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La palabra comerrciante
Cómo se escribe

Comó se escribe comerrciante o comerciante?

Cual es errónea Comerciante o Comerrciante?

La palabra correcta es Comerciante. Sin Embargo Comerrciante se trata de un error ortográfico.

La falta ortográfica detectada en la palabra comerrciante es que se ha eliminado o se ha añadido la letra r a la palabra comerciante

Más información sobre la palabra Comerciante en internet

Comerciante en la RAE.
Comerciante en Word Reference.
Comerciante en la wikipedia.
Sinonimos de Comerciante.


El Español es una gran familia


Mira que burrada ortográfica hemos encontrado con la letra r

Reglas relacionadas con los errores de r

Las Reglas Ortográficas de la R y la RR

Entre vocales, se escribe r cuando su sonido es suave, y rr, cuando es fuerte aunque sea una palabra derivada o compuesta que en su forma simple lleve r inicial. Por ejemplo: ligeras, horrores, antirreglamentario.

En castellano no es posible usar más de dos r

Algunas Frases de libros en las que aparece comerciante

La palabra comerciante puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 546
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... CAPÍTULO III Un comerciante de Evora.—Contrabandistas españoles.—El león y el unicornio.—La fuente.—Confianza en el Todopoderoso.—Reparto de folletos.—La librería en Evora.—Un manuscrito. ...

En la línea 560
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Fuí a ver a un comerciante para quien llevaba yo una carta de presentación, y se la entregué en su tienda, donde le encontré detrás del mostrador. ...

En la línea 563
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Añadí que había llevado a Evora un pequeño repuesto de Biblias y Testamentos, y deseaba entregárselos a un comerciante respetable para su venta, y que si él deseaba contribuir a extirpar las raíces de la superstición y de la tiranía, no podía hacer cosa mejor que encargarse de tales libros. ...

En la línea 1083
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Al día siguiente entré en relación con un comerciante respetable, llamado Almeida, hombre de talento, aunque algo brusco de modales. ...

En la línea 4679
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Luego reconoce el eminente Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el verdadero dueño de La Cruz Roja, el bazar de artículos de iglesia, al que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del obispado han de venir velis nolis a comprar lo que necesitan y lo que no necesitan. ...

En la línea 4685
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... ¿Qué tiene que ver que al señor Barinaga, al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, según él, le hace el Provisor? ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con que el bazar, como lo llama, de La Cruz Roja, tenga sótanos y el Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea usted un boquirroto y mire más lo que dice. ...

En la línea 7643
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado comerciante. ...

En la línea 9789
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Guimarán veía con gran satisfacción los progresos de la impiedad en aquel espíritu lleno de pasión; no había llegado don Santos al ateísmo, pero este era un grado de perfección filosófica que tal vez le venía muy ancho al antiguo comerciante de cálices y patenas. ...

En la línea 31
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su opinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. También había entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque doña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de Bonifacio Arnaiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñando los troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que los Arnaiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común, la savia de los Trujillos. «Todos somos unos—dijo alguna vez el gordo en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades democráticas—, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos netos, de patente; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvo albardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capas y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramón Trujillo… ya sabéis que me le han hecho conde… le he dicho que adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga: Pertenecí a Babieca… ». ...

En la línea 39
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los únicos hijos de D. Bonifacio Arnaiz y de doña Asunción Trujillo. Cuando tuvo edad para ello, fue a la escuela de una tal doña Calixta, sita en la calle Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las niñas con quienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad y vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueño de la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, el comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muñoz era muy vanidosa, y decía que no había casa como la suya y que daba gusto verla toda llena de unos pedazos de hierro mu grandes, del tamaño de la caña de doña Calixta, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos hombres los podían levantar. Luego había un sin fin de martillos, garfios, peroles mu grandes, mu grandes… «más anchos que este cuarto». Pues, ¿y los paquetes de clavos? ¿Qué cosa había más bonita? ¿Y las llaves que parecían de plata, y las planchas, y los anafres, y otras cosas lindísimas? Sostenía que ella no necesitaba que sus papás le comprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con una toalla. ¿Pues y las agujas que había en su casa? No se acertaban a contar. Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se carteaba con el fabricante… Su papá recibía miles de cartas al día, y las cartas olían a hierro… como que venían de Inglaterra, donde todo es de hierro, hasta los caminos… «Sí, hija, sí, mi papá me lo ha dicho. Los caminos están embaldosados de hierro, y por allí encima van los coches echando demonios». ...

En la línea 47
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que sólo en aquel artículo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar, ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantón o remitidas por las casas de Cádiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no había visto claro al hacer tantos pedidos; se cegó, deslumbrado por cierta alucinación mercantil; tal vez sintió demasiado el amor al artículo y fue más artista que comerciante. Había sido dependiente y socio de la Compañía de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por sí el negocio de pañolería de Cantón, creía conocerlo mejor que nadie. En verdad que lo conocía; pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil colores. «Mientras más chillones—decía—, más venta». ...

En la línea 113
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... A las diez de la mañana concluía Estupiñá invariablemente lo que podríamos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desaparecía de su rostro rossiniano la seriedad tétrica que en la iglesia tenía, y volvía a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para defender el garbanzo, pues siempre hacía el papel de que trabajaba como un negro. Su afectada ocupación en tal época era el corretaje de dependientes, y fingía que los colocaba mediante un estipendio. Algo hacía en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le preguntaban si iban bien los negocios, respondía en el tono de comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pingües ganancias: «Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja… Este mes he colocado lo menos treinta chicos… como no hayan sido cuarenta… ». ...

En la línea 2013
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Pareciéndome que el domingo era el mejor día para escuchar las opiniones del señor Wemmick en Walworth, dediqué el siguiente domingo por la tarde a hacer una peregrinación al castillo. Al llegar ante las murallas almenadas observé que ondeaba la bandera inglesa y que el puente estaba levantado, pero, sin amilanarme por aquella muestra de desconfianza y de resistencia, llamé a la puerta y fui pacíficamente admitido por el anciano. -Mi hijo, caballero-dijo el viejo después de levantar el puente, - ya se figuraba que usted vendría y me dejó el encargo de que volvería pronto de su paseo. Mi hijo pasea con mucha regularidad. Es hombre de hábitos muy ordenados en todo. 140 Yo incliné la cabeza hacia el anciano caballero, de la misma manera que pudiera haber hecho Wemmick, y luego entramos y nos sentamos ante el fuego. - Indudablemente, caballero - dijo el anciano con su voz aguda, mientras se calentaba las manos ante la llama, - conoció usted a mi hijo en su oficina, ¿no es verdad? - Yo moví la cabeza afirmativamente. - ¡Ah! - añadió el viejo-. He oído decir que mi hijo es un hombre notable en los negocios. ¿No es cierto? - Yo afirmé con un enérgico movimiento de cabeza. - Sí, así me lo han dicho. Tengo entendido que se dedica a asuntos jurídicos. - Yo volví a afirmar con más fuerza. - Y lo que más me sorprende en mi hijo - continuó el anciano - es que no recibió educación adecuada para las leyes, sino para la tonelería. Deseoso de saber qué informes había recibido el anciano caballero acerca de la reputación del señor Jaggers, con toda mi fuerza le grité este nombre junto al oído, y me dejó muy confuso al advertir que se echaba a reír de buena gana y me contestaba alegremente: - Sin duda alguna, no; tiene usted razón. Y todavía no tengo la menor idea de lo que quería decirme o qué broma entendió él que le comunicaba. Como no podía permanecer allí indefinidamente moviendo con energía la cabeza y sin tratar de interesarle de algún modo, le grité una pregunta encaminada a saber si también sus ocupaciones se habían dedicado a la tonelería. Y a fuerza de repetir varias veces esta palabra y de golpear el pecho del anciano para dársela a entender, conseguí que por fin me comprendiese. - No - dijo mi interlocutor -. Me dediqué al almacenaje. Primero, allá - añadió señalando hacia la chimenea, aunque creo que quería indicar Liverpool, - y luego, aquí, en la City de Londres. Sin embargo, como tuve una enfermedad… , porque soy de oído muy duro, caballero… Yo, con mi pantomima, expresé el mayor asombro. - Sí, tengo el oído muy duro; y cuando se apoderó de mí esta enfermedad, mi hijo se dedicó a los asuntos jurídicos. Me tomó a su cargo y, poquito a poco, fue construyendo esta posesión tan hermosa y elegante. Pero, volviendo a lo que usted dijo - prosiguió el anciano echándose a reír alegremente otra vez, - le contesto que, sin duda alguna, no. Tiene usted razón. Yo me extrañaba modestamente acerca de lo que él habría podido entender, que tanto le divertía, cuando me sobresaltó un repentino ruidito en la pared, a un lado de la chimenea, y el observar que se abría una puertecita de madera en cuya parte interior estaba pintado el nombre de «John». El anciano, siguiendo la dirección de mi mirada, exclamó triunfante: -Mi hijo acaba de llegar a casa. Y ambos salimos en dirección al puente levadizo. Valía cualquier cosa el ver a Wemmick saludándome desde el otro lado de la zanja, a pesar de que habríamos podido darnos la mano con la mayor facilidad a través de ella. El anciano, muy satisfecho, bajaba el puente levadizo, y me guardé de ofrecerle mi ayuda al advertir el gozo que ello le proporcionaba. Por eso me quedé quieto hasta que Wemmick hubo atravesado la plancha y me presentó a la señorita Skiffins, que entonces le acompañaba. La señorita Skiffins parecía ser de madera, y, como su compañero, pertenecía sin duda alguna al servicio de correos. Tal vez tendría dos o tres años menos que Wemmick, y en seguida observé que también gustaba de llevar objetos de valor, fácilmente transportables. El corte de su blusa desde la cintura para arriba, tanto por delante como por detrás, hacía que su figura fuese muy semejante a la cometa de un muchacho; además, llevaba una falda de color anaranjado y guantes de un tono verde intenso. Pero parecía buena mujer y demostraba tener muchas consideraciones al anciano. No tardé mucho en descubrir que concurría con frecuencia al castillo, porque al entrar en él, mientras yo cumplimentaba a Wemmick por su ingenioso sistema de anunciarse al anciano, me rogó que fijara mi atención por un momento en el otro lado de la chimenea y desapareció. Poco después se oyó otro ruido semejante al que me había sobresaltado y se abrió otra puertecilla en la cual estaba pintado el nombre de la señorita Skiffins. Entonces ésta cerró la puertecilla que acababa de abrirse y apareció de nuevo el nombre de John; luego aparecieron los dos a la vez, y finalmente ambas puertecillas quedaron cerradas. En cuanto regresó Wemmick de hacer funcionar aquellos avisos mecánicos, le expresé la admiración que me había causado, y él contestó: -Ya comprenderá usted que eso es, a la vez, agradable y divertido para el anciano. Y además, caballero, hay un detalle muy importante, y es que a pesar de la mucha gente que atraviesa esta puerta, el secreto de este mecanismo no lo conoce nadie más que mi padre, la señorita Skiffins y yo. - Y todo lo hizo el señor Wemmick - añadió la señorita Skiffins -. Él inventó el aparatito y lo construyó con sus manos. Mientras la señorita Skiffins se quitaba el gorro (aunque conservó los guantes verdes durante toda la noche, como señal exterior de que había visita), Wemmick me invitó a dar una vuelta por la posesión, a fin 141 de contemplar el aspecto de la isla durante el invierno. Figurándome que lo hacía con objeto de darme la oportunidad de conocer sus opiniones de Walworth, aproveché la circunstancia tan pronto como hubimos salido del castillo. Como había reflexionado cuidadosamente acerca del particular, empecé a tratar del asunto como si fuese completamente nuevo para él. Informé a Wemmick de que quería hacer algo en favor de Herbert Pocket, refiriéndole, de paso, nuestro primer encuentro y nuestra pelea. También le di cuenta de la casa de Herbert y de su carácter, y mencioné que no tenía otros medios de subsistencia que los que podía proporcionarle su padre, inciertos y nada puntuales. Aludí a las ventajas que me proporcionó su trato, cuando yo tenía la natural tosquedad y el desconocimiento de la sociedad, propios de la vida que llevé durante mi infancia, y le confesé que hasta entonces se lo había pagado bastante mal y que tal vez mi amigo se habría abierto paso con más facilidad sin mí y sin mis esperanzas. Dejé a la señorita Havisham en segundo término y expresé la posibilidad de que yo hubiera perjudicado a mi amigo en sus proyectos, pero que éste poseía un alma generosa y estaba muy por encima de toda desconfianza baja y de cualquier conducta indigna. Por todas estas razones-dije a Wemmick-, y también por ser mi amigo y compañero, a quien quería mucho, deseaba que mi buena fortuna reflejase algunos rayos sobre él y, por consiguiente, buscaba consejo en la experiencia de Wemmick y en su conocimiento de los hombres y de los negocios, para saber cómo podría ayudar con mis recursos, a Herbert, por ejemplo, con un centenar de libras por año, a fin de cultivar en él el optimismo y el buen ánimo y adquirir en su beneficio, de un modo gradual, una participación en algún negocio. En conclusión, rogué a Wemmick tener en cuenta que mi auxilio debería prestarse sin que Herbert lo supiera ni lo sospechara, y que a nadie más que a él tenía en el mundo para que me aconsejara acerca del particular. Posé mi mano sobre el hombro de mi interlocutor y terminé diciendo: - No puedo remediarlo, pero confío en usted. Comprendo que eso le causará alguna molestia, pero la culpa es suya por haberme invitado a venir a su casa. Wemmick se quedó silencioso unos momentos, y luego, como sobresaltándose, dijo: - Pues bien, señor Pip, he de decirle una cosa, y es que eso prueba que es usted una excelente persona. - En tal caso, espero que me ayudará usted a ser bueno - contesté. - ¡Por Dios! - replicó Wemmick meneando la cabeza -. Ése no es mi oficio. - Ni tampoco aquí es donde trabaja usted - repliqué. - Tiene usted razón - dijo -. Ha dado usted en el clavo. Si no me equivoco, señor Pip, creo que lo que usted pretende puede hacerse de un modo gradual. Skiffins, es decir, el hermano de ella, es agente y perito en contabilidad. Iré a verle y trataré de que haga algo en su obsequio. - No sabe cuánto se lo agradezco. - Por el contrario - dijo -, yo le doy las gracias, porque aun cuando aquí hablamos de un modo confidencial y privado, puede decirse que todavía estoy envuelto por algunas de las telarañas de Newgate y eso me ayuda a quitármelas. Después de hablar un poco más acerca del particular regresamos al castillo, en donde encontramos a la señorita Skiffins ocupada en preparar el té. La misión, llena de responsabilidades, de hacer las tostadas, fue delegada en el anciano, y aquel excelente caballero se dedicaba con tanta atención a ello que no parecía sino que estuviese en peligro de que se le derritieran los ojos. La refacción que íbamos a tomar no era nominal, sino una vigorosa realidad. El anciano preparó un montón tan grande de tostadas con manteca, que apenas pude verle por encima de él mientras la manteca hervía lentamente en el pan, situado en un estante de hierro suspendido sobre el fuego, en tanto que la señorita Skiffins hacía tal cantidad de té, que hasta el cerdo, que se hallaba en la parte posterior de la propiedad, pareció excitarse sobremanera y repetidas veces expresó su deseo de participar en la velada. Habíase arriado la bandera y se disparó el cañón en el preciso momento de costumbre. Y yo me sentí tan alejado del mundo exterior como si la zanja tuviese treinta pies de ancho y otros tantos de profundidad. Nada alteraba la tranquilidad del castillo, a no ser el ruidito producido por las puertecillas que ponían al descubierto los nombres de John y de la señorita Skiffins. Y aquellas puertecillas parecían presa de una enfermedad espasmódica, que llegó a molestarme hasta que me acostumbré a ello. A juzgar por la naturaleza metódica de los movimientos de la señorita Skiffins, sentí la impresión de que iba todos los domingos al castillo para hacer el té; y hasta llegué a sospechar que el broche clásico que llevaba, representando el perfil de una mujer de nariz muy recta y una luna nueva, era un objeto de valor fácilmente transportable y regalado por Wemmick. Nos comimos todas las tostadas y bebimos el té en cantidades proporcionadas, de modo que resultó delicioso el advertir cuán calientes y grasientos nos quedamos al terminar. Especialmente el anciano, podría haber pasado por un jefe viejo de una tribu salvaje, después de untarse de grasa. Tras una corta pausa de 142 descanso, la señorita Skiffins, en ausencia de la criadita, que, al parecer, se retiraba los domingos por la tarde al seno de su familia, lavó las tazas, los platos y las cucharillas como pudiera haberlo hecho una dama aficionada a ello, de modo que no nos causó ninguna sensación repulsiva. Luego volvió a ponerse los guantes mientras los demás nos sentábamos en torno del fuego y Wemmick decía: - Ahora, padre, léanos el periódico. Wemmick me explicó, en tanto que el anciano iba en busca de sus anteojos, que aquello estaba de acuerdo con las costumbres de la casa y que el anciano caballero sentía el mayor placer leyendo en voz alta las noticias del periódico. - Hay que perdonárselo-terminó diciendo Wemmick, - pues el pobre no puede gozar con muchas cosas. ¿No es verdad, padre? - Está bien, John, está bien - replicó el anciano, observando que su hijo le hablaba. - Mientras él lea, hagan de vez en cuando un movimiento de afirmación con la cabeza - recomendó Wemmick -; así le harán tan feliz como un rey. Todos escuchamos, padre. — Está bien, John, está bien - contestó el alegre viejo, en apariencia tan deseoso y tan complacido de leer que ofrecía un espectáculo muy grato. El modo de leer del anciano me recordó las clases de la escuela de la tía abuela del señor Wopsle, pero tenía la agradable particularidad de que la voz parecía pasar a través del agujero de la cerradura. El viejo necesitaba que le acercasen las bujías, y como siempre estaba a punto de poner encima de la llama su propia cabeza o el periódico, era preciso tener tanto cuidado como si se acercase una luz a un depósito de pólvora. Pero Wemmick se mostraba incansable y cariñoso en su vigilancia y así el viejo pudo leer el periódico sin darse cuenta de las infinitas ocasiones en que le salvó de abrasarse. Cada vez que miraba hacia nosotros, todos expresábamos el mayor asombro y extraordinario interés y movíamos enérgicamente la cabeza de arriba abajo hasta que él continuaba la lectura. Wemmick y la señorita Skiffins estaban sentados uno al lado del otro, y como yo permanecía en un rincón lleno de sombra, observé un lento y gradual alargamiento de la boca del señor Wemmick, dándome a entender, con la mayor claridad, que, al mismo tiempo, alargaba despacio y gradualmente su brazo en torno de la cintura de la señorita Skiffins. A su debido tiempo vi que la mano de Wemmick aparecía por el otro lado de su compañera; pero, en aquel momento, la señorita Skiffins le contuvo con el guante verde, le quitó el brazo como si fuese una prenda de vestir y, con la mayor tranquilidad, le obligó a ponerlo sobre la mesa que tenían delante. Las maneras de la señorita Skiffins, mientras hacía todo eso, eran una de las cosas más notables que he visto en la vida, y hasta me pareció que, al obrar de aquel modo, lo hacía abstraída por completo, tal vez maquinalmente. Poquito a poco vi que el brazo de Wemmick volvía a desaparecer y que gradualmente se ocultaba. Después se abría otra vez su boca. Tras un intervalo de ansiedad por mi parte, que me resultaba casi penosa, vi que su mano aparecía en el otro lado de la señorita Skiffins. Inmediatamente, ésta le detenía con la mayor placidez, se quitaba aquel cinturón como antes y lo dejaba sobre la mesa. Considerando que este mueble representase el camino de la virtud, puedo asegurar que, mientras duró la lectura del anciano, el brazo de Wemmick lo abandonaba con bastante frecuencia, pero la señorita Skiffins lo volvía a poner en él. Por fin, el viejo empezó a leer con voz confusa y soñolienta. Había llegado la ocasión de que Wemmick sacara un jarro, una bandeja de vasos y una botella negra con corcho coronado por una pieza de porcelana que representaba una dignidad eclesiástica de aspecto rubicundo y social. Con ayuda de todo eso, todos pudimos beber algo caliente, incluso el anciano, que pronto se despertó. La señorita Skiffins hizo la mezcla del brebaje, y entonces observé que ella y Wemmick bebían en el mismo vaso. Naturalmente, no me atreví a ofrecerme para acompañar a la señorita Skiffins a su casa, como al principio me pareció conveniente hacer. Por eso fui el primero en marcharme, después de despedirme cordialmente del anciano y de pasar una agradable velada. Antes de que transcurriese una semana recibí unas líneas de Wemmick, fechadas en Walworth, diciendo que esperaba haber hecho algún progreso en el asunto que se refería a nuestra conversación particular y privada y que tendría el mejor placer en que yo fuese a verle otra vez. Por eso volví a Walworth y repetí dos o tres veces mis visitas, sin contar con que varias veces nos entrevistamos en la City, pero nunca me habló del asunto en su oficina ni cerca de ella. El hecho es que había encontrado a un joven consignatario, recientemente establecido en los negocios, que necesitaba un auxilio inteligente y también algo de capital; además, al cabo de poco tiempo, tendría necesidad de un socio. Entre él y yo firmamos un contrato secreto que se refería por completo a Herbert, y entregué la mitad de mis quinientas libras, comprometiéndome a realizar otros pagos, algunos de ellos en determinadas épocas, que dependían de la fecha en que cobraría mi renta, y otros cuando me viese en posesión de mis propiedades. El hermano de la señorita Skiffins llevó a 143 su cargo la negociación; Wemmick estuvo enterado de todo en cualquier momento, pero jamás apareció como mediador. Aquel asunto se llevó tan bien, que Herbert no tuvo la menor sospecha de mi intervención. Jamás olvidaré su radiante rostro cuando, una tarde, al llegar a casa, me dijo, cual si fuese una cosa nueva para mí, que se había puesto de acuerdo con un tal Clarriker (así se llamaba el joven comerciante) y que éste le manifestó una extraordinaria simpatía, lo cual le hacía creer que, por fin, había encontrado una buena oportunidad. Día por día,sus esperanzas fueron mayores y su rostro estuvo más alegre. Y tal vez llegó a figurarse que yo le quería de un modo extraordinario porque tuve la mayor dificultad en contener mis lágrimas de triunfo al verle tan feliz. Cuando todo estuvo listo y él hubo entrado en casa de Clarriker, lo cual fue causa de que durante una velada entera no me hablase de otra cosa, yo me eché a llorar al acostarme, diciéndome que mis esperanzas habían sido por fin útiles a alguien. En esta época de mi vida me ocurrió un hecho de la mayor importancia que cambió su curso por completo. Pero antes de proceder a narrarlo y de tratar de los cambios que me trajo, debo dedicar un capítulo a Estella. No es mucho dedicarlo al tema que de tal manera llenaba mi corazón. ...

En la línea 207
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... «Mi querido Rodia ‑decía la carta‑: hace ya dos meses que no te he escrito y esto ha sido para mí tan penoso, que incluso me ha quitado el sueño muchas noches. Perdóname este silencio involuntario. Ya sabes cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti; tú lo eres todo para nosotras: toda nuestra esperanza, toda nuestra confianza en el porvenir. Sólo Dios sabe lo que sentí cuando me dijiste que habías tenido que dejar la universidad hacía ya varios meses por falta de dinero y que habías perdido las lecciones y no tenías ningún medio de vida. ¿Cómo puedo ayudarte yo, con mis ciento veinte rublos anuales de pensión? Los quince rublos que te envié hace cuatro meses, los pedí prestados, con la garantía de mi pensión, a un comerciante de esta ciudad llamado Vakruchine. Es una buena persona y fue amigo de tu padre; pero como yo le había autorizado por escrito a cobrar por mi cuenta la pensión, tenía que procurar devolverle el dinero, cosa que acabo de hacer. Ya sabes por qué no he podido enviarte nada en estos últimos meses. ...

En la línea 417
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... Plantada ante el comerciante y su esposa, con un paquete en la mano, los escuchaba con atención y parecía mostrarse indecisa. Ellos le hablaban con gran animación. Cuando Raskolnikof vio a Lisbeth experimentó un sentimiento extraño, una especie de profundo asombro, aunque el encuentro no tenía nada de sorprendente. ...

En la línea 418
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Usted y nadie más que usted, Lisbeth Ivanovna, ha de decidir lo que debe hacer ‑decía el comerciante en voz alta‑. Venga mañana a eso de las siete. Ellos vendrán también. ...

En la línea 420
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑¡Qué miedo le tiene a Alena Ivanovna! ‑exclamó la esposa del comerciante, que era una mujer de gran desenvoltura y voz chillona‑. Cuando la veo ponerse así, me parece estar mirando a una niña pequeña. Al fin y al cabo, esa mujer que la tiene en un puño no es más que su medio hermana. ...


la Ortografía es divertida

Errores Ortográficos típicos con la palabra Comerciante

Cómo se escribe comerciante o comerrciante?
Cómo se escribe comerciante o comerziante?
Cómo se escribe comerciante o somersiante?

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