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La palabra vajeza
Cómo se escribe

Comó se escribe vajeza o bajeza?

Cual es errónea Bajeza o Vajeza?

La palabra correcta es Bajeza. Sin Embargo Vajeza se trata de un error ortográfico.

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Más información sobre la palabra Bajeza en internet

Bajeza en la RAE.
Bajeza en Word Reference.
Bajeza en la wikipedia.
Sinonimos de Bajeza.

Errores Ortográficos típicos con la palabra Bajeza

Cómo se escribe bajeza o bajesa?
Cómo se escribe bajeza o vajeza?
Cómo se escribe bajeza o bageza?


la Ortografía es divertida

Algunas Frases de libros en las que aparece bajeza

La palabra bajeza puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 705
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Invariablemente, estas gentes dicen de su país natal todo el mal posible; y yo tengo la opinión, fundada en la experiencia, de que un individuo capaz de tal bajeza, no vacilará en cometer cualquier villanía, porque después del amor a Dios, el amor a la patria es el mejor preservativo contra el crimen. ...

En la línea 6293
del libro La Biblia en España
del afamado autor Tomás Borrow y Manuel Azaña
... Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza, y su prodigalidad, en su avaricia. ...

En la línea 4090
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... El cual prosiguió diciendo:) -De donde nace que, cuando vemos alguna persona bien aderezada, y con ricos vestidos compuesta, y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve y convida a que la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel instante nos represente alguna bajeza en que vimos a la tal persona; la cual inominia, ahora sea de pobreza o de linaje, como ya pasó, no es, y sólo es lo que vemos presente. ...

En la línea 4091
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Y si éste a quien la fortuna sacó del borrador de su bajeza (que por estas mesmas razones lo dijo el padre) a la alteza de su prosperidad, fuere bien criado, liberal y cortés con todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos que por antigüedad son nobles, ten por cierto, Teresa, que no habrá quien se acuerde de lo que fue, sino que reverencien lo que es, si no fueren los invidiosos, de quien ninguna próspera fortuna está segura. ...

En la línea 4592
del libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
del afamado autor Miguel de Cervantes Saavedra
... Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!, por experiencia que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil sea a los encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y de lo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus mismos ojos la hermosura y gallardía de la sin par Dulcinea en toda su entereza y natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y más, que el perverso encantador que se atrevió a hacer una transformación tan mala no es mucho que haya hecho la de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la gloria del vencimiento de las manos. ...

En la línea 11184
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... si lo supiera? A la Regenta le repugnaba, como una villanía, como una bajeza aquella predilección con que sus sentidos se recreaban en el recuerdo de Mesía apenas se les dejaba suelta la rienda un momento. ...

En la línea 2025
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... ¿Para qué interrumpirme a fin de preguntarme si mi antipatía hacia Provis podía deberse a Estella? ¿Para qué entretenerme en mi camino, a fin de comparar el estado de mi mente entre cuando traté de limpiarme de la mancha de la prisión, antes de ir al encuentro de Estella en la oficina de la diligencia, con el estado mental en que me hallaba ahora, al considerar el abismo que se había abierto entre Estella, en su orgullo y belleza, y el presidiario a quien albergaba en mi casa? No por hacerlo sería mejor el camino ni tampoco el final que nos estuviese reservado a todos. Eso no sería de ningún beneficio para mi protector ni para mí. Esta narración me había producido otro temor; o, mejor dicho, tal relato había dado forma y objeto a un temor que sentía inconscientemente. Si Compeyson vivía y descubría por azar el regreso de Provis, no serían ya dudosas las consecuencias. Nadie mejor que yo estaba persuadido de que Compeyson tenía un miedo horrible a Provis, y no era difícil imaginar que un hombre como él, a juzgar por la descripción que se nos había hecho, no vacilaría en lo más mínimo en librarse de un enemigo delatándolo. Hasta entonces, yo no había dicho una sola palabra a Provis acerca de Estella, y estaba firmemente decidido a no hacerlo. Pero dije a Herbert que antes de marcharme al extranjero deseaba ver a Estella y a la señorita Havisham. Esto ocurrió en cuanto nos quedamos solos por la noche del mismo día en que Provis nos refirió su historia. Resolví, pues, ir a Richmond al siguiente día, y así lo hice. Al presentarme a la señora Brandley, ésta hizo llamar a la doncella de Estella, quien me dijo que la joven había marchado al campo. ¿Adónde? A la casa Satis, como de costumbre. Repliqué que no era como de costumbre, pues hasta entonces nunca había ido sin mí. Pregunté cuándo estaría de regreso, pero advertí una reserva especial en la respuesta, que aumentó mi perplejidad. La doncella me dijo que, según se imaginaba, no regresaría por algún tiempo. Nada pude adivinar ni comprender por tales palabras, excepto el hecho de que deliberadamente se proponían que yo no pudiese comprenderlo, y, así, volví a mi casa completamente desencantado. Por la noche volví a consultar con Herbert después de la marcha de Provis (y debo repetir que yo siempre le acompañaba hasta su alojamiento y observaba con la mayor atención alrededor de mí), y en nuestra conversación, después de tratar del asunto, llegamos a la conclusión de que nada podía decidirse acerca del proyectado viaje al extranjero hasta que yo regresara de mi visita a la señorita Havisham. Mientras tanto, Herbert y yo reflexionamos acerca de lo que más convendría decir, o bien que teníamos la sospecha y el temor de que alguien nos vigilara, receloso, o excusarnos en el hecho de que, como yo no había estado nunca en el extranjero, me resultaría agradable hacer un viaje. Nos constaba de antemano que él aceptaría 169 cualquier cosa que yo le propusiera. Por otra parte, Herbert y yo convinimos en que no había que pensar en que Provis continuara muchos días en el mismo peligro a que estaba expuesto. Al día siguiente cometí la bajeza de fingir que iba a cumplir una promesa hecha a Joe de ir a verle; yo era capaz de cometer cualquier indignidad con relacion a Joe o a su nombre. Mientras durase mi ausencia, Provis debería tener el mayor cuidado, y Herbert se encargaría de él como lo hacía yo. Me proponía estar ausente una sola noche, y a, mi regreso debería empezar, según las ideas de Provis, mi carrera como caballero rico. Entonces se me ocurrió, y, según vi más tarde, también se le ocurrió a Herbert, que podríamos inducirle a ir al extranjero con la excusa de hacer compras o algo por el estilo. Habiendo dispuesto así mi visita a la señorita Havisham, salí en la primera diligencia del día siguiente, cuando apenas había luz en el cielo, y nos encontramos en plena carretera al asomar el día, que parecía avanzar despacio, quejándose y temblando de frío, envuelto como estaba en capas de nubes y andrajos de niebla, cual si fuese un mendigo. Cuando llegamos a El Jabalí Azul, después de viajar entre la lluvia, ¡cuál no sería mi asombro al ver en el umbral de la puerta, con un mondadientes en la mano y contemplando la diligencia, a Bentley Drummle! Como él fingió no haberme visto, yo hice como si no le reconociera. Tal actitud era muy ridícula por ambas partes, y más aún porque luego entramos a la vez en la sala del café, en donde él acababa de terminar su desayuno y en donde ordené que me sirvieran el mío. Me era violento en grado sumo verle en la ciudad, puesto que de sobra sabía la causa de su permanencia en ella. Fingiendo que me entregaba a la lectura de un periódico local de fecha remota, en el que no había nada tan legible como las manchas de café, de encurtidos, de salsas de pescado, de manteca derretida y de vino de que estaba lleno, como si el papel hubiese contraído el sarampión de un modo muy irregular, me senté a mi mesa en tanto que él permanecía ante el fuego. Poco a poco me pareció insoportable que estuviera allí, y por esta causa me puse en pie, decidido a gozar de mi parte de calor en la chimenea. Para alcanzar el atizador a fin de reanimar el fuego, tuve que pasar mis manos por detrás de sus piernas; pero, sin embargo, continué fingiendo que no le conocía. - ¿Es un desaire? - preguntó el señor Drummle. - ¡Oh! - exclamé, con el atizador en la mano. - ¿Es usted? ¿Cómo está usted? Me preguntaba quién me impediría gozar del calor del fuego. Dicho esto, revolví las brasas de un modo tremendo y después me planté al lado del señor Drummle, con los hombros rígidos y de espaldas al fuego. - ¿Acaba usted de llegar? - preguntó el señor Drummle dándome un ligero empujón hacia un lado. - Sí - le contesté, empujándole, a mi vez, con mi hombro. - Es un lugar horrible - dijo Drummle. - Según tengo entendido, es su país. - Sí – asentí. - Y creo que su Shropshire es completamente igual a esto. - No se le parece en nada absolutamente - contestó Drummle. Luego se miró las botas, y yo le imité mirándome las mías. Un momento más tarde, el señor Drummle miró mis botas, y yo las suyas, en justa correspondencia. - ¿Hace mucho que está usted aquí? - le pregunté, decidido a no dejarme alejar una sola pulgada del fuego. - Lo bastante para estar cansado - contestó Drummle fingiendo un bostezo, pero igualmente decidido a no alejarse. - ¿Estará aún mucho tiempo? - No puedo decirlo - contestó Drummle. - ¿Y usted? - No puedo decirlo - repliqué. Entonces experimenté la sensación de que si en aquel momento el señor Drummle hubiese hecho la menor tentativa para disfrutar de más sitio ante el fuego, yo le habría arrojado contra la ventana, y también comprendí que si mi hombro hubiese expresado la misma pretensión, el señor Drummle me habría arrojado a la mesa más cercana. Él se puso a silbar, y yo hice lo mismo. - Por aquí abundan los marjales, según creo - observó Drummle. - Sí. ¿Y qué? - repliqué. El señor Drummle me miró, luego se fijó en mis botas y dijo: - ¡Oh! Y se echó a reír. - ¿Está usted de buen humor, señor Drummle? 170 - No – contestó, - no puede decir se que lo esté. Voy a pasear a caballo. Para pasar el rato me propongo explorar esos marjales. Me han dicho que junto a ellos hay varias aldeas y que hay tabernas y herrerías curiosas… ¡Camarero! - ¿Qué desea el señor? - ¿Está ensillado mi caballo? - Lo han llevado ya ante la puerta, señor. -Muy bien. Ahora fíjate. Hoy la señorita no saldrá a caballo, porque el tiempo sigue malo. - Muy bien, señor. - Y yo no vendré a comer, porque iré a hacerlo a casa de la señorita. - Muy bien, señor. Drummle me miró con tal expresión de triunfo en su carota de grandes mandíbulas, que el corazón me dolió a pesar de la estupidez de aquel hombre, exasperándome de tal manera que me sentí inclinado a cogerlo en mis brazos (de igual modo como en las historias de ladrones se cuenta que los bandidos cogían a las damas) para sentarlo a la fuerza sobre las brasas. Una cosa resultaba evidente en nosotros, y era que, de no venir nadie en nuestra ayuda, ninguno de los dos sería capaz de abandonar el fuego. Allí estábamos ambos, con los hombros y los pies en contacto, sin movernos a ningún lado ni por espacio de una pulgada. Desde allí podíamos ver el caballo ante la puerta y entre la lluvia; mi desayuno estaba servido en la mesa, en tanto que ya habían retirado el servicio de Drummle; el camarero me invitaba a sentarme, y yo le hice una señal de asentimiento, pero los dos continuábamos inmóviles ante el fuego. - ¿Ha estado usted recientemente en «La Enramada»? - preguntó Drummle. - No - le contesté. - Ya quedé más que satisfecho de los Pinzones la última vez que estuve. - ¿Fue cuando tuvimos aquella pequeña diferencia de opinión? - Sí - le contesté secamente. - ¡Caramba! - exclamó él. - Demostró usted ser muy ligero de cascos. No debía haber perdido tan pronto su presencia de ánimo. - Señor Drummle - le contesté, - no es usted quién para darme consejos acerca del particular. Cuando pierdo el dominio sobre mí mismo (y con eso no admito que me ocurriese en aquella ocasión), por lo menos no tiro vasos a la cabeza de las personas. - Pues yo sí - contestó Drummle. Después de mirarle una o dos veces con expresión de ferocidad que aumentaba a cada momento, dije: - Señor Drummle, yo no he buscado esta conversación, que, por otra parte, no me parece nada agradable. - Seguramente no lo es - dijo con altanería y mirándome por encima del hombro. - No me lo parece ni remotamente. - Por lo tanto – continué, - y si me lo permite, me aventuraré a indicar la conveniencia de que en adelante no exista entre nosotros la menor comunicación. - Ésta es también mi opinión - dijo Drummle, - y lo habría indicado yo mismo, o lo hubiera hecho sin advertirlo. Pero no pierda usted los estribos. ¿No ha perdido ya bastante? - ¿Qué quiere usted decir, caballero? - ¡Camarero! - llamó Drummle como si quisiera contestarme de esta manera. El llamado acudió. -Fíjate bien. Supongo que has comprendido que la señorita no paseará hoy a caballo y que yo cenaré en su casa. - Lo he entendido muy bien, señor. Cuando el camarero, poniendo la mano en la tetera, vio que estaba muy fría, me dirigió una mirada suplicante y se marchó. Drummle, teniendo el mayor cuidado de no mover su hombro que se tocaba con el mío, sacó un cigarro del bolsillo, mordió la punta y lo encendió, pero sin demostrar su intención de apartarse lo más mínimo. Enfurecido como estaba, comprendí que no podríamos cruzar una sola palabra más sin hablar de Estella, nombre que no pódría consentirle que pronunciase; por esta razón, me quedé mirando fijamente a la pared, como si no hubiese nadie en la sala y yo mismo me obligara a guardar silencio. Es imposible decir cuánto tiempo habríamos permanecido en tan ridícula situación, pero en aquel momento entraron tres granjeros ricos, a los que acompañó el camarero sin duda alguna y que aparecieron en la sala del café desabrochándose sus grandes abrigos y frotándose las manos. Y como quiera que dieron una carga en dirección al fuego, no tuvimos más remedio que retirarnos. 171 A través de la ventana le vi agarrando las crines del cuello de su caballo y montando del modo brutal que le era peculiar. Luego desapareció. Me figuré que se había marchado, cuando volvió pidiendo fuego para el cigarro que tenía en la boca. Apareció un hombre con el traje lleno de polvo, a fin de darle con qué encender, e ignoro de dónde salió, si del patio de la posada o de la calle. Y mientras Drummle se inclinaba sobre la silla para encender el cigarro y se reía, moviendo la cabeza en dirección a la sala del café, los hombros inclinados y el revuelto cabello de aquel hombre, que me daba la espalda, me hicieron recordar a Orlick. Demasiado preocupado por otras cosas para sentir interés en averiguar si lo era o no, o para tocar siquiera el desayuno, me lavé la cara y las manos para quitarme el polvo del viaje y me dirigí a la vieja y tan recordada casa, que mejor habría sido para mí no ver nunca en la vida y en la que ojalá no hubiese entrado jamás. ...

En la línea 2027
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Encontré a la señorita Havisham y a Estella en la estancia en que había la mesa tocador y donde ardían las bujías en los candelabros de las paredes. La primera estaba sentada en un canapé ante el fuego, y Estella, en un almohadón a sus pies. La joven hacía calceta, y la señorita Havisham la miraba. Ambas levantaron los ojos cuando yo entré, y las dos se dieron cuenta de la alteración de mi rostro. Lo comprendí así por la mirada que cambiaron. - ¿Qué viento lo ha traído, Pip? - preguntó la señorita Havisham. Aunque me miraba fijamente, me di cuenta de que estaba algo confusa. Estella interrumpió un momento su labor de calceta, fijando en mí sus ojos, y luego continuó trabajando, y por el movimiento de sus dedos, como si fuese el lenguaje convencional de los sordomudos, me pareció comprender que se daba cuenta de que yo había descubierto a mi bienhechor. - Señorita Havisham – dije, - ayer fui a Richmond con objeto de hablar a Estella; pero, observando que algún viento la había traído aquí, la he seguido. La señorita Havisham me indicó por tercera o cuarta vez que me sentara, y por eso tomé la silla que había ante la mesa tocador, la que le viera ocupar tantas veces. Y aquel lugar lleno de ruinas y de cosas muertas me pareció el más indicado para mí aquel día. - Lo que quería decir a Estella, señorita Havisham, lo diré ahora ante usted misma… en pocos instantes. Mis palabras no la sorprenderán ni le disgustarán. Soy tan desgraciado como puede usted haber deseado. La señorita Havisham continuaba mirándome fijamente, Por el movimiento de los dedos de Estella comprendí que también ella esperaba lo que iba a decir, pero no levantó la vista hacia mí. -He descubierto quién es mi bienhechor. No ha sido un descubrimiento afortunado, y seguramente eso no ha de contribuir a mejorar mi reputación, mi situación y mi fortuna. Hay razones que me impiden decir nada más acerca del particular, porque el secreto no me pertenece. Mientras guardaba silencio por un momento, mirando a Estella y pensando cómo continuaría, la señorita Havisham murmuró: - El secreto no te pertenece. ¿Qué más? - Cuando me hizo usted venir aquí, señorita Havisham; cuando yo vivía en la aldea cercana, que ojalá no hubiese abandonado nunca… , supongo que entré aquí como pudiera haber entrado otro muchacho cualquiera… , como una especie de criado, para satisfacer una necesidad o un capricho y para recibir el salario correspondiente. - Sí, Pip - replicó la señorita Havisham, afirmando al mismo tiempo con la cabeza. - En ese concepto entraste en esta casa. - Y que el señor Jaggers… - El señor Jaggers - dijo la señorita Havisham interrumpiéndome con firmeza - no tenía nada que ver con eso y no sabía una palabra acerca del particular. Él es mi abogado y, por casualidad, lo era también de tu bienhechor. De la misma manera sostiene relaciones con otras muchas personas, con las que podía haber ocurrido lo mismo. Pero sea como fuere, sucedió así y nadie tiene la culpa de ello. Cualquiera que hubiese contemplado entonces su desmedrado rostro habría podido ver que no se excusaba ni mentía. - Pero cuando yo caí en el error, y en el que he creído por espacio de tanto tiempo, usted me dejó sumido en él - dije. - Sí - me contestó, afirmando otra vez con movimientos de cabeza -, te dejé en el error. - ¿Fue eso un acto bondadoso? 172 - ¿Y por qué - exclamó la señorita Havisham golpeando el suelo con su bastón y encolerizándose de repente, de manera que Estella la miró sorprendida, - por qué he de ser bondadosa? Mi queja carecía de base, y por eso no proseguí. Así se lo manifesté cuando ella se quedó pensativa después de su irritada réplica. - Bien, bien – dijo. - ¿Qué más? - Fui pagado liberalmente por los servicios prestados aquí - dije para calmarla, - y recibí el beneficio de ser puesto de aprendiz con Joe, de manera que tan sólo he hecho estas observaciones para informarme debidamente. Lo que sigue tiene otro objeto, y espero que menos interesado. Al permitirme que continuara en mi error, señorita Havisham, usted castigó o puso a prueba - si estas expresiones no le desagradan y puedo usarlas sin ofenderla - a sus egoístas parientes. - Sí. Ellos también se lo figuraron, como tú. ¿Para qué había de molestarme en rogarte a ti o en suplicarles a ellos que no os figuraseis semejante cosa? Vosotros mismos os fabricasteis vuestros propios engaños. Yo no tuve parte alguna en ello. Esperando a que de nuevo se calmase, porque también pronunció estas palabras muy irritada, continué: - Fui a vivir con una familia emparentada con usted, señorita Havisham, y desde que llegué a Londres mantuve con ellos constantes relaciones. Me consta que sufrieron honradamente el mismo engaño que yo. Y cometería una falsedad y una bajeza si no le dijese a usted, tanto si es de su agrado como si no y tanto si me presta crédito como si no me cree, que se equivoca profundamente al juzgar mal al señor Mateo Pocket y a su hijo Herbert, en caso de que se figure que no son generosos, leales, sinceros e incapaces de cualquier cosa que sea indigna o egoísta. -Son tus amigos - objetó la señorita Havisham. - Ellos mismos me ofrecieron su amistad - repliqué -precisamente cuando se figuraban que les había perjudicado en sus intereses. Por el contrario, me parece que ni la señorita Sara Pocket ni la señorita Georgina, ni la señora Camila eran amigas mías. Este contraste la impresionó, según observé con satisfacción. Me miró fijamente por unos instantes y luego dijo: - ¿Qué quieres para ellos? - Solamente - le contesté - que no los confunda con los demás. Es posible que tengan la misma sangre, pero puede estar usted segura de que no son iguales. Sin dejar de mirarme atentamente, la señorita Havisham repitió: - ¿Qué quieres para ellos? - No soy tan astuto, ya lo ve usted - le dije en respuesta, dándome cuenta de que me ruborizaba un poco, - para creer que puedo ocultarle, aun proponiéndomelo, que deseo algo. Si usted, señorita Havisham, puede dedicar el dinero necesario para hacer un gran servicio a mi amigo Herbert, algo que resolvería su vida entera, aunque, dada la naturaleza del caso, debería hacerse sin que él lo supiera, yo podría indicarle el modo de llevarlo a cabo. - ¿Por qué ha de hacerse sin que él lo sepa? - preguntó, apoyando las manos en su bastón, a fin de poder mirarme con mayor atención. - Porque - repliqué - yo mismo empecé a prestarle este servicio hace más de dos años, sin que él lo supiera, y no quiero que se entere de lo que por él he hecho. No puedo explicar la razón de que ya no me sea posible continuar favoreciéndole. Eso es una parte del secreto que pertenece a otra persona y no a mí. Gradualmente, la señorita Havisham apartó de mí su mirada y la volvió hacia el fuego. Después de contemplarlo por un espacio de tiempo que, dado el silencio reinante y la escasa luz de las bujías, pareció muy largo, se sobresaltó al oír el ruido que hicieron varias brasas al desplomarse, y de nuevo volvió a mirarme, primero casi sin verme y luego con atención cada vez más concentrada. Mientras tanto, Estella no había dejado de hacer calceta. Cuando la señorita Havisham hubo fijado en mí su atención, añadió, como si en nuestro diálogo no hubiese habido la menor interrupción: - ¿Qué más? - Estella - añadí volviéndome entonces hacia la joven y esforzándome en hacer firme mi temblorosa voz, - ya sabe usted que la amo. Ya sabe usted que la he amado siempre con la mayor ternura. Ella levantó los ojos para fijarlos en mi rostro, al verse interpelada de tal manera, y me miró con aspecto sereno. Vi entonces que la señorita Havisham nos miraba, fijando alternativamente sus ojos en nosotros. -Antes le habría dicho eso mismo, a no ser por mi largo error, pues éste me inducía a esperar, creyendo que la señorita Havisham nos había destinado uno a otro. Mientras creí que usted tenía que obedecer, me contuve para no hablar, pero ahora debo decírselo. Siempre serena y sin que sus dedos se detuvieran, Estella movió la cabeza. 173 - Ya lo sé - dije en respuesta a su muda contestación, - ya sé que no tengo la esperanza de poder llamarla mía, Estella. Ignoro lo que será de mí muy pronto, lo pobre que seré o adónde tendré que ir. Sin embargo, la amo. La amo desde la primera vez que la vi en esta casa. Mirándome con inquebrantable serenidad, movió de nuevo la cabeza. - Habría sido cruel por parte de la señorita Havisham, horriblemente cruel, haber herido la susceptibilidad de un pobre muchacho y torturarme durante estos largos años con una esperanza vana y un cortejo inútil, en caso de que hubiese reflexionado acerca de lo que hacía. Pero creo que no pensó en eso. Estoy persuadido de que sus propias penas le hicieron olvidar las mías, Estella. Vi que la señorita Havisham se llevaba la mano al corazón y la dejaba allí mientras continuaba sentada y mirándonos, sucesivamente, a Estella y a mí. - Parece - dijo Estella con la mayor tranquilidad -que existen sentimientos e ilusiones, pues no sé cómo llamarlos, que no me es posible comprender. Cuando usted me dice que me ama, comprendo lo que quiere decir, como frase significativa, pero nada más. No despierta usted nada en mi corazón ni conmueve nada en él. Y no me importa lo más mínimo cuanto diga. Muchas veces he tratado de avisarle acerca del particular. ¿No es cierto? - Sí - contesté tristemente. -Así es. Pero usted no quería darse por avisado, porque se figuraba que le hablaba en broma. Y ahora ¿cree usted lo mismo? - Creí, con la esperanza de comprobarlo luego, que no me lo decía en serio. ¡Usted, tan joven, tan feliz y tan hermosa, Estella! Seguramente, eso está en desacuerdo con la Naturaleza. - Está en mi naturaleza - replicó. Y a continuación añadió significativamente: - Está en la naturaleza formada en mi interior. Establezco una gran diferencia entre usted y todos los demás cuando le digo esto. No puedo hacer más. - ¿No es cierto- pregunté- que Bentley Drummle está en esta ciudad y que la corteja a usted? - Es verdad - contestó ella refiriéndose a mi enemigo con expresión de profundo desdén. - ¿Es cierto que usted alienta sus pretensiones, que sale a pasear a caballo en su compañía y que esta misma noche él cenará con usted? Pareció algo sorprendida de que estuviera enterado de todo eso, pero de nuevo contestó: — Es cierto. - Tengo la esperanza de que usted no podrá amarle, Estella. Sus dedos se quedaron quietos por vez primera cuando me contestó, algo irritada: - ¿Qué le dije antes? ¿Sigue figurándose, a pesar de todo, que no le hablo con sinceridad? - No es posible que usted se case con él, Estella. Miró a la señorita Havisham y se quedó un momento pensativa, con la labor entre las manos. Luego exclamó: - ¿Por qué no decirle la verdad? Voy a casarme con él. Dejé caer mi cara entre las manos, pero logré dominarme mejor de lo que esperaba, teniendo en cuenta la agonía que me produjeron tales palabras. Cuando de nuevo levanté el rostro, advertí tan triste mirada en el de la señorita Havisham, que me impresioné a pesar de mi dolor. - Estella, querida Estella, no permita usted que la señorita Havisham la lleve a dar ese paso fatal. Recháceme para siempre (ya lo ha hecho usted, y me consta), pero entréguese a otra persona mejor que Drummle. La señorita Havisham la entrega a usted a él como el mayor desprecio y la mayor injuria que puede hacer de todos los demás admiradores de usted, mucho mejores que Drummle, y a los pocos que verdaderamente le aman. Entre esos pocos puede haber alguno que la quiera tanto como yo, aunque ninguno que la ame de tanto tiempo. Acepte usted a cualquiera de ellos y, ya que será usted más feliz, yo soportaré mejor mi desdicha. Mi vehemencia pareció despertar en ella el asombro, como si sintiera alguna compasión, ello suponiendo que hubiese llegado a comprenderme. - Voy a casarme con él - dijo con voz algo más cariñosa. - Se están haciendo los preparativos para mi boda y me casaré pronto. ¿Por qué mezcla usted injuriosamente en todo eso el nombre de mi madre adoptiva? Obro por mi iniciativa propia. - ¿Es iniciativa de usted, Estella, el entregarse a una bestia? - ¿A quién quiere usted que me entregue? ¿Acaso a uno de esos hombres que se darían cuenta inmediatamente en caso de que alguien pueda sentir eso) de que yo no le quiero nada en absoluto? Pero no hay más que hablar. Es cosa hecha. Viviré bien, y lo mismo le ocurrirá a mi marido. Y en cuanto a llevarme, según usted dice, a dar este paso fatal, sepa que la señorita Havisham preferiría que esperase y no 174 me casara tan pronto; pero estoy cansada ya de la vida que he llevado hasta ahora, que tiene muy pocos encantos para mí, y deseo cambiarla. No hablemos más, porque no podremos comprendernos mutuamente. - ¿Con un hombre tan estúpido y tan bestia? - exclamé desesperado. - No tenga usted cuidado, que no sere una bendición para él - me dijo Estella. - No seré nada de eso. Y ahora, aquí tiene usted mi mano. ¿Nos despediremos después de esta conversación, muchacho visionario… u hombre? - ¡Oh Estella! - contesté mientras mis amargas lágrimas caían sobre su mano, a pesar de mis esfuerzos por contenerlas. - Aunque yo me quedara en Inglaterra y pudiese verla como todos los demás, ¿cómo podría resignarme a verla convertida en esposa de Drummle? - ¡Tonterías! – dijo. - Eso pasará en muy poco tiempo. - ¡Jamás, Estella! - Dentro de una semana ya no se acordará de mí. - ¡Que no me acordaré de usted! Es una parte de mi propia vida, parte de mí mismo. Ha estado usted en cada una de las líneas que he leído, desde que vine aquí por vez primera, cuando era un muchacho ordinario y rudo, cuyo pobre corazón ya hirió usted entonces. Ha estado usted en todas las esperanzas que desde entonces he tenido… en el río, en las velas de los barcos, en los marjales, en las nubes, en la luz, en la oscuridad, en el viento, en los bosques, en el mar, en las calles. Ha sido usted la imagen de toda graciosa fantasía que mi mente ha podido forjarse. Las piedras de que están construidas los más grandes edificios de Londres no son más reales, ni es más imposible que sus manos las quiten de su sitio, que el separar de mí su influencia antes, ahora y siempre. Hasta la última hora de mi vida, Estella, no tiene usted más remedio que seguir siendo parte de mí mismo, parte del bien que exista en mí, así como también del mal que en mí se albergue. Pero en este momento de nuestra separación la asocio tan sólo con el bien, y fielmente la recordaré confundida con él, pues a pesar de todo mi dolor en estos momentos, siempre me ha hecho usted más bien que mal. ¡Oh, que Dios la bendiga y que Él la perdone! Ignoro en qué éxtasis de infelicidad pronuncié estas entrecortadas palabras. La rapsodia fluía dentro de mí como la sangre de una herida interna y salía al exterior. Llevé su mano a mis labios, sosteniéndola allí unos momentos, y luego me alej é. Pero siempre más recordé - y pronto ocurrió eso por una razón más poderosa - que así como Estella me miraba con incrédulo asombro, el espectral rostro de la señorita Havisham, que seguía con la mano apoyada en su corazón, parecía expresar la compasión y el remordimiento. ¡Todo había acabado! ¡Todo quedaba lejos! Y tan sumido en el dolor estaba al salir, que hasta la misma luz del día me pareció más oscura que al entrar. Por unos momentos me oculté pasando por estrechas callejuelas, y luego emprendí el camino a pie, en dirección a Londres, pues comprendía que no me sería posible volver a la posada y ver allí a Drummle. Tampoco me sentía con fuerzas para sentarme en el coche y sufrir la conversación de los viajeros, y lo mejor que podría hacer era fatigarme en extremo. Era ya más de medianoche cuando crucé el Puente de Londres. Siguiendo las calles estrechas e intrincadas que en aquel tiempo se dirigían hacia el Oeste, cerca de la orilla del Middlesex, mi camino más directo hacia el Temple era siguiendo la orilla del río, a través de Whitefriars. No me esperaban hasta la mañana siguiente, pero como yo tenía mis llaves, aunque Herbert se hubiese acostado, podría entrar sin molestarle. Como raras veces llegaba a la puerta de Whitefriars después de estar cerrada la del Temple, y, por otra parte, yo iba lleno de barro y estaba cansado, no me molestó que el portero me examinara con la mayor atención mientras tenía abierta ligeramente la puerta para permitirme la entrada. Y para auxiliar su memoria, pronuncié mi nombre. - No estaba seguro por completo, señor, pero me lo parecía. Aquí hay una carta, caballero. El mensajero que la trajo dijo que tal vez usted sería tan amable para leerla a la luz de mi farol. Muy sorprendido por esta indicación, tomé la carta. Estaba dirigida a Philip Pip, esquire, y en la parte superior del sobrescrito se veían las palabras: «HAGA EL FAVOR DE LEER LA CARTA AQUÍ.» La abrí mientras el vigilante sostenía el farol, y dentro hallé una línea, de letra de Wemmick, que decía: «NO VAYA A SU CASA». ...

En la línea 2057
del libro Grandes Esperanzas
del afamado autor Charles Dickens
... Por espacio de once años no había visto a Joe ni a Biddy con los ojos del cuerpo, aunque con mucha frecuencia habían estado presentes ante los de mi alma. Una nocha de diciembre, una hora o dos después de oscurecer, apoyé suavemente la mano en el picaporte de la vieja puerta de la cocina. Lo hice con tanta suavidad que no me oyó nadie, y, sin que se dieran cuenta de mi presencia, miré al interior. Allí, fumando su pipa en el lugar acostumbrado ante la luz del fuego, tan fuerte y tan robusto como siempre, aunque con los cabellos grises, estaba Joe; y, protegido en un rincón por la pierna de éste y sentado en mi taburetito, vi que, mirando al fuego, estaba… ¿yo mismo, acaso? - Le dimos el nombre de Pip en recuerdo tuyo - dijo Joe, alegre en extremo, cuando yo me senté en otro taburete al lado del niño (aunque me guardé muy bien de mesarle el cabello) y esperamos que se parecerá bastante a ti. Así pensaba yo también, y a la mañana siguiente me lo llevé a dar un paseo. Hablamos mucho, y mutuamente nos comprendimos a la perfección. Luego le llevé al cementerio, le hice sentar en determinada tumba y él me mostró desde aquel lugar la losa consagrada a la memoria de «Philip Pirrip, último de la parroquia, y también de Georgiana, esposa del anterior». - Biddy - dije al hablar con ella después de comer y mientras su hijito dormía en su regazo. - Es preciso que me des a Pip, o me lo prestes. - De ningún modo - contestó Biddy cariñosamente. - Es preciso que te cases. - Lo mismo me dicen Herbert y Clara, pero yo no soy de la misma opinión, Biddy. Me he establecido ya en su casa de un modo tan permanente, que no es fácil que esto ocurra. Soy un solterón a perpetuidad. Biddy miró al niño, se llevó su manecita a los labios y luego, con la misma mano bondadosa, me tocó la mía. En aquella acción y en la ligera presión de la sortija de boda de Biddy hubo algo que en sí era muy elocuente. - Querido Pip - dijo Biddy. - ¿Estás seguro de no sentirte enojado con ella? - ¡Oh, no! Me parece que no, Biddy. - Dímelo como a una antigua amiga. ¿La has olvidado ya? - Mi querida Biddy, no he olvidado en mi vida nada que se haya relacionado con este lugar. Pero aquel pobre sueño, como solía llamarlo, ha desaparecido por completo. Pero aún, mientras decía estas palabras, estaba convencido de mi deseo secreto de volver a visitar el lugar en que existiera la antigua casa, y en recuerdo de ella. Sí: en recuerdo de Estella. Habíame enterado de que su vida era muy desgraciada; de que se separó de su marido, que la trataba con la mayor crueldad y que llegó a ser famoso por su orgullo, su avaricia, su brutalidad y su bajeza. También me enteré de la muerte de su marido a causa de un accidente debido al mal trato que dio a un caballo. Esta liberación de Estella ocurrió dos años antes y, según me figuraba, se habría casado ya otra vez. Como en casa de Joe se comía temprano, tenía tiempo más que suficiente, sin necesidad de apresurar el rato de charla con Biddy, para ir a hacer la visita deseada antes de que oscureciese. Pero como me entretuve mucho por el camino, mirando cosas que recordaba y pensando en los tiempos pasados, declinaba ya el día cuando llegué allí. Ya no existía la casa, ni la fábrica de cerveza, ni construcción alguna, a excepción de la tapia del antiguo jardín. El terreno había sido rodeado con una mala cerca, y mirando por encima de ella observé que parte de la antigua hiedra había retoñado y crecía verde y fresca sobre los montones de ruinas. Como la puerta de esa cerca estaba entreabierta, la acabé de abrir y penetré en el recinto. Una niebla fría y plateada envolvía el atardecer, y la luna no había salido para disiparla. Pero las estrellas brillaban más allá de la niebla y salía ya la luna, de modo que la noche no era oscura. Distinguí perfectamente dónde había estado la antigua casa, la fábrica de cerveza, las puertas y los barriles. Después de esto y cuando miraba la desolada cerca del jardín, vi en él a una figura solitaria. Ésta pareció haberme descubierto también mientras yo avanzaba. Hasta entonces se había ido acercando, pero luego se quedó quieta. Yo me aproximé y me di cuenta de que era una mujer. Y, al acercarme más, estuvo a punto de alejarse, pero por fin se detuvo, permitiéndome llegar a su lado. Luego, como si estuviera muy sorprendida, pronunció mi nombre, y yo, al reconocerla, exclamé: - ¡Estella! - Estoy muy cambiada. Me extraña que me reconozca usted. En realidad, había perdido la lozanía de su belleza, pero aún conservaba su indescriptible majestad y su extraordinario encanto. Esos atractivos ya los conocía, pero lo que nunca vi en otros tiempos era la luz suavizada y entristecida de aquellos ojos, antes tan orgullosos, y lo que nunca sentí en otro tiempo fue el contacto amistoso de aquella mano, antes insensible. Nos sentamos en un banco cercano, y entonces dije: 231 - Después de tantos años es realmente extraño, Estella, que volvamos a encontrarnos en el mismo lugar que nos vimos por vez primera. ¿Viene usted aquí a menudo? -Desde entonces no había vuelto. - Yo tampoco. La luna empezó a levantarse, y me recordó aquella plácida mirada al techo blanco, que ya había pasado, y recordé también la presión en mi mano en cuanto yo hube pronunciado las últimas palabras que él oyó en este mundo. Estella fue la primera en romper el silencio que reinaba entre nosotros. -Muchas veces había esperado, proponiéndome volver, pero me lo impidieron numerosas circunstancias. ¡Pobre, pobre lugar éste! La plateada niebla estaba ya iluminada por los primeros rayos de luz de la luna, que también alumbraban las lágrimas que derramaban sus ojos. Entonces, ignorando que yo las veía y ladeándose para ocultarlas, añadió: - ¿Se preguntaba usted, acaso, mientras paseaba por aquí, cómo ha llegado a transformarse este lugar? - Sí, Estella. - El terreno me pertenece. Es la única posesión que no he perdido. Todo lo demás me ha sido arrebatado poco a poco; pero pude conservar esto. Fue el objeto de la única resistencia resuelta que llegué a hacer en los miserables años pasados. - ¿Va a construirse algo aquí? -Sí. Y he venido a darle mi despedida antes de que ocurra este cambio. Y usted - añadió con voz tierna para una persona que, como yo, vivía errante, - ¿vive usted todavía en el extranjero? - Sí. - ¿Le va bien? - Trabajo bastante, pero me gano la vida y, por consiguiente… , sí, sí, me va bien. - Muchas veces he pensado en usted - dijo Estella. - ¿De veras? -últimamente con mucha frecuencia. Pasó un tiempo muy largo y muy desagradable, cuando quise alejar de mi memoria el recuerdo de lo que desdeñé cuando ignoraba su valor; pero, a partir del momento en que mi deber no fue incompatible con la admisión de este recuerdo, le he dado un lugar en mi corazón. - Pues usted siempre ha ocupado un sitio en el mío - contesté. Guardamos nuevamente silencio, hasta que ella habló, diciendo: - Poco me figuraba que me despediría de usted al despedirme de este lugar. Me alegro mucho de que sea así. - ¿Se alegra de que nos despidamos de nuevo, Estella? Para mí, las despedidas son siempre penosas. Para mí, el recuerdo de nuestra última despedida ha sido siempre triste y doloroso. - Usted me dijo - replicó Estella con mucha vehemencia-: «¡Dios la bendiga y la perdone!» Y si entonces pudo decirme eso, ya no tendrá inconveniente en repetírmelo ahora, ahora que el sufrimiento ha sido más fuerte que todas las demás enseñanzas y me ha hecho comprender lo que era su corazón. He sufrido mucho; mas creo que, gracias a eso, soy mejor ahora de lo que era antes. Sea considerado y bueno conmigo, como lo fue en otro tiempo, y dígame que seguimos siendo amigos. - Somos amigos - dije levantándome e inclinándome hacia ella cuando se levantaba a su vez. -Y continuaremos siendo amigos, aunque vivamos lejos uno de otro - dijo Estella. Yo le tomé la mano y salimos de aquel desolado lugar. Y así como las nieblas de la mañana se levantaron, tantos años atrás, cuando salí de la fragua, del mismo modo las nieblas de la tarde se levantaban ahora, y en la dilatada extensión de luz tranquila que me mostraron, ya no vi la sombra de una nueva separación entre Estella y yo. ...

En la línea 2162
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑¡Eso no es verdad! ¡Yo no miento! ‑exclamó Dunetchka, perdiendo por completo la calma‑. No me casaría con él si no estuviera convencida de que me aprecia; no me casaría sin estar segura de que es digno de mi estimación. Afortunadamente, tengo la oportunidad de comprobarlo muy pronto, hoy mismo. Este matrimonio no es una vileza como tú dices… Por otra parte, si tuvieses razón, si yo hubiese decidido cometer una bajeza de esta índole, ¿no sería una crueldad tu actitud? ¿Cómo puedes exigir de mí un heroísmo del que tú seguramente no eres capaz? Eso es despotismo, tiranía. Si yo causo la pérdida de alguien, no será sino de mí misma… Todavía no he matado a nadie… ¿Por qué me miras de ese modo… ? ¡Estás pálido… ! ¿Qué te pasa, Rodia… ? ¡Rodia, querido Rodia! ...

En la línea 3071
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Al hablar así, yo no pensaba en tu deshonra ni en tus faltas, sino en tu horrible martirio. Sin duda ‑continuó ardientemente‑, eres una gran pecadora, sobre todo por haberte inmolado inútilmente. Ciertamente, eres muy desgraciada. ¡Vivir en el cieno y saber (porque tú lo sabes: basta mirarte para comprenderlo) que no te sirve para nada, que no puedes salvar a nadie con tu sacrificio… ! Y ahora dime ‑añadió, iracundo‑: ¿Cómo es posible que tanta ignominia, tanta bajeza, se compaginen en ti con otros sentimientos tan opuestos, tan sagrados? Sería preferible arrojarse al agua de cabeza y terminar de una vez. ...

En la línea 4309
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑¿No le inquieta la bajeza de esta conducta? ¿Es que no tiene usted fuerza de voluntad suficiente para detenerse? ...

En la línea 4468
del libro Crimen y castigo
del afamado autor Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
... ‑Puede decir lo que quiera, pero le advierto que hasta ahora me he limitado a hacer simples suposiciones. Personalmente, estoy de acuerdo con usted. Obrar por la fuerza contra alguien es una bajeza. Mi intención era únicamente tranquilizar su conciencia en el caso de que usted… , de que usted quisiera salvar a su hermano de buen grado, es decir, tal como yo le he propuesto. Usted no haría entonces sino inclinarse ante las circunstancias, ceder a la necesidad, por decirlo así… Piense usted en ello. La suerte de su hermano, y también la de su madre, está en sus manos. Piense, además, que yo seré su esclavo, y para toda la vida… Espero su resolución. ...

Reglas relacionadas con los errores de b;v

Las Reglas Ortográficas de la B

Regla 1 de la B

Detrás de m se escribe siempre b.

Por ejemplo:

sombrío
temblando
asombroso.

Regla 2 de la B

Se escriben con b las palabras que empiezan con las sílabas bu-, bur- y bus-.

Por ejemplo: bujía, burbuja, busqué.

Regla 3 de la B

Se escribe b a continuación de la sílaba al- de inicio de palabra.

Por ejemplo: albanés, albergar.

Excepciones: Álvaro, alvéolo.

Regla 4 de la B

Las palabras que terminan en -bundo o -bunda y -bilidad se escriben con b.

Por ejemplo: vagabundo, nauseabundo, amabilidad, sociabilidad.

Excepciones: movilidad y civilidad.

Regla 5 de la B

Se escriben con b las terminaciones del pretérito imperfecto de indicativo de los verbos de la primera conjugación y también el pretérito imperfecto de indicativo del verbo ir.

Ejemplos: desplazaban, iba, faltaba, estaba, llegaba, miraba, observaban, levantaba, etc.

Regla 6 de la B

Se escriben con b, en todos sus tiempos, los verbos deber, beber, caber, haber y saber.

Regla 7 de la B

Se escribe con b los verbos acabados en -buir y en -bir. Por ejemplo: contribuir, imbuir, subir, recibir, etc.

Excepciones: hervir, servir y vivir, y sus derivados.

Las Reglas Ortográficas de la V

Regla 1 de la V Se escriben con v el presente de indicativo, subjuntivo e imperativo del verbo ir, así como el pretérito perfecto simple y el pretérito imperfecto de subjuntivo de los verbos tener, estar, andar y sus derivados. Por ejemplo: estuviera o estuviese.

Regla 2 de la V Se escriben con v los adjetivos que terminan en -ava, -ave, -avo, -eva, -eve, -evo, -iva, -ivo.

Por ejemplo: octava, grave, bravo, nueva, leve, longevo, cautiva, primitivo.

Regla 3 de la V Detrás de d y de b también se escribe v. Por ejemplo: advertencia, subvención.

Regla 4 de la V Las palabras que empiezan por di- se escriben con v.

Por ejemplo: divertir, división.

Excepciones: dibujo y sus derivados.

Regla 5 de la V Detrás de n se escribe v. Por ejemplo: enviar, invento.


Te vas a reir con las pifia que hemos hemos encontrado cambiando las letras b;v


El Español es una gran familia

Palabras parecidas a bajeza

La palabra maletas
La palabra ramal
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