hablarme de ella. Ignoro por qué atesoré aquel jirón de esperanza que se habían de llevar los vientos. E1 que esto lea, ¿no se considerará culpable de haber hecho lo mismo el año anterior, el mes pasado o la semana última? Llevaba una vida muy triste y desdichada, y mi preocupación dominante, que se sobreponía a todas las demás, como un alto pico que dominara a una cordillera, jamás desaparecía de mi vista. Sin embargo, no hubo nuevas causas de temor. A veces, no obstante, me despertaba por las noches, aterrorizado y seguro de que lo habían prendido; otras, cuando estaba levantado, esperaba ansioso los pasos de Herbert al llegar a casa, temiendo que lo hiciera con mayor apresuramiento y viniese a darme una mala noticia. A excepción de eso y de otros imaginarios sobresaltos por el estilo, pasó el tiempo como siempre. Condenado a la inacción y a un estado constante de dudas y de temor, solía pasear a remo en mi bote, y esperaba, esperaba, del mejor modo que podía. A veces, la marea me impedía remontar el río y pasar el Puente de Londres; en tales casos solía dejar el bote cerca de la Aduana, para que me lo llevaran luego al lugar en que acostumbraba dejarlo amarrado. No me sabía mal hacer tal cosa, pues ello me servía para que, tanto yo como mi bote, fuésemos conocidos por la gente que vivía o trabajaba a orillas del río. Y de ello resultaron dos encuentros que voy a referir. Una tarde de las últimas del mes de febrero desembarqué al oscurecer. Aprovechando la bajamar, había llegado hasta Greenwich y volví con la marea. El día había sido claro y luminoso, pero a la puesta del sol se levantó la niebla, lo cual me obligó a avanzar con mucho cuidado por entre los barcos. Tanto a la ida como a la vuelta observé la misma señal tranquilizadora en las ventanas de Provis. Todo marchaba bien. La tarde era desagradable y yo tenía frío, por lo cual me dije que, a fin de entrar en calor, iría a cenar inmediatamente; y como después de cenar tendría que pasar algunas tristes horas solo, antes de ir a la cama, pensé que lo mejor sería ir luego al teatro. El coliseo en que el señor Wopsle alcanzara su discutible triunfo estaba en la vecindad del río (hoy ya no existe), y resolví ir allí. Estaba ya enterado de que el señor Wops1e no logró su empeño de resucitar el drama, sino que, por el contrario, había contribuido mucho a su decadencia. En los programas del teatro se le había citado con mucha frecuencia e ignominiosamente como un negro fiel, en compañía de una niña de noble cuna y un mico. Herbert le vio representando un voraz tártaro, de cómicas propensiones, con un rostro de rojo ladrillo y un infamante gorro lleno de campanillas. Cené en un establecimiento que Herbert y yo llamábamos «el bodegón geográfico» porque había mapas del mundo en todos los jarros para la cerveza, en cada medio metro de los manteles y en los cuchillos (debiéndose advertir que, hasta ahora, apenas hay un bodegón en los dominios del lord mayor que no sea geográfico), y pasé bastante rato medio dormido sobre las migas de pan del mantel, mirando las luces de gas y caldeándome en aquella atmósfera, densa por la abundancia de concurrentes. Mas por fin me desperté del todo y salí en dirección al teatro. Allí encontré a un virtuoso contramaestre, al servicio de Su Majestad, hombre excelente, que para mí no tenía más defecto que el de llevar los calzones demasiado apretados en algunos sitios y sobrado flojos en otros, que tenía la costumbre de dar puñetazos en los sombreros para meterlos hasta los ojos de quienes los llevaban, aunque, por otra parte, era muy generoso y valiente y no quería oír hablar de que nadie pagase contribuciones, a pesar de ser muy patriota. En el bolsillo llevaba un saco de dinero, semejante a un budín envuelto en un mantel, y, valiéndose de tal riqueza, se casó, con regocijo general, con una joven que ya tenía su ajuar; todos los habitantes de Portsmouth (que sumaban nueve, según el último censo) se habían dirigido a la playa para frotarse las manos muy satisfechos y para estrechar las de los demás, cantando luego alegremente. Sin embargo, cierto peón bastante negro, que no quería hacer nada de lo que los demás le proponían, y cuyo corazón, según el contramaestre, era tan oscuro como su cara, propuso a otros dos compañeros crear toda clase de dificultades a la humanidad, cosa que lograron tan completamente (la familia del peón gozaba de mucha influencia política), que fue necesaria casi la mitad de la representación para poner las cosas en claro, y solamente se consiguió gracias a un honrado tendero que llevaba un sombrero blanco, botines negros y nariz roja, el cual, armado de unas parrillas, se metió en la caja de un reloj y desde allí escuchaba cuanto sucedía, salía y asestaba un parrillazo a todos aquellos a quienes no podía refutar lo que acababan de 183 decir. Esto fue causa de que el señor Wopsle, de quien hasta entonces no se había oído hablar, apareciese con una estrella y una jarretera, como ministro plenipotenciario del Almirantazgo, para decir que los intrigantes serían encarcelados inmediatamente y que se disponía a honrar al contramaestre con la bandera inglesa, como ligero reconocimiento de sus servicios públicos. El contramaestre, conmovido por primera vez, se secó, respetuoso, los ojos con la bandera, y luego, recobrando su ánimo y dirigiendo al señor Wopsle el tratamiento de Su Honor, solicitó la merced de darle el brazo. El señor Wopsle le concedió su brazo con graciosa dignidad, e inmediatamente fue empujado a un rincón lleno de polvo, mientras los demás bailaban una danza de marineros; y desde aquel rincón, observando al público con disgustada mirada, me descubrió. La segunda pieza era la pantomima cómica de Navidad, en cuya primera escena me supo mal reconocer al señor Wopsle, que llevaba unas medias rojas de estambre; su rostro tenía un resplandor fosfórico, y a guisa de cabello llevaba un fleco rojo de cortina. Estaba ocupado en la fabricación de barrenos en una mina, y demostró la mayor cobardía cuando su gigantesco patrono llegó, hablando con voz ronca, para cenar. Mas no tardó en presentarse en circunstancias más dignas; el Genio del Amor Juvenil tenía necesidad de auxilio -a causa de la brutalidad de un ignorante granjero que se oponía a que su hija se casara con el elegido de su corazón, para lo cual dejó caer sobre el pretendiente un saco de harina desde la ventana del primer piso, - y por esta razón llamó a un encantador muy sentencioso; el cual, llegando de los antípodas con la mayor ligereza, después de un viaje en apariencia bastante violento, resultó ser el señor Wopsle, que llevaba una especie de corona a guisa de sombrero y un volumen nigromántico bajo el brazo. Y como la ocupación de aquel hechicero en la tierra no era otra que la de atender a lo que le decían, a las canciones que le cantaban y a los bailes que daban en su honor, eso sin contar los fuegos artificiales de varios colores que le tributaban, disponía de mucho tiempo. Y observé, muy sorprendido, que lo empleaba en mirar con la mayor fijeza hacia mí, cosa que me causó extraordinario asombro. Había algo tan notable en la atención, cada vez mayor, de la mirada del señor Wopsle y parecía preocuparle tanto lo que veía, que por más que lo procuré me fue imposible adivinar la causa que tanto le intrigaba. Aún seguía pensando en eso cuando, una hora más tarde, salí del teatro y lo encontré esperándome junto a la puerta. - ¿Cómo está usted? - le pregunté, estrechándole la mano, cuando ya estábamos en la calle. - Ya me di cuenta de que me había visto. - ¿Que le vi, señor Pip? – replicó. - Sí, es verdad, le vi. Pero ¿quién era el que estaba con usted? - ¿Quién era? - Es muy extraño - añadió el señor Wopsle, cuya mirada manifestó la misma perplejidad que antes, - y, sin embargo, juraría… Alarmado, rogué al señor Wopsle que se explicara. - No sé si le vi en el primer momento, gracias a que estaba con usted - añadió el señor Wopsle con la misma expresión vaga y pensativa. - No puedo asegurarlo, pero… Involuntariamente miré alrededor, como solía hacer por las noches cuando me dirigía a mi casa, porque aquellas misteriosas palabras me dieron un escalofrío. - ¡Oh! Ya no debe de estar por aquí-observó el señor Wopsle. - Salió antes que yo. Le vi cuando se marchaba. Como tenía razones para estar receloso, incluso llegué a sospechar del pobre actor. Creí que sería una argucia para hacerme confesar algo. Por eso le miré mientras andaba a mi lado; pero no dije nada. -Me produjo la impresión ridícula de que iba con usted, señor Pip, hasta que me di cuenta de que usted no sospechaba siquiera su presencia. Él estaba sentado a su espalda, como si fuese un fantasma. Volví a sentir un escalofrío, pero estaba resuelto a no hablar, pues con sus palabras tal vez quería hacerme decir algo referente a Provis. Desde luego, estaba completamente seguro de que éste no se hallaba en el teatro… - Ya comprendo que le extrañan mis palabras, señor Pip. Es evidente que está usted asombrado. Pero ¡es tan raro! Apenas creerá usted lo que voy a decirle, y yo mismo no lo creería si me lo dijera usted. - ¿De veras? -Sin duda alguna. ¿Se acuerda usted, señor Pip, de que un día de Navidad, hace ya muchos años, cuando usted era niño todavía, yo comí en casa de Gargery, y que, al terminar la comida, llegaron unos soldados para que les recompusieran un par de esposas? - Lo recuerdo muy bien. 184 - ¿Se acuerda usted de que hubo una persecución de dos presidiarios fugitivos? Nosotros nos unimos a los soldados, y Gargery se lo subió a usted sobre los hombros; yo me adelanté en tanto que ustedes me seguían lo mejor que les era posible. ¿Lo recuerda? - Lo recuerdo muy bien. Y, en efecto, me acordaba mejor de lo que él podía figurarse, a excepción de la última frase. - ¿Se acuerda, también, de que llegamos a una zanja, y de que allí había una pelea entre los dos fugitivos, y de que uno de ellos resultó con la cara bastante maltratada por el otro? - Me parece que lo estoy viendo. - ¿Y que los soldados, después de encender las antorchas, pusieron a los dos presidiarios en el centro del pelotón y nosotros fuimos acompañándolos por los negros marjales, mientras las antorchas iluminaban los rostros de los presos… (este detalle tiene mucha importancia), en tanto que más allá del círculo de luz reinaban las tinieblas? - Sí - contesté -. Recuerdo todo eso. - Pues he de añadir, señor Pip, que uno de aquellos dos hombres estaba sentado esta noche detrás de usted. Le vi por encima del hombro de usted. «¡Cuidado!», pensé. Y luego pregunté, en voz alta: - ¿A cuál de los dos le pareció ver? -A1 que había sido maltratado por su compañero-contestó sin vacilar, - y no tendría inconveniente en jurar que era él. Cuanto más pienso en eso, más seguro estoy de que era él. - Es muy curioso - dije con toda la indiferencia que pude fingir, como si la cosa no me importara nada. - Es muy curioso. No puedo exagerar la inquietud que me causó esta conversación ni el terror especial que sentí al enterarme de que Compeyson había estado detrás de mí «como un fantasma». Si había estado lejos de mi mente alguna vez, a partir del momento en que se ocultó Provis era, precisamente, cuando se hallaba a menor distancia de mí, y el pensar que no me había dado cuenta de ello y que estuve tan distraído como para no advertirlo equivalía a haber cerrado una avenida llena de puertas que lo mantenía lejos de mí, para que, de pronto, me lo encontrase al lado. No podía dudar de que estaba en el teatro, puesto que estuve yo también, y de que, por leve que fuese el peligro que nos amenazara, era evidente que existía y que nos rodeaba. Pregunté al señor Wopsle acerca de cuándo entró aquel hombre en la sala, pero no pudo contestarme acerca de eso; me vio, y por encima de mi hombro vio a aquel hombre. Solamente después de contemplarlo por algún tiempo logró identificarlo; pero desde el primer momento lo asoció de un modo vago conmigo mismo, persuadido de que era alguien que se relacionara conmigo durante mi vida en la aldea. Le pregunté cómo iba vestido, y me contestó que con bastante elegancia, de negro, pero que, por lo demás, no tenía nada que llamara la atención. Luego le pregunté si su rostro estaba desfigurado, y me contestó que no, según le parecía. Yo tampoco lo creía, porque a pesar de mis preocupaciones, al mirar alrededor de mí no habría dejado de llamarme la atención un rostro estropeado. Cuando el señor Wopsle me hubo comunicado todo lo que podía recordar o cuanto yo pude averiguar por él, y después de haberle invitado a tomar un pequeño refresco para reponerse de las fatigas de la noche, nos separamos. Entre las doce y la una de la madrugada llegué al Temple, cuyas puertas estaban cerradas. Nadie estaba cerca de mí cuando las atravesé ni cuando llegué a mi casa. Herbert estaba ya en ella, y ante el fuego celebramos un importante consejo. Pero no se podía hacer nada, a excepción de comunicar a Wemmick lo que descubriera aquella noche, recordándole, de paso, que esperábamos sus instrucciones. Y como creí que tal vez le comprometería yendo con demasiada frecuencia al castillo, le informé de todo por carta. La escribí antes de acostarme, salí y la eché al buzón; tampoco aquella vez pude notar que nadie me siguiera ni me vigilara. Herbert y yo estuvimos de acuerdo en que lo único que podíamos hacer era ser muy prudentes. Y lo fuimos más que nunca, en caso de que ello fuese posible, y, por mi parte, nunca me acercaba a la vivienda de Provis más que cuando pasaba en mi bote. Y en tales ocasiones miraba a sus ventanas con la misma indiferencia con que hubiera mirado otra cosa cualquiera. ...

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