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La palabra arepentida
Cómo se escribe

Comó se escribe arepentida o arrepentida?

Cual es errónea Arrepentida o Arepentida?

La palabra correcta es Arrepentida. Sin Embargo Arepentida se trata de un error ortográfico.

La falta ortográfica detectada en la palabra arepentida es que se ha eliminado o se ha añadido la letra r a la palabra arrepentida

Más información sobre la palabra Arrepentida en internet

Arrepentida en la RAE.
Arrepentida en Word Reference.
Arrepentida en la wikipedia.
Sinonimos de Arrepentida.

Algunas Frases de libros en las que aparece arrepentida

La palabra arrepentida puede ser considerada correcta por su aparición en estas obras maestras de la literatura.
En la línea 1745
del libro La Bodega
del afamado autor Vicente Blasco Ibañez
... Después de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile amenazante, temían éstos un reculón de la fiera, arrepentida de su magnanimidad, y todas las puertas se cerraban. ...

En la línea 7529
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... Se casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida de haber estirado mucho la cuerda observó que el novio estaba muy contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer. ...

En la línea 8228
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... ¿por qué? —respondió ella, arrepentida al instante de haberlo dicho. ...

En la línea 16214
del libro La Regenta
del afamado autor Leopoldo Alas «Clarín»
... ha acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su complicidad bochornosa. ...

En la línea 2376
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... «Dígale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me perdone… que yo cuando me da el toque y me pongo a despotricar soy un papagayo, y la lengua se lo dice sola. Sáqueme pronto de aquí, y trabajaré como nunca, y si me mandan fregar toda la casa de arriba a abajo, la fregaré. Échenme penitencias gordas y las cumpliré en un decir luz». ...

En la línea 3668
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Al quedarse otra vez solo, D. Evaristo arrugó el ceño. Ocurriósele una contrariedad que entorpecería su plan. Al ir hacia el café había preparado por el camino el discurso que le espetaría a Juan Pablo. Este discurso empezaba así: «Amigo mío, me he enterado de que la pobre mujer de su hermano de usted vive en el más grande apartamiento, arrepentida ya de su falta, indigente y sin amparo alguno… » y por aquí seguía. Pero esto era insigne torpeza, porque si después de encarecer lo tronada y hambrienta que estaba Fortunata, ¡la veían tan hermosa… ! No, de ninguna manera. Facilillo era compaginar la lozanía de la señora de Rubín con su desgracia. ¿Y cómo evitar que del indicio de aquellas apretadas carnes y de aquel color admirable indujeran los parientes la certeza de una vida regalona, alegre y descuidada?… Uno rato estuvo mi hombre discurriendo cómo probar que no es cosa del otro jueves que las personas afligidas engorden, y aún no había logrado construir su plan lógico, cuando llegó Juan Pablo, frotándose las manos, y dejando ver en su cara la satisfacción íntima que el simple hecho de entrar en el café le producía. Era como el tinte de placidez que toma la cara del buen burgués al penetrar en el hogar doméstico. Saludáronse los dos amigos con el afecto de siempre. Después de oír, acerca de su salud, todas las vulgaridades hipocráticas con que el sano trastea al enfermo, como aquello de es nervioso… pasee usted… yo también estuve así, Feijoo abordó la cuestión, y por zancas y barrancas, soltando lo primero que se le ocurría, llegó a decir que él se había propuesto, por pura caridad, negociar la reconciliación. ...

En la línea 3836
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Vuelta a la meditación, tomando el hilo de ella en el mismo punto en que lo había soltado… «Y aunque el Sr. de Feijoo lo niegue hoy, es tan verdad que me rondaba la calle al año de perder a mi Jáuregui… tan verdad como que nos hemos de morir. Y si no, ¿qué hacía plantado en aquella dichosa esquina de la calle de Tintoreros? Esto fue poco antes de la guerra de África, bien me acuerdo; y si el tal no se va a matar moros, sabe Dios si… Pero esto no hace al caso, y vamos a lo otro. Que es un caballero decentísimo, no tiene la menor duda. Jáuregui le apreciaba mucho, y me decía que no tenía más contra que ser muy mujeriego… Fuera de esto, hombre de veracidad, con una palabra como los Evangelios, y cosa que él decía poniéndose formal era como si la escribieran notarios… Con todo, ¡lo que me ha venido contando estos días me parece tan extraño… ! Que está arrepentida, que él la ha tomado bajo su protección… Se la encontró en casa de unos vecinos, y le dio lástima, y qué sé yo qué… Por más que diga ese santo varón, tales arrepentimientos me parecen a mí las coplas de Calainos… Y si por acaso… Quita, quita, pensamiento y no me tientes con una sospecha, que parece tan verosímil… El mismo Feijoo quizás… puede… habrá tenido… y ahora… Sobre esto quiero echar tierra, porque me volvería loca. La verdad es que el pobre señor ha dado un bajón tremendo y no debe de haber estado para morisquetas de algunos meses acá. ¡Si será cierto lo que dice!… ¡Caridad, lástima, arrepentimiento… necesidad de transigir, decoro, reconciliación… !». ...

En la línea 3914
del libro Fortunata y Jacinta
del afamado autor Benito Pérez Galdós
... Al anochecer entró doña Lupe, después de haberse limpiado el lodo de las suelas en el felpudo del vecino. «Oye una cosa—dijo a Fortunata, quitándose el manto—. He sabido esta tarde que Mauricia se está muriendo. ¡Pobre mujer! Tenemos que ir a verla. No es lejos: calle de Mira el Río». Diole esta noticia su amiga Casta Moreno, que la supo por Cándido Samaniego. Doña Guillermina había sacado del Hospital a Mauricia, trasladándola a casa de la hermana de esta, y la asistía el médico de la Beneficencia Domiciliaria y de la Junta de señoras. La infeliz tarasca viciosa, con estos cuidados y las ternezas de doña Guillermina, y más aún, con la proximidad de la muerte, estaba que parecía otra, curada de sus maldades y arrepentida en toda la extensión de la palabra, diciendo que se quería morir lo más católicamente posible, y pidiendo perdón a todos con unos ayes y una religiosidad tan fervientes que partían el corazón. «Te digo que si esto es verdad, habrá que alquilar balcones para verla morir. Mañana nos vamos allá». ...


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